Integridade

Cuando nada tienes para hacer, tejes en el telar que tus ojos ven ahora, o dejas que las palabras te tejan. Una tarde como hoy, dejas que esos hilos infinitos te lleven y te traigan desde los confines del universo a esta hoja que ves.

El frio del cielo gris y el ladrido lejano del perro, un auto que pasa, los sonidos de ella que baja la escalera. El tictac de las teclas que tus oídos registran. Todo es parte de la misma sinfonía, la sinfonía de la vida de que formas parte, de que todo forma parte.

Esta tarde y todas las tardes, este dia y todos los días, los que fueron y los que serán. Los que fueron desde el comienzo de los tiempos y los que anidan en la matriz de la vida. Todo es una continuidad, una diástole y una sístole, y tú con ello, pulsas.

Dejas que el frío y los sonidos, la eternidad te envuelve. Te dejas llevar por el sonido de las letras que tejen y destejen caminos. Eres una letra de ese camino. Tratas de descifrar el enigma que eres, el enigma de estar vivo o viva.

Es más de lo que puedes comprender. Apenas te admiras. Sabes que no hay explicaciones para el misterio de la vida. Apenas vives, con la noción de estar a un paso de lo eterno. Las civilizaciones pasadas, lo que aún está por venir.

Lo que los antiguos pueblos hicieron y lo que se extiende mucho más allá de cada vida humana, de toda vida, animal, vegetal, mineral. La insondabilidad del cosmos. Todo anida en ti. Tú eres Aquello, como dicen los hindúes.

Y por más que se te anude la garganta al tratar de expresar lo que sientes, sabes que lo intentas y el intento te remonta a ese origen y final de donde viene todo y adonde todo va.

Te dejas llevar por el ritmo de la tarde, de las teclas que resuenan en tus oídos, por el viento y por el canto del pájaro. Tú eres Aquello. Oyes los sonidos de ella por la casa. Es un nido. Ella y la casa.

Tú eres el nido. Eres el origen, el medio y el fin. El comienzo y la continuidad y el concluir.