Lecciones de un oficio

writeYa he dicho otras veces cuánto he recogido de buenos frutos en esta tarea de escribir, compartiendo descubrimientos y sentires, experiencias y reflexiones. No sé si conseguiré ahora resumir estos beneficios. Solamente me gustaría referirme a uno de ellos, en particular. La certeza de estar realizando una tarea útil, de estar haciendo algo que es bueno para mí y también para otras personas.

Los comentarios de quienes leen lo que escribo, me han ido ayudando a recuperarme como persona, a tenerme de vuelta, a ser más yo mismo, a descubrir que tengo un lugar en el espacio y en el tiempo. Que mi vida vale la pena. Una palabra bien dicha, que le llega a una persona en la hora justa, hace un bien enorme. Yo me he beneficiado de muchas lecturas, y ahora me toca colaborar con otras personas que vienen buscándose en la lectura.

De pronto descubrís que tu lugar en el mundo es un lugar que vos mismo fuiste creando, en diálogos con otras personas, con vos mismo o con vos misma, con tu pasado, con tus sueños, con tus dolores y esperanzas, con la vida en su infinita inextinguibilidad. Hace unos días me di cuenta — y esto me consoló mucho — que somos, como seres humanos, una continuidad indisociable.

En nosotros se perpetúan sueños y trabajos de seres queridos que en nosotros viven, y que a través de nosotros prosiguen una actividad constructiva y positiva por el bien común. He encontrado en el campo de la palabra un espacio de auto-descubrimiento, de crecimiento y de participación, inagotables. Es como un manantial que no deja de brotar, dentro de uno y en el mundo alrededor.

Cuando vos vas compartiendo lo que ves, lo que sentís, aún que sean experiencias aparentemente triviales del cotidiano, hay un espejamiento en quien lee lo que vos escribís. Alguien se ve en tus palabras, y te devuelve (o no) su reflejo. Y en este ricocheteo de percepciones y visiones, se crea, o se hace evidente, la unidad del género humano. Un espacio colectivo en el que todos y todas respiramos e intentamos, de diversas formas, y muchas veces en confrontación, vivir nuestra vida.

Cuando escribimos y compartimos lo que escribimos, se disuelven el aislamiento y la extrañeza, el mundo se vuelve más familiar, y se crea un espacio en el que nos rehacemos, un espacio de comunión, donde no es necesario pensar igual o sentir igual que la otra persona. Basta soltar un poco una cierta separatividad que pueda haberse ido infiltrando en nuestras vidas, y poder darnos cuenta, en un lento diluirnos con el entorno y con los demás, cuánto hay de nosotros allá afuera, cuánto de ese mundo que vemos y en el cual vivimos, hay dentro de cada uno, de cada una de nosotros.