Viviendo

FOTOMuchas veces me pasa, cuando no escribo, que siento falta de mí mismo. Es como si yo no estuviera, como si yo no fuera. Como si me faltara el piso bajo los pies.

Hoy fué así. Fui a la reunión semanal en la UFPB, estuve con las amigas y amigos del grupo cristiano, anduve por la ciudad universitaria, fui al banco, y sentía como que una especie de sensación de ausencia. Irrealidad. Sin lugar.

Ahora ya es de noche, y me pongo a escribir, y es como que voy volviendo. En un momento, recordé a un amigo muy querido, y este sentimiento me hizo bien. Me sentí feliz y pleno. Completo. El amor es lo que me plenifica.

Experimento la fragilidad y la vulnerabilidad. Los límites que me toca vivir, como persona. Limitaciones físicas y de acción. No puedo hacer todo lo que quiero, y muchas veces, ni siquiera lo que necesito o debo hacer.

A veces me pasa que me creo más dependiente o limitado de lo que soy en realidad. Aprendo a ver los trucos de la mente, que miente, esconde, engaña. Es su juego. Pero no soy la mente, soy más que eso. Todos somos más.

En fin, lo interesante a esta altura de la vida, es que uno empieza a vislumbrar otro horizonte. Un espacio que es interno y externo a la vez. Un lugar que nos contiene. Que me contiene, que contiene todo lo que existe.

Muchas veces lo que me abre el camino hacia esa dimensión, es la literatura y la poesía. Otras, la oración, la meditación en las palabras de Jesús Cristo.

Otras veces, aún, es el mero existir que se dobla sobre sí mismo y me guiña un ojo, como haciéndome saber que todo esto es un juego. Entonces me alegro, como ahora.

En algunas oportunidades, vienen recuerdos de dolores, sufrimiento, violencia sufridos. Esto le pasa a todo el mundo. Uno se ve obligado a mirar esos dolores pasados y tratar de saber qué vienen a decirnos.

Talvez nos recuerden que fuimos capaces de superar esas situaciones tremendas, que estuvieron a punto de rompernos, o que nos confundieron a respecto de nuestra propia identidad y lugar en el mundo.

Tal vez podamos ver cuánto amor y solidaridad nos rodearon en esos momentos duros. Y la vida continúa. No hay mares de rosas, al menos no los he encontrado.

Encuentro estados de espíritu que a veces se parecen al paraíso, pero que en seguida se transforman en cosas cotidianas, cosas de todos los días, y entonces recupero un sentir como de niño, otra vez. Una inocencia, un tiempo donde nada era tan dramático ni tan importante. Sólo vivir y disfrutar.