Liberación

Esa su manera de no saber exactamente qué es qué, o quien era él, qué debería o no debería hacer, que ya en el pasado le hubieran causando tantas dificultades, ahora las veía como algo que podría llegar a causarle mucha diversión. No tener que actuar siempre de la misma manera, esa noche se le figuraba como una libertad que le era posible disfrutar. ¿Por qué tener que tener siempre las mismas opiniones? ¿Por qué tener que actuar siempre del mismo modo? Si hasta mis conceptos de Dios, pensaba, o de la vida y el amor, de mí mismo, de todo, participan de la misma cualidad de todas las cosas: están en perpetuo cambio.

Ya no se sentía aprisionado en una especie de jaula invisible de la que no podría salir nunca más. Al contrario, había venido soltándose de las amarras de los condicionamientos impuestos a lo largo de los años, hasta el punto en que hoy se encontraba en un lugar tan suelto, tan liviano, que a veces se parecía con una especie de inmortalidad anticipada. Esto es lo que empezaba a disfrutar, desde su regreso de su ciudad natal, donde se había encontrado con sus hijas e hijos de un modo diferente de todos los anteriores. Era como si por primera vez los hubiera visto. Algo que había limpiado su alma.

Ahora habitaba una especie de espacio-tiempo diferente, transparente, translúcido. Estaba del lado de acá del pasado. El pasado había quedado para atrás. Ahora era esto, un tiempo primordial recuperado. El tiempo de la inocencia, en el borde mismo de la entrada a la edad de oro. Todo tenía un sabor de novedad, con cuanto fuera lo mismo, aparentemente. Pero el lugar de adentro estaba otra vez habitado. ¡Cómo es sutil el ser humano! ¡Cómo son tenues, y al mismo tiempo fuertes como el acero, los lazos del amor!

Haber recuperado ese lugar interior: sus hijos e hijas otra vez donde siempre habían estado, donde siempre deberían seguir para siempre, le había devuelto una sensación de eternidad. Pero no piensen los lectores o lectoras, que nuestro personaje andaba como flotando por ahí, como hoja al viento. No al contrario. Estaba como integrado en el flujo de la vida. Si su indecisión, su no saber qué o quién era, o qué eran todas las cosas, que en el pasado se le figuraran como defectos o fallas de su personalidad, ahora se sentía con sus raíces enterradas en el seno mismo de la existencia.

Sabía que la salida abrupta de su país, ya hacía tantos años, lo dejara dado vuelta, y ese quedarse en el aire no desaparecería. Era una forma de ser, común a personas que habían pasado por experiencias semejantes. A veces le venía una tristeza profunda, sin causa aparente. La dejaba llegar. Eso abría en sí mismo un espacio para el mundo alrededor. La gente le llegaba sin barreras, podía ser más acogedor. Tal vez eso fueran las perlas, que aprendiera la vida genera en nosotros con las heridas. Sí, era eso.

Anoche mismo, esa tristeza lo visitara, en una reunión en familia, en medio de la charla alrededor de la mesa. La dejó llegar. Sabía que la tristeza algo nos quiere decir. Viene, y entonces te abres aún más al mundo, dejas que la gente te llegue integralmente. Y después se va, pasa, sigue. Entonces podrías disfrutar de lo que antes te hizo sufrir. Podías dejar que el mundo te llegara más intensamente, sin barreras, sin la oposición de los prejuicios o del miedo. Eras cada vez más parte de la eternidad.

Uno nace muchas veces en la vida, había oído decir muchas veces. Nace, sí, nace y muere muchas veces, antes de eternizarse. Pensaba en esto esta tarde, en lo que dijera el Padre Comblin: que el amor es esa parte nuestra que no muere. Es Dios mismo en nosotros. Esto le consolaba. Le daba una paz profunda. Evocó en su corazón el rostro de su padre, ya de muchos años. Los rostros de sus hijos e hijas, su madre, su esposa, sus hermanos, la familia entera. Veía esos rostros transparentes, como cubriendo el espacio alrededor.

Uno puede liberarse en vida, pensó. Sí, era eso. Como decía aquella canción de Los Iracundos: ese algo que no muere. Algunas letras parecían querer llegar todavía, pero el sol y las nubes, el cielo y el calor de la tarde, eran como que un llamado a seguir hacia allá, hacia el otro lado de la hoja.