Sobre el horror y la soberbia

Después de leer algunas notas diversas sobre el asunto Charlie Hebdó, quedé pensando que los franceses ateos y volterianos, olvidados de Santa Juana de Arco (y Teresita de Lisieux, y San Bernardo de Clairvaux…) de Pascal, Descartes, Chateaubriand, Hugo, Nerval, del Maistre, Bernanos, Marcel, Claudel, así como nuestros izquierdistas que odian al cristianismo, no son capaces de reconocer en él a la única religión que admite el libre pensamiento, la facultad de interpretar – más libre en los protestantes, mas acotada en los católicos- , el desarrollo de una hermenéutica, la convivencia de la teología con las ciencias, el humor, predicado por Erasmo y los humanistas, la risa de Rabelais, la liberación del oprimido, de la mujer, del niño, del salvaje, del humilde, del indigente. Y además, algo que está latente en el cristianismo y que ahora empieza a desplegarse, el diálogo de las culturas, que asume visos de escándalo cuando lo practica un pontífice desde la silla de Pedro. (Por mi parte siempre elegí a Juan, sin negar a Pedro, porque cada uno tiene su función y su hora…)

El universalismo está en el corazón del Evangelio: Jesús es un judío que les habla a todos los hombres, no solamente a los de su nación, paraje o ciudad. Si el judaísmo alentaba ya ese universalismo en un final de los tiempos (comerán juntos el lobo y el cordero…) el cristianismo venía para ponerlo en práctica, aunque hombres y mujeres cristianos y otros no cristianos, cometieron horribles injusticias. La mayor parte de las naciones europeas llevaron adelante una voluntad de dominio sobre otros pueblos que hoy refluye en tristes consecuencias. En nombre del cristianismo hubo acciones sublimes y crímenes abominables. La historia, como lo ha reflexionado luminosamente María Zambrano, guarda una tragicidad intrínseca de víctimas y victimarios.

Por eso nosotros, los latinoamericanos, no responsables de tales crímenes de opresión, podemos pensar libremente desde el Evangelio y desde otros legados descubriendo su convergencia. Podríamos hablar, recordando a Joaquín de Fiore, aquel cisterciense del siglo XII que habló de las tres eras presididas por los símbolos del Padre, el Hijo y el Espíritu. A la era del Padre, propia de las religiones teocéntricas, siguió la era del Hijo, que culmina en la Modernidad antrópica extendida – para su bien y su mal- a todos los pueblos. Esa era, abocada ya a su decadencia histórica, daría lugar después a la era del Espíritu, teándrica, amalgamante. No será fácil alcanzarla, pero recordemos que los cambios no los hacen solamente los hombres. Como dice Marechal, nosotros no somos los que escribimos el libreto (Megafón o la guerra).

Vemos muchas señales de esa era espiritual, en medio de los horrores y el vacío de la decadencia. Han surgido nuevos modos de vivir y sentir a Dios, un Dios viviente en el corazón del hombre, un Dios “ a la mano” como dice Heidegger, surgiendo en la cotidianidad, un Dios manifestándose en cada planta, animal o ser humano viviente. Ha surgido en este tiempo una cierta teología de intemperie, con prescindencia de ritos y gestos milenarios, por parte de algunos espíritus de excepción, pero eso debe ser cuidado y no autoriza a rechazar a las multitudes que han venido marchando lentamente, contenidas por sus tradiciones, rituales, procesiones y manifestaciones religiosas. Son los pobres, y sus ojos pueden ver el milagro, que se mantiene cerrado al prejuicio y el intelectualismo. (Sobre esos pobres se montan, claro, los ideólogos, los activistas, que se apoyan en la religiosidad para accionar en el mundo en función de sus intereses).

El poeta vive en esa intemperie, (recordemos al checo Rainer María Rilke, cuya expresión “lo abierto”, das Offene, reinterpretada por Martin Heidegger como una categoría del pensar y del ser, no le impide reconocer su pertenencia histórica y cultural al cristianismo, y mantener su devoción a la Virgen).
En nuestros días siguen apareciendo esos signos de vida espiritual, que coexisten a la par de los fanatismos, los grupos cerrados y anacrónicos, o esa dura creencia: el ateísmo, que al fin es una más y muy fuerte, cargada de soberbia y desprecio.

En estos días hemos visto la tragedia del enfrentamiento entre fanáticos religiosos y ateos fundamentalistas, que suponen que el mundo no debe ya sustentar resabios de religión, pues habrían sido abatidos por la Inteligencia y el poderío del hombre occidental. Supuestamente en algún momento esta creencia halló apoyo en el positivismo cientista, luego reforzado por la revolución cibernética. Parecen ignorar que en el seno de las ciencias mismas- y en especial en las llamadas ciencias “duras”, la Física, la Biología – ha surgido una nueva corriente de pensamiento : la Complejidad, que parece darse la mano con muy antiguas tradiciones. Y también ignoran el campo de la Filosofía, que ha dejado atrás el Positivismo para abrirse cada vez más a una Razón Poética, indudable preámbulo de una Razón Mística y Religiosa.

El ateísmo, en cuanto creencia, debe ser respetado, sin duda, aunque él mismo no respete a otros. Tal la lógica del Evangelio, inspirada en el amor y la piedad. Los hechos actuales han puesto en evidencia que una delgada línea separa el humor del desprecio. Mientras el primero mantiene la continuidad afectiva e intelectual del diálogo con el otro, el segundo lo descalifica y destruye, sin concederle el derecho de existir. Quien se burla considera que el ateísmo es inapelablemente superior a las religiones.

El ataque terrorista no tiene justificación alguna. Debe ser condenado como un crimen aberrante, uno más, cometido en nombre de la religión. Eso no nos impide pensar que los periodistas franceses, los dueños de la soberbia, ejercen otro modo de terrorismo: el de la inteligencia, la palabra, las imagen. Sartre lo dijo: las palabras son revólveres cargados. También la imagen puede serlo, así como puede ser portadora de luz.

En tanto se producen estas batallas, una legión de hombres y mujeres ya protagoniza la nueva era, desde la humildad, desde el trabajo, desde el pensamiento y las artes. André Malraux, un marxista convertido, anunció que el siglo XXI sería religioso y así parece ocurrir, lentamente, sin declaraciones fundamentalistas. En este tiempo de descubrimientos, revelaciones, convergencias y anuncios, ha perdido vigencia la anacrónica y prepotente “Razón antrópica”. Surge, en diversas manifestaciones, una “Razón Teándrica”, ayudando a nacer a un Hombre Nuevo.

Pero seamos prudentes, no nos convirtamos en ideólogos, capaces de exterminar al otro por sus convicciones. Dejemos ser a ese espíritu actuante, en primer término en nosotros mismos: let it be.