La poesía como un modo de filosofar

poesíaEn su edición de Hymnes et discours sacrés atribuidos a Orfeo, o a la escuela órfica, el profesor Jacques Lacarrière sugiere que el nombre Orfeo se halla emparentado con una raíz que significa noche, oscuridad, y también con el nombre de un pez que vive escondido entre las rocas. Tales aproximaciones convienen al saber del poeta, que es un saber siempre fundado en el no-saber. Por tal razón el nombre de Orfeo se halla en Occidente invariablemente ligado a las artes como su símbolo y significación más profunda. Orfeo es por un lado el artista iniciado en los misterios sagrados, aquel que en tiempos del Romanticismo será capaz de “tomar el Cielo por asalto”. Por otro lado señala, en la Antigüedad, el rumbo de la purificación espiritual y la acción concreta ligada a la resurrección de las almas.

El mito de Orfeo se relaciona con el arte, el amor y la resurrección. Si admitimos que todo mito encierra un breve compendio filosófico, o sea que el mito donne o penser, como dice Paul Ricoeur, nos inclinaremos a ver en el mito de Orfeo una de las más altas concepciones de la mentalidad griega, y desde allí el eje de una vasta tradición ligada a la vigencia y significación profunda del arte. El pastor de Tracia como lo nombra Garcilaso, es músico, poeta, filósofo, sacerdote. Su flauta o su canto deja en suspenso a la naturaleza, calma a las fieras, concita a las aves.

Un viejo romance español poetiza la misteriosa figura de Orfeo:

Quién hubiera tal ventura/ sobre las olas del mar/ como hubo el conde Arnaldos / la mañana de San Juan…/ vio venir una galera / que a tierra quiere arribar / Marinero que la guía / diziendo viene un cantar / que la mar fazía en calma / los vientos faze amainar / los peces que andan nel hondo / arriba los faze andar / las aves que van volando / nel mástil las faz posar…

Preguntado por su canto el marinero responde misteriosamente:

Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va…

Este romance encierra un concepto del arte que puede parecer anacrónico, pero muchos poetas son capaces de suscribirlo en la actualidad. A través de la historia lo hemos visto surgir reiteradamente, bajo distintas máscaras, formas o manifestaciones del gusto. Es la continuidad de la poesía como actitud de vida y de conocimiento, y como vía de autoconciencia y transformación del sujeto que la pone en práctica. Es desde el plano existencial como el poeta moderno aborda el mito redescubriendo su atmósfera y su energía propia.

El poetizar se constituye en suma, como un modo sapiencial que el artista despliega y reconoce al contemplarse en el espejo de su propia creación. Abordado en forma existencial, genuina y continuada, tal ejercicio se convierte en rumbo filosófico, tendencia estructurante del pensamiento y descubrimiento de la realidad en todas sus dimensiones. En la acertada indicación de Heidegger, el modo de descubrir del poeta es dejar aparecer.

Luego de las sucesivas actas de defunción labradas por el Iluminismo, el positivismo, el materialismo histórico o la “globalización tecno-económica” nos es dado asistir a un fenómeno constante. Ciertos hombres y mujeres de muy diverso contexto social, formación intelectual o entorno histórico siguen abordando esa expresión fronteriza e inclasificable a la que llamamos poema. Es más, han sido artistas y pensadores del último siglo quienes han planteado en forma profunda y definitiva el problema del arte, devolviéndole su carácter de actitud vital y modalidad del pensamiento.

Podríamos nombrar entre los artistas a figuras tan diversas como Breton, Virginia Woolf, Tristan Tzara, Rilke, Pound, Elliot, Machado, Unamuno, Huidobro, Marechal, Cortázar, Octavio Paz, Lezama Lima, Juan Liscano, Eugenio Montejo, Ricardo Molinari, en imperfecta nómina, -sin olvidar a Darío, Vallejo y Neruda, por distintos caminos. Por su parte la española María Zambrano ha llevado adelante una clara defensa del poetizar como un camino filosófico total al que llama, en términos nietzscheanos, Razón Poética.

Se fue asentando y refinando en las escuelas poéticas aquella noción, ahondada por el filósofo Plotino en el siglo IV, de que la Belleza no correspondía únicamente al encuentro con las formas del mundo, sino a la armonía interior, La actividad del poeta se ligaba cada vez más, hasta el Simbolismo entre los europeos, hasta el Modernismo entre los americanos, a la actividad del espíritu, la búsqueda de verdad, el rumbo de la salvación.

Aparentemente las vanguardias, el Surrealismo, y el poetizar contemporáneo habrían roto con aquella tradición milenaria, pero no es así. Los poetas la han venido redescubriendo por distintas vías, no siempre librescas. Más aún, creo que ha sido esa intemperie poética del poeta, liberado de dogmas y en muchos casos de coberturas poético-filosóficas, la que le ha permitido recobrarla en su forma más genuina. Buscador de belleza, el poeta genera formas bellas, aunque el devenir de la sociedad y el gusto pueda hacer cambiar en alguna medida la noción de lo bello, suplantando lo bello agradable (pulchra sunt quae visae placent, dice la escolástica) por lo sorpresivo, lo oscuro, lo abismal, lo feo, lo terrible.

No es ahora el momento de intentar una puntualización de los hitos históricos que registra el desarrollo moderno de esta filosofía que un gran movimiento europeo llamado Romanticismo llevó a su máximo punto convirtiéndola en filosofía del artista. Mr. Thomas Peacock sería totalmente olvidable como anunciador del fin de la poesía en el incipiente industrialismo de Inglaterra si no fuese porque su acto negador dio origen a la Defensa de la Poesía de Percy B. Shelley. El creador moderno fue cada vez más lúcido y consciente de la legitimidad filosófica de su pensamiento, y de la función específica del artista en la sociedad. Contra lo que vulgarmente se piensa, el arte moderno no hizo sino explicitar y ahondar trágicamente los núcleos de aquella filosofía del amor y de la belleza, contrastándola agudamente con las desarmonías y dolores de la vida histórica.

El arte moderno, aún en sus manifestaciones de ruptura, tiene una honda relación con la filosofía tradicional del artista, cuyos aspectos demiúrgicos acentúa y despliega. Para los últimos siglos el artista vino a ser un albatros caído (Baudelaire), un demiurgo imprecador (Lautréamont), un oráculo ciego (Breton), un nuevo Orfeo (Rilke, Cortázar), un jugador algebraico (Mallarmé, Valéry, Borges), en fin un mago, un payaso triste, una víctima de Dios, un profeta cómico. A veces, también, un reconstructor de la sociedad (Marechal), un profeta nuevo (Fijman).

Podría decirse que la filosofía del artista es la conjunción de un sentir estético o intuición emocional de lo bello en las formas del mundo, un sentimiento del tiempo o intuición del suceder que afecta al existente como certeza de su propia finitud, un sentir eidético o intuición reflexiva, un sentir ético o intuición del bien -muy a menudo en conflicto con la tónica de los tiempos- e incluso un sentir religioso que se da alternativamente como presencia o ausencia de lo sagrado.

La filosofía del artista conecta tales intuiciones en una abierta superación de las aporías racionales, haciendo del arte una vía de conocimiento y transformación para quien lo practica, más allá de la ironía o desesperanza que a veces tiñe existencialmente su discurso, y para quien lo recibe y recrea.

La forma creada pasa a ser organización y fijación del impulso creador, construcción de un espejo interior y de un instrumento de comunicación en niveles que sólo hace posible el arte. De otro modo el poema sería un remanente absurdo e inexplicable en tiempos vertiginosos en que múltiples instrumentos técnicos parecen haber desplazado a la palabra.

Cabe rescatar el papel del artista en la reconstrucción de la sociedad, la función de la poesía en la educación, y la revaloración de las artes en toda planificación de la cultura. La creación de cátedras y carreras de Poética es asimismo una vía aconsejable para reforzar este rumbo que en definitiva concurre a una defensa de la cultura en tiempos de mecanización y olvido.

Extraído de La poesía, un pensamiento auroral,a ser publicado por la editorial Alción, de Córdoba, Argentina