Inclusión

fotoA veces me pasa que siento alguna incomodidad, indecisión, desamparo, inseguridad, procupación, miedo. Me ocurre en esos momentos, de recordar alguna frase de Jesús.

Una, en particular: “Nada temáis, manada pequeña, porque al Padre le ha complacido concederos el Reino”. El recordar esta frase me aquieta. Me tranquiliza.

Siento una amorosidad muy grande que me contiene y me envuelve. Entonces está todo bien. Sé que ésto, el estar aquí, incluye también las dificultades, que son desafíos a enfrentar.

El saber que la vida es un don divino, me tranquiliza. Esto no es por casualidad. Esto tiene un propósito. Tiene un propósito el estar aquí, el estar vivo, en esta circunstancia.

Tengo que decidir: esto sí, esto no. Pero no es que me tenga que sujetar a un mandato externo, como muchas veces aún creo. Es que hay un orden que lo incluye todo.

Y mi estar aquí comprende también mi necesidad de descubrir a cada momento qué es lo que me cabe. Esto es cambiante.

El saber que la vida es un don de Dios, que es para ser disfrutada como tal, me hace bien. Me alegra. Las palabras de Jesús vienen interconectadas.

Es como si ellas formaran parte de algo inmenso, un poder y un amor sin límites, que me envuelve y envuelve todo. No hay “una interpretación correcta” de estas u otras palabras de Jesús.

Hay un llamado, una invitación. Una escucha de mi parte, y un acatamiento, una aceptación de esa invitación. El camino se hace más suave. La carga se hace más ligera, verdaderamente.