Resiliencia, cuando la carencia genera competencia

Toda carencia genera una competencia. La resiliencia, uno dos pilares básicos en que se apoya la Terapia Comunitaria, se refiere al saber que la persona adquiere a lo largo de su vida, por la experiencia, la lucha, las victorias sobre dolores que podrían haberla roto o, de hecho, la rompieron durante años.

Cuando la persona emerge victoriosa del proceso de extrañamiento de si misma, cuando ella recupera su autoestima, aprende que ella es alguien de valor sin igual en su vida, alguien que por haber vencido todas las batallas que se presentaron hasta el momento actual, es dueña de un saber y de un poder que no le debe nada a nadie, sino apenas a ella misma.

Tendemos a valorizar demasiado algo que leímos, una ayuda que recibimos, alguna persona o muchas, a quienes atribuímos valor enorme en nuestra vida. Pero sin nuestra decisión de vencer, habríamos sucumbido. Las personas del medio popular valorizan mucho el saber aprendido en la escuela de la vida.

La Terapia Comunitaria refuerza esta atribución de valor, enfatizando que cada uno es doctor en su propia experiencia. El saber que se aprende en los libros y en las escuelas, el saber técnico-científico, no substituye sino se complementa con el saber de la experiencia, que fue adquirido en la vida diaria, a lo longo de los años, en la lucha contra circunstancias adversas, sea en la familia, la primera escuela de cada uno, sea en la escuela o en el trabajo, en la vecindad, en las distintas esferas sociales de actuación.

La persona resiliente valoriza los gestos de ayuda que recibió y recibe a lo largo de la vida. Ela se nutre de la generosidad, de la infinidad de actos de amor que la ampararon a través de las vicisitudes que tuvo que enfrentar. Ella sabe que cada uno, cada ser humano, es la suma de incontables actos y gestos de colaboración que dieron como resultado el ser que cada uno de nosotros es ahora.

La vida adquiere un valor inestimable desde esta perspectiva, en la que todo lo que somos reúne nuestros ancestrales, los amigos que fuimos teniendo en las distintas etapas de la vida, las luchas que tuvimos que enfrentar, los ambientes y experiencias adversos por los cuales tuvimos que atravesar, las victorias que nos fue dado obtener. Somos una suma de actos de amor.

La persona resiliente sabe esto, y actúa en consecuencia, valorizando cada pequeña cosa. Es común en familias de inmigrantes o de personas que pasaron por necesidades como hambre o escasez, valorizar una miga de pan, una gota de agua, un pedazo de comida, una mirada de comprensión, una escucha calurosa y atenta.

Cuando la persona se ve en la trama de la vida, en la tela de la vida, como acostumbramos decir en la Terapia Comunitaria, ella no desperdicia nada, y lo que la hace sufrir la hace crecer. Ella descubre esto en su formación como terapeuta comunitario, cuando reconoce el proceso del cual es resultado. Si se sintió abandonada, no querida, se torna amorosa, sensible al dolor ajeno, capaz de darse sin esperar nada, sabiendo de la alegría de poder integrarse amorosamente en la vida de los demás.

Si fue problema, tiende a ser solución. Si sintió ser un obstáculo, sabe amparar. En el proceso de tornarse terapeuta comunitario, la persona aprende a tornarse cada vez más autónoma, más señora de sí misma, en la medida en que sale del papel de víctima para el de vencedor. La complementación del saber científico con el de la experiencia, oriundo de la vida y de las vivencias por las que cada persona pasó y pasa, crea esa capacidad resiliente que torna al individuo fuerte en aquello en lo que fue más débil.

Es la transformación de la debilidad en fortaleza, y cada ser humano es capaz de descubrir y descubre que esto ocurre en la vida de cada persona. En este sentido, se puede decir que es la victoria del ser humano sobre la adversidad. Eterna epopeya interminable en la que todos estamos involucrados, y que no concluye mientras haya vida.