Ser uno mismo, por Rolando Lazarte

Verdaderamente no concibo una alegría más grande que la que se siente cuando uno es uno mismo, la persona que en realidad somos, el ser que cada uno, cada una de nosotros, es. Hoy a la mañana, de madrugada, desperté y escribí un texto llamado La importancia de las pequeñas cosas.

La principal de las cosas que allí se decían, que allí se dicen, es justamente esto: que uno se alegra de verdad, totalmente, por completo, cuando es uno mismo, cuando somos el ser, la persona, que somos de verdad. Entonces hay fiestas en los cielos. Y en la tierra, que es o puede ser el reino de Dios.

Ser uno mismo puede parecer algo trivial, hasta obvio, pero no lo es. El sistema vive de la despersonalización. Nos empujan todo el tiempo para que seamos otra cosa, no lo que somos, no el ser que somos. Me acuerdo de un texto de Allan Watts, el teólogo de los hippies, que decía en su libro Tabu: lo que no te deja saber quién eres, que en la sociedad actual, todo lleva a que uno se torne una falsificación legítima.

Uno tiende a transformarse en otra cosa, en lo que no es, para ser aceptado. Cuando me di cuenta, o mejor dicho, a medida que me fui dando cuenta, que no era más yo, que me había transformado en otra cosa que lo que soy en verdad, empecé a traerme de vuelta. No fue un proceso fácil. Uno se confunde a tal punto con las máscaras, que cree que es esas máscaras, esos papeles.

Esto le pasa a todo el mundo. Lo he visto en la Terapia Comunitaria varias veces. Me acuerdo de una mujer en Sousa, Paraíba, en 2009, en una formación de terapeutas comunitarios y comunitarias. Una mujer decía que ella creía que era madre y esposa, pero que ahora había descubierto que era ella misma. Esto no me lo olvidé nunca.

Yo también me creí, como todo el mundo se cree, que es esto o aquello, los papeles sociales que necesitamos desempeñar para vivir en sociedad. Pero no somos esos papeles. Yo soy sociólogo, soy pintor, soy padre de familia, soy esposo, soy cristiano, soy hijo, soy sobrino, tío. Pero en realidad, lo que soy no es nada que pueda ser definido a partir de esos rótulos, ni siquiera el más amplio, como ser cristiano, o ser humano, ser hombre.

Soy todo eso, y algo más. Algo que no se puede del todo decir con palabras, pero a lo cual me voy acercando a medida que me voy despegando de las máscaras, de los papeles con los cuales me confundí durante tanto tiempo. Cualquiera de esos rótulos o papeles podría contener mi ser total. Sin embargo, tengo la impresión de que hay siempre una pequeña o grande diferencia entre el ser y los ropajes del ser. Hay unos momentos en que me sorprende todo, la gente, yo mismo, el mundo, la vida, las plantas, el cielo, todo lo que está aquí.

Hay unas horas en que todo es sorprendente. Haber vivido todo lo que viviste hasta aquí. No es poca cosa. Hay momentos en que me voy con la memoria hacia los años 1960 o 1970. Me parece increíble haber vivido esos tiempos, esos acontecimientos. Tanta gente. Tantas emociones. Tanto tanto de tanto. Hasta parece que uno hubiera sido muchos, y no uno solo. Y ¿no será que hay allí mucho más de verdad, de lo que pueda parecer a simple vista? ¿Cuántos somos, cuantas somos?

Nos han hecho creer, de pronto nos pudimos llegar a creer, que éramos una sola y única persona. Pero ¿será que es así? ¿Qué dice mi propia experiencia? Esta madrugada, en ese texto que te decía al comienzo, decía que me había dado cuenta, que me di cuenta finamente, que soy un escritor. Eso es lo que sé hasta ahora. No sé qué podrá venir más adelante. Ahora sé esto. O, para decirlo freireanamente, me doy cuenta de que estoy siendo escritor. Ser escritor es estar escribiéndose con el tiempo y con el mundo, con la gente, con lo que ocurre.

Cuando veo una palabra que sale de mis manos y va para el papel, del papel a mis ojos, a los ojos de alguien, y vuelve, ya no soy el mismo. Soy más, soy otro, voy siendo un mundo que va siendo y que se va escribiendo sin parar. Estas cosas me llevan de vuelta a otro tiempo. Otro tiempo que vuelve. El tiempo de mi infancia. Escribía y me veía en lo que escribía. Un manantial.

Ahora escribo, y, como antes, como entonces, no tengo la pretensión de impactar a quienes puedan leer lo que escribo, lo que sale de mis manos. Escribo como las plantas dan flores o frutos, o flores y frutos. Mis flores y frutos son lo que escribo. Y así escribiendo, viendo lo que viene, voy viendo la vida que va viniendo, y yo viniendo con la vida que viene.