Contar lo inexpresable

El golpe del 24 de marzo no fue una sorpresa en Mendoza. Se lo esperaba, con ese fatalismo que traen el cansancio, la decepción, el íntimo convencimiento de que el poder militar avanzaba de nuevo, inexorable, y no había diques democráticos para contenerlo. El general Díaz Bessone, verdadero patrón castrense de la zona, había tenido en los dos primeros meses del 76 numerosas reuniones con empresarios, dirigentes políticos, profesores universitarios, y en todos los casos hablaba con naturalidad de “las medidas que se tomarían”, en la certidumbre descontada de lo inminente. Y sus interlocutores, sumisos, en muchos casos alentaron sus proyectos, o al menos guardaron el silencio de los que conceden.

Mendoza, si siempre fue provinciana, lo era más aún en aquellos momentos. Las decisiones se tomaban en la cúpula concentrada de las Fuerzas Armadas, en diálogos con los grandes grupos económicos, tal vez en alguna embajada, apenas con un puñado de políticos disponibles. Y todo eso pasaba en Buenos Aires.

Si uno lee los diarios locales de aquellos días previos, se asombra de las pequeñeces que se discutían en la esfera pública, como si se ignorara la tragedia que ya estaba en marcha. En parte parecíamos muchachuelos jugando a las sombras chinescas con el resplandor de un incendio que crecía inexorable.

Es cierto, todo había jugado para mal en el país en los últimos tiempos. Desde antes, pero sobre todo después de la muerte de Perón, el desquicio institucional se propagaba como un sismo interminable. Casi sin conducción política ni económica, con sindicalistas dispuestos a huelgas salvajes a cada rato, con grupos guerrilleros obstinados en su lucha a sangre y fuego, y sobre todo con fuerzas armadas comprometidas con objetivos propios y continentales de represión y disciplinamiento, el desfiladero para la Argentina se estrechaba. Quizá las elecciones que ya estaban muy próximas eran la última oportunidad; pero nadie se jugó en serio por ellas. No creíamos en la democracia o simplemente no la queríamos. Esperamos el desenlace como se espera el granizo después de los relámpagos y los truenos: refugiados bajo el propio techo, rogando que a nosotros no nos toque, ilusionados con que no fuera tan grave.

Todos tuvimos responsabilidad, hay que decirlo. Por acción o por omisión. Los que ya éramos adultos en aquella época nos debemos un sinceramiento, no para inculparnos o insultarnos, sino para decirnos con modestia y verdad en qué y por qué le fallamos tan fiero a la historia y a la vida.

Pero no todos tuvimos la misma responsabilidad, también hay que decirlo. No la gente común como los dirigentes, no los civiles como los militares engreídos de un mesianismo asesino, no los desarmados como los que tenían armas en las manos. Ni tampoco los pocos lúcidos que presintieron el horror y la masacre, y lo dijeron, frente a los muchos inconscientes que después del golpe poblaron las calles de Mendoza de una obscena alegría y hasta de celebraciones.

Bajo el sol de Satanás

Cuando uno quiere rememorar aquellos días y contarlo, el primer movimiento, lógico, es hablar de los horrores que sobrevinieron, las torturas, los atropellos y violaciones de todo tipo, la perversidad reiterada y programada de los chupaderos, el infame sistema de los “desaparecidos”, y toda esa cadena de maldades que han hecho a la Argentina trágicamente famosa en el mundo civilizado.

Pero pronto uno se da cuenta de que ya está contado, que quien quiera enterarse tiene sobrados testimonios, que después de la publicación del “Nunca Más” en 1984 es muy poco lo que se puede agregar, y que sólo los cómplices pueden disimular que “la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje”.

Y al mismo tiempo se hace evidente lo que no está en primer plano, lo que acompañó al horror casi sin que se notara. Y esto es, justamente, el silencio, la indiferencia, el mirar a otra parte de una gran porción, mayoritaria, de la población. En Mendoza siguió saliendo el sol como siempre para casi todos, seguimos durmiendo la siesta, seguimos matando el aburrimiento en discusiones deportivas o repetidas telenovelas. Mientras en el Liceo Militar, en la 8ª Brigada, en la Penitenciaría, en el Palacio Policial, en la comisaría de Godoy Cruz y muchas otras, se despellejaba vivos a vecinos nuestros, la mayoría simulábamos no enterarnos, no escuchar, no advertir nada raro. Mientras una alianza increíble de audacia económica, manipulación financiera y protección e impunidad oficial permitían crecer ese engendro desmedido que se llamaba Greco, la mayoría celebraba entusiasta que los dioses nos hubieran otorgado ese nuevo rey Midas, que todo lo que tocara se hiciera oro, y en particular nuestro vino. Cándidos, y perezosos, y facilistas, echábamos mantos de silencio y disimulo donde fuera preciso. Y si alguien nos señalaba lo evidente, algún hecho aberrante, estábamos más dispuestos a sospechar de la víctima (“por algo será”) que del victimario.

Los antiguos decían que estas épocas estaban “bajo el sol de Satanás”, queriendo subrayar que el verdadero reino del maligno no está entre las tinieblas y los ruidos espantosos, sino en la aparente normalidad, en el silencio amable, en esa luz opaca que en vez de descubrir simula transparencia para enceguecernos. Lo inhumano que pasa a nuestro lado sin llamar la atención; la pérdida estrepitosa de valores sagrados sin que se nos mueva un pelo.

De la nueva situación no participaban sólo militares, digámoslo. Multitud de civiles los acompañaron (y no es el momento para señalarlos con el dedo; cualquiera puede encontrar sus nombres recorriendo los periódicos). Muchos de ellos eran apenas los arribistas de siempre, los que en cualquier cambio de gobierno -democrático o violento- se precipitan a conseguir un puesto, a realizar cualquier tarea por sucia que resulte con tal de disponer por un tiempo de un sueldo y de prebendas. Pero varios otros eran gente prestigiosa, miembros de la elite política, judicial, intelectual y hasta presuntamente moral de la provincia. También ellos, bajo el sol perverso, fascinados con misiones purificadoras, prestaron su talento y sus esfuerzos al buen desarrollo del proceso, y en algunos casos hasta confeccionaron las listas negras de los condenados. Asegurando siempre que no veían nada y que nada les pesaba sobre la conciencia.

Estremece pensar en esta connivencia sin rostro, en la muerte de los escrúpulos, en el equívoco funesto de ciertas buenas intenciones. Y en las caretas y pretextos de las complicidades.

Para mí, el enigma mayor de aquella época está en esa situación. En esa mezcla de maldad extrema con normalidad rutinaria. Y creo que sólo la ficción puede contarla. Que sólo un género que desborde la realidad por la imaginación puede contar lo inimaginable; que sólo la palabra sin medidas de un novelista puede sugerir las desmesuras de ese tiempo bajo el sol de Satanás.

Los héroes cotidianos

Puesto sin embargo a escribir sobre aquella época, otros temas y otros personajes se me impusieron. Casi sin quererlo, investigando y escuchando testimonios, me di cuenta de la existencia de multitud de personajes reales y menores, seres comunes, que sin hacer nada extraordinario sin embargo construyen en silencio la red de solidaridades y de gestos que salvan una época e impiden que las tragedias sean totales. Gente que da una mano, que protege, que esconde, que es apenas poco más que una tabla en el naufragio; pero gracias a los cuales innumerables condenados sobreviven al terremoto. También aquí, el sol de Satanás que encubre a los perversos cumple su tarea: opaca a los buenos, silencia la nobleza, olvida a los justos. Ese sol alumbraba un panorama donde por un lado estaba la “gente normal” tranquila en su rutina, y por el otro la caterva de los derrotados, la “carne picada”, los fugados al exilio, los escondidos en sus escondrijos tiritando de miedo; todos ellos culposos, arrepentidos, “borrados”.

Y claro que no era así. Con enorme discreción, con cautela y temblor, con riesgo calculado, se asistió a mucha gente; a los presos, a los familiares de detenidos y desaparecidos, a los cesanteados de trabajos y Universidades, a los militantes que habían puesto la cara y los hombros en las villas de emergencia y ahora eran culpables condenados por solidaridad. Si Mendoza tiene de aquel tiempo un rostro que da vergüenza, tiene en el envés un rostro que da modesto orgullo. En la provincia se continuó con la increíble tarea de dar refugio y protección a los multiplicados chilenos que habían huido de su país tras la caída de Allende y que seguían llegando en escape de Pinochet. Más de 7.000 hermanos trasandinos sobrevivieron así, compartiendo naufragio, pero también recursos, alientos, trabajos, esperanzas, obstinación ante la adversidad. En Mendoza se siguió estudiando, haciendo reuniones a veces de riesgo demencial, se siguió escribiendo, y se siguió informando con el ingenio preciso para burlar censuras. Y todo esto sin alardes, en la discreción, en la mezcla cotidiana de miedo y de coraje, en el subeybaja perpetuo del ánimo y las fuerzas.

Creo que esto hay que contarlo; que todavía se nos debe esa memoria. Yo lo intenté, con mil limitaciones, en la novela “Que está de olvido y siempre gris”. Centrando la trama en algunos personajes menores, aquellos que en la jerga de la época se llamaba “perejiles”, los oscuros de segundo rango, eso que fuimos y somos la mayoría de la gente. Esos que por definición no son héroes, y sin embargo hacen la vida, a veces lo poco de digno que hay en la vida. Así como en una novela anterior me pareció que había que traducir el “clima heroico” de los 60/70, y sus enigmáticos, trágicos, perturbadores finales; y el fragor maniqueo que hay en todo heroísmo; así pensé que esta nueva novela podía aludir a los restos de aquel naufragio, las fidelidades confusas, la corrupción incontenible, los destinos torcidos por el azar, los mandatos ineludibles; y donde “los perejiles” eran la única resistencia, siempre poca y vergonzante para ellos mismos. Y en una como en otra novela, el enigma de la condición humana en situaciones fuertes, algunas veces bajo el relámpago de las utopías, otras bajo el nublado de los fracasos y el miedo. Iluminados por el sol perverso que borronea todo. Pero que no pudo matar el callado heroísmo de muchos, que rescataban en silencio la dignidad de la especie, la mancillada pero incólume dignidad humana.

Escribir debiera ser, al menos algunas veces, “dar voz a los que no tienen voz”. Y no sólo a los eternamente excluidos, sino a los comunes que de tan cotidianos ni miramos ni escuchamos. Contar en ficción realista aquel tiempo de mutismos, de sigilos, debía intentar, de algún modo, ser testimonio y metáfora de un tiempo de tanto silencio, y a la vez de tanto grito soterrado, de tanto discurso bajo la mordaza. Y hablar de los modestos “Sancho Panza”, aquellos que apenas si entienden al caballero y sus utopías y sus batallas, pero lo acompañan, y cuando el soñador cae derrotado o desbaratado, no se burlan y lo abandonan, sino lo socorren, le curan las heridas, y hasta guardan el escudo y la coraza para futuros combates.

El autor fue delegado en Mendoza del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Es miembro de la Fundación Ecuménica de Cuyo, y trabaja con los movimientos populares. Escribió “Testimonio cristiano y resistencia en las dictaduras argentinas. El movimiento ecuménico en Mendoza 1963-1983” (Buenos Aires: Centro Nueva Tierra, 2009)