Permanencia

Hay días que uno se levanta como queriendo simplemente ser uno mismo.

Ser la persona que uno es. Derramarse en letras sobre la hoja, como hacían los chinos con las hojitas de té, a ver qué aparece. Mirarse, sentirse, ver cómo uno está, y a vivir.

Invocar el Dios interior, Jesús, los espíritus parientes, el Espíritu Santo, o a quien reverenciemos o por quien nos sintamos acompañados y guiados. Saber que esta y toda otra tarea o afán humano, serán siempre precarios, aproximados.

Nada puede substituir nuestra propia voluntad y discernimiento. Pero tampoco iríamos muy lejos, distanciados o disociados de la fuerza que anima el universo. El amor que alienta en todas las cosas.

Uno mira su pasado, el pasado que le tocó vivir, y mira el presente. Y ve que la incertidumbre y la inseguridad están siempre por ahí. Sin embargo, en esas circunstancias inciertas, es que ocurre la vida.

Hay veces que creemos que hemos encontrado la fórmula definitiva. Llegué a la Tierra Prometida. Llego y me voy. Atrapo un rayo del sol, llego al paraíso, y en seguida otra vez estoy a tientas. El movimiento de la vida.

Esto no es para que uno se desespere, sino para que, al contrario, aprendamos a movernos en la realidad de la vida, que es cambiante y fija. Fijamente cambiante, ¿te fijás? Tengo la impresión de que hay una posibilidad de insertarme efectivamente en la realidad.

Es la mirada poética. El niño o la niña interior. Esa percepción pura que permanece en cada uno, en cada una de las personas. Uno la puede encontrar. Yo puedo vivir allí. Allí no hay cambios, hay permanencias. Allí convergen Jesús Cristo y Julio Cortázar.

Jorge Luis Borges y el Padre José Comblin. Graciela Maturo y Gita Lazarte. Gabriela Mistral y Violeta Parra. La rueda de la vida que gira y da más vueltas, y vuelve al lugar de donde nunca salió.