Y…llegó Francisco

papa

Recordando aquel día de marzo del pasado año, seguramente dos sentimientos afloraron en nuestro interior: sorpresa por la designación de un latinoamericano -y, por agregado, argentino y jesuita- e inmensa alegría y esperanza porque se reconocía el potencial interno y renovador de la Iglesia de esta parte del planeta.

La elección de Francisco venía precedida de la renuncia de Benedicto XVI y que, inesperada y providencialmente, ponía a la Iglesia frente al espejo propio y de ajenos ante el cúmulo de problemas que significaron la pederastia practicada por personas consagradas, los lobbies en la Curia vaticana, la corrupción existente en el IOR (llamado Banco Vaticano), el vatileaks y otros.

Todo ello -más el creciente indiferentismo o rechazo frente a la Iglesia Católica y el “enfriamiento” en las convicciones y en el modo de vida de los católicos- llevó a muchos católicos (desde los ‘90) a hablar de “un invierno eclesial”.

Visto el “acontecimiento” (para muchos, llamado “primavera”) de la llegada de Francisco, conviene recordar que no hay que desengañarse del Espíritu Santo ni hay que buscar en él unas seguridades que son mucho más supersticiosas que creyentes. Dios sólo interviene en la historia “respetando nuestra libertad y contando con nuestra respuesta libre”. Esa respuesta sabemos de sobra por dónde ha de ir: por el respeto mutuo dialogante, por el amor fraterno y por negar la primacía al propio interés.

Desde el nombre elegido y sus primeras palabras y actitudes en el balcón de San Pedro, pudimos entrever que se abría una nueva época y una nueva esperanza en la Iglesia.

El desafío histórico que enfrenta

Francisco está viviendo de un modo sencillo y humilde. Y, de un modo destacado, la preocupación de estar muy cerca de las personas más necesitadas y de las que solicitan su palabra o su ayuda.

¿Qué desea decirnos Francisco con su modo de vivir y con su insistente frase de que la Iglesia debe ser “la iglesia de los pobres”?

-Nos recuerda que Jesús nació y vivió pobre y compartió su vida con los pobres y excluidos de la sociedad.

-Nos dice que las “bienaventuranzas” pronunciadas por Jesús se dirigen, en modo especial, a los necesitados, a los que sufren, a los que lloran, a los que padecen injusticia, a los humildes, a los misericordiosos, a los que buscan vivir en paz.

-Nos evoca que la comunidad de los cristianos (ekklesia), en sus comienzos, fue una congregación de gente pobre y esclava, y que todo lo que poseían lo compartían.

-Nos trae a la memoria que los grandes “reformadores” de la vida cristiana (y de la convivencia humana, también) siempre fueron humildes, pobres y cercanos a la gente. Dentro del catolicismo, ésta fue la “gran utopía” de Francisco de Asís, de Juan XXIII y de un puñado de obispos latinoamericanos, entre otros.

-Nos explicita que la enfermedad social genética de la humanidad no es el dinero sino el “hacer del dinero y de las riquezas, el objetivo de la vida”.

-Nos exhorta a que los pobres sean “protagonistas” en la vida de la Iglesia y a que todo el actuar de ésta esté dirigido a servirlos a fin de que puedan “salir de la pobreza indigna” y vivir en hermandad y solidaridad.

-Nos dice que está decidido a terminar (hasta donde le sea posible) con la corrupción moral y económica de los eclesiásticos, con el “carrerismo” y los “lobbies” de quienes utilizan la estructura eclesiástica para “tener poder”, y que la gente (sea creyentes o no) es más importante que la “institución iglesia” con toda su organización, templos y conventos.

Desde esta base, los otros desafíos

-Impulsar la “descentralización” de la pastoral de la Iglesia, haciendo participar más a los obispos de todas las diócesis.

-Dar mayor protagonismo a los fieles laicos en los diversos ministerios y tareas de las comunidades cristianas.

-“Desenterrar” el tan antiguo -y discutido- lugar de la mujer en la Iglesia, asignándole tareas de conducción.

-Instaurar un diálogo profundo y sincero con todos los credos religiosos a fin de buscar coincidencias -no uniformidad- para favorecer la paz y trabajar contra la civilización del consumo y a favor de la justicia.

Francisco no es un nombre, es un proyecto de la Iglesia: pobre, sencilla, evangélica y desprovista de todo poder. Es una Iglesia que anda por los caminos junto con los últimos, que crea las primeras comunidades de hermanos que viven y rezan sintiéndose parte unos de otros. Es una Iglesia ecológica que llama a todos los seres con las dulces palabras de “hermanos y hermanas”.

Todo ello nos convoca a los católicos a abandonar la papolatría (o el papa-natismo), porque Jesús escogió a un Pedro, intuitivo y con innegable madera de líder, según parece, pero cargado de defectos que los evangelios nunca ocultaron. Y lo mantuvo, aunque Jesús tenía más derecho que nosotros a decepcionarse.

Porque si la Iglesia necesita -como todos creemos- un “ministerio de unidad”, es precisamente porque todos somos solidariamente responsables de ella y en ella.

El autor es sacerdote católico.

Fuente: Los Andes

Vicente Sebastián Reale es sacerdote católico adscripto a la diócesis de Mendoza-Argentina. Fue ordenado en mayo de 1962 y ha tenido distintas labores pastorales en la diócesis, como: párroco, miembro de varios equipos de pastoral, actuación en varios Medios de Comunicación. En los años '70 perteneció al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de Argentina. En la actualidad, forma parte de los Curas en Opción por los Pobres, que es continuación del MSTM. Referido a la Opción por los pobres, ha intervenido personalmente -junto a sus comunidades- en la erradicación de varias Villas Inestables (favelas) ubicadas en distintas parroquias. En la actualidad, atiende a los pobladores de un barrio muy humilde ubicado en los alrededores del aeropuerto de Mendoza.

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