¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene para mí estar vivo?

Hoy  me hice estas preguntas, y de inmediato me vino una respuesta. Mi vida tiene sentido, sí. Son sentidos cambiantes, tal como todo cambia. Especialmente tiene sentido para mí vivir y alimentar sueños personales y colectivos.

Cultivar y disfrutar de la belleza, de la amistad, de la familia, de las relaciones que construyo y mantengo en los colectivos de que formo parte. Alimentar la esperanza de que es posible una vida rescatada de todo lo que la amenaza.

Más allá del capitalismo y sus atrocidades, más allá de la estructura de clases y su injusticia, más allá de todas las formas de dominación y de opresión, resplandece una llama. Es el amor.

El amor sobrevive a todas las situaciones, nos refuerza cuando todo parece estar perdido, nos da una esperanza cuando todo parece estar fuera de nuestro alcance. El amor es más que deseo (aunque lo incluye), es más que pasión (aunque la encienda y de ella dependa), es la fuerza que mantiene al mundo.

Cuando yo me veo en ese juego, cuando me veo como las personas a mi alrededor, con las mismas fragilidades u otras, con ese mismo espíritu de fe que nos mueve a los seres humanos, que nos hace capaces de reír de cosas simples, de jugar cuando es necesario relajar la tensión, me doy cuenta de que somos parte de un mismo tejido.

Por eso cuando pregunto por el sentido de mi vida, me viene a la memoria todo lo que viví hasta ahora, y en esa suma reconozco que hubo momentos de serio riesgo, que dejaron marcas. Esas marcas y las vulnerabilidades que quedaron, son un recuerdo.

Tengo que enfrentar constantemente el desafío de resignificar mi vida. Esto es divertido, en algún sentido. Tengo que prestar extrema atención y cuidado a este niño que está aquí, que quiere aprender y enseñarme a seguir adelante. Por eso acepto todo lo que significa estar vivo. Es una posibilidad de felicidad en medio de circunstancias desafiantes