Tantos exilios, sólo el exilio

¿Quién no se enamora también del lugar de donde tuviste que hacerte ausente, si tal vez de repente, también por ahí, por esas calles arboladas y acequias cantantes, tu ausencia presente sigue llamándote, incansable?

¿Cómo no llorar, un domingo como éste, por todos los domingos de los cuales tuviste que ausentarte, si tu ausencia presente te dice “presente”, siempre?

¿Cómo no recordar hoy, específicamente ahora, en esta hora, toda el agua que te irriga por dentro, y que has ido reencontrando en todos estos años de ires y venires, de aquí para allá, entre tus dos tierras, la donde naciste, la donde estás, donde brotaste, fructificaste?

Preguntas que preguntas y oyes las respuestas en el canto del pájaro. En el frío que se avecina. En la lluvia que lleva tus lágrimas hacia el lugar donde todos vamos a desaguar, el mar, infinito y amigo, incansablemente receptor de todos los ríos.

Entonces un poema te llega desde lejos, pero tan aquí. Un hermano, un amigo, un hijo, una hija, nunca están lejos. Están siempre aquí. Entonces ya tu tan viejo exilio que coincide con tu piel (esta mañana lo supiste, y asomaron unas lágrimas a tu corazón), ese viejo saberte de ningún lugar y de todos los lugares, ya no es tanto y es tanto y seguirá siendo, pero no del mismo modo.

Ya ahora como una especie de reflejo de tí mismo en el espejo del cosmos y las horas. Ver el mar manso y tranquilo. La montaña que te espera y te anida aún a la distancia. Y todas las cosas a tu alrededor, que has ido creando y trayendo hacia tí, hornero incesante. Ahora, en esta hora, esta mañana, son como un nido infinito que te acoge y recoge cada palpitar tuyo, siempre, siempre, siempre.