Terapia Comunitaria en Uruguay: relato de Máximo Alves

Máximo Alves partilha este texto, sobre a experiência com pessoas em situação de rua em “El Refugio”, de Montevideo, Uruguay

Amos de su silencio, esclavos de sus palabras.
Terapia Comunitaria en el Refugio “San Luis Orione”.

“O que a boca cala o corpo fala”.
(“Lo que la boca calla el cuerpo habla”)

Las tardes de lluvia en el Refugio no son fáciles. Las conversaciones cambian y se ponen en evidencia las historias de vida de las personas que aquí comparten un tiempo, una etapa de su existencia, quizás el último. Charlas de esquinas abandonadas, de grandes amigas, vecinas de la calle; dueñas de bares, gallegas, que sin juzgar, acompañaron en sus peores épocas. Historias de accidentes laborales que llevaron al derrumbe total, y cuando dicen total, es total, de pérdidas totales.

Tardes de madres, vínculo familiar significativo, ya fallecidas, recordadas en un susurro o chiflido de tango, inolvidables mujeres, eternas y punto crucial de retorno en la memoria a “las que todo tenían y todo lo daban”. Tarde de recuerdos de otros refugios. Tarde de grandes frases: “tuve una familia”, angustiante frase repetida una y otra vez; “trabajé mucho en mi vida, ganaba bien, tenía responsabilidades”; “mantenía a mi mujer y a mis hijos”… Familias víctimas de violencia con el mismo final: “procesado”. Penoso “procesar” el sufrimiento humano que hiere la dignidad de la persona, violenta sus derechos y genera extremos de patología social y enfermedad. Se respira la humedad de las historias acerca de la débil capacidad para generar y sostener vínculos afectivos.

Todas son novelas, quizás leyendas de comportamientos “alterados” (alter) que se fueron reproduciendo día a día en una especie de matriz de (des)vinculación donde cada uno terminó siempre “refugiándose en lo conocido”: el rechazo. Recordamos siempre que ingresan deteriorados a “pasar el invierno” en “nuestro” refugio. Al poco tiempo nos asombra a todos las notables mejorías. Mejoría que se acompaña siempre de cierta desinhibición, de relaciones fluidas con usuarios y trabajadores. Mejoría física y expansión de posibilidades sociales que los lleva, casi obligados, a “repetir” el patrón de vínculos y conductas anteriores. Nos piden en silencio el rechazo, el abandono y tratamos en equipo de no cumplirles ese deseo tan oscuro y “perverso” que habita en sus almas: “ser invisibles”. Brota el “síndrome de abstinencia”, proceso donde florece el portavoz de aquellos aspectos más “desagradables” de la convivencia, donde se subraya ferozmente la “falta de libertad”, el tener que convivir con la enfermedad de otros usuarios, acatar disposiciones por parte de los trabajadores, infinitas y añosas quejas hechas “trapos viejos”.

Más allá de la relativa legitimidad de la expresión de estos aspectos, la forma en que lo hacen duele a todos y nunca es honesta y constructiva, sino de enfrentamiento y pretensión de “imponer” más que negociar. Tardes de negociaciones en el refugio. Inevitable que no tomemos conciencia del origen y de las implicaciones sociales de la miseria y del sufrimiento humano en medio de tantas dificultades. Esas tardes las historias de vida nos hace vivir “en carne propia” las contradicciones entre una supuesta libertad y la mano tendida y desinteresada de algunos usuarios y trabajadores: “queremos ayudar pero parece que no quieren ayudarse”, “trabajo perdido” –imposible saberlo, el tiempo lo dirá-. No es fácil el trabajo en el refugio. Esas tardes de pérdidas se recuerdan a “los que se fueron” sabiendo lo que habían elegido y que son los principales responsables de sus acciones, “los expulsados”, regla aparentemente impuesta y arbitraria pero una apuesta más al vínculo, asentando un verdadero ejercicio de la libertad. Tardes de reflexión e interpelación para el equipo de trabajo ya que en esos momentos queda claro que la mayoría ha llegado a una altura de su vida con un repertorio muy escaso de posibilidades de relacionamiento, donde la soledad, el aislamiento y el “cuidado de intereses egoístas” han sido la tónica de sus historias de vida. Esas tardes queda claro que hay que juntar mucha fuerza para enfrentar el gran reto de seguir adelante. El gran reto “vísperas a la sesión de la Terapia Comunitaria”. Mucho por compartir al otro día… “Amos del silencio, esclavos de sus palabras”.

Todo brilla con la llegada de las terapeutas. Todos buscan su lugar: “un lugar en el mundo” que tienen en ese momento la oportunidad de elegirlo libremente, otra vez más en su vida. Lugar donde sentarse para ver y compartir la vida con otros. Comienza. Se siente el ambiente tenso. Un tenso silencio que habla de un tejido complejo, lleno de bifurcaciones, que nos conecta y nos relaciona a todos en el refugio, usuarios y trabajadores, nos afecta –llena de afectos- involucra nuestro cuerpo, mente, emociones. Momento para entender que todos somos partes integradas y conectadas. Un todo en influencia, pertenencia y dependencia que no debemos perderlo de vista. La ronda en silencio, como un mágico mandala conserje, genera una especie de sentimiento de protección. La terapeuta estimula a que se presente como punto de partida una situación-problema, donde varios participarán y una será elegida por el grupo. Surge la palabra estimulada y alentada. Nace y fluye la riqueza y la variedad de posibilidades de comunicación entre todos.

Las terapeutas nos invitan a ir más allá de las palabras, para entender la búsqueda desesperada de cada ser humano por la conciencia de existir y pertenecer, de ser reconocidos como sujetos, amados. Incentivan a que valoricemos la claridad y la sinceridad al comunicarnos, acto que puede ser un verdadero instrumento de crecimiento y transformación. Cada palabra, cada frase, cada sonrisa, mirada, participa de manera esencial y profunda, en la definición de quién soy, quiénes somos nosotros, qué me pasa, cómo me siento hoy, la convivencia, qué es el mundo, la realidad, todo lo que existe. Cada relato, afirma, acepta y abre ese camino perdido del amarse a uno mismo para entonces poder amar a los demás. El “palabroteo” aumenta y las cuatro reglas de la terapia se imponen: hablar de uno mismo y no del otro; hacer silencio para escuchar; no juzgar al otro y no dar consejo. La palabra insiste en fluir, en romper las reglas, la opresión y la exclusión. La palabra en situaciones de vulnerabilidad, desagregación y de exclusión social es impetuosa, apasionada, impertinente, arrebatada y despojada de todo prejuicio y dominación. En ese preciso momento es donde sobrevuela el moderado consejo de Paulo Freire: “La autosuficiencia es incompatible con el diálogo.

Los hombres que no tienen la humildad, o la perdieron, no pueden aproximarse del pueblo. No pueden ser sus compañeros de pronunciación del mundo. Si alguien no es capaz de sentirse y saberse tan hombre cuanto los demás, es que todavía le falta mucho para caminar, para llegar al lugar del encuentro con ellos. En este lugar de encuentro, no hay ignorantes absolutos, ni sabios absolutos: hay hombres en comunión que buscan saber más”.
Sin darnos cuenta esta por terminar. Todo pasa muy rápido, como la felicidad., las crisis, los sufrimientos y las victorias de cada uno, materia prima para el trabajo de una creación gradual de “conciencia social”, para que todos podamos descubrir las implicancias sociales del origen de la miseria y del sufrimiento humano. Todos tuvimos en esa hora la oportunidad de enfrentar nuestras dificultades. “La lucha es de igual a igual contra uno mismo y eso es ganar”, susurraba a Baglieto en silencio mientras me corría una lágrima. Fue necesario estimularlos y darles coraje, me decía a mi mismo descubriendo las limitaciones humanas. No se trató de identificar debilidades ni carencias ni diagnosticar problemas, sino un sencillo avance del modelo centrado en la patología hacia el modelo de promoción de la salud, de las redes de solidaridad y de la inclusión social.

La meta fue motivar las fuerzas y las capacidades de cada persona, para que, con sus recursos movilizados, puedan encontrar sus propias soluciones y superar las dificultades. Me sentí feliz y salí a bailar con todos.

Todo cambia cuando se van las terapeutas. Los rostros, las charlas, quedan muchas sonrisas y angustia movilizada por un espacio donde se promocionó un encuentro interpersonal que valorizó las historias de vida, se rescató la identidad, se recuperó la autoestima y la confianza en sí mismo, se amplió la percepción de los problemas y las posibilidades de resolución. Queda atrás, al menos por unas horas y quizás, esperemos por mucho tiempo, la pobreza económica, la pobreza cultural, la fragilidad de los lazos sociales, la incapacidad de auto-organizarse de manera más democrática, y, sobre todo, la auto-imagen desvalorizada, la baja autoestima, que, muchas veces, culminan con la pérdida de la propia identidad y dignidad. Camino abierto para la solidaridad y el respeto, proceso de liberación del hombre que sufre, camino abierto a la acción del encuentro con el otro que vive la misma situación, camino abierto para vivenciar juntos, en comunidad, el acogimiento, la “cura” y la liberación.
Seguro que este almuerzo de los martes no va a ser el mismo. Objetivo cumplido! La rueda de sillas se desarma para transformarse nuevamente en un comedor, estímulo hacia la construcción de vínculos solidarios y el impulso por compartir esta comida juntos, alimento, “pan nuestro de cada día”, de un día más en nuestra vida en el refugio.

Gracias Luz, Araceli y Silvia, Terapeutas Comunitarias de la Cátedra de Salud Mental de la Facultad de Enfermería de la Universidad de la República.

Máximo Alves