Hay unas veces en que me gustaría poder llegar a decir algunas cosas

floresReparen en todo el circunloquio que hice para decir algo tan simple. Esta mañana pensaba que sería lindo que la muerte no me sorprendiera vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente. La verdad es que sería más lindo todavía, que la muerte no me sorprendiera. Pero esto sería, en verdad, verdaderamente sorprendente.

Pensaba que sería bueno que uno no fuera tan exigente consigo mismo. Voy a ver si consigo explicarme. No exigirse demasiado. No exigirse perfección, lo imposible. Vivir es la prueba de que uno venció todas las batallas hasta ahora.

¿Por qué pensar que uno tendría que exigirse aún más, si llegar hasta aquí no fue (y no fue verdaderamente) fácil, pero lo hicimos? Esto es lo que se llama resiliencia. ¿Qué tantas obligaciones tendríamos, si lo principal lo hicimos y lo seguimos haciendo?

Uno puede haber recibido un tesoro invalorable, y no haberse dado del todo cuenta de ello. Puede uno haber llegado a tener la gracia, o la suerte (todas las palabras tienen alguna adecuación mayor o menor) de tener a su lado una persona amorosa, con la cual permanentemente expandimos el sentido de estar vivos.

Y esto, que es ya de por sí algo extraordinario y buenísimo, pues la felicidad se hizo nuestra compañera, se nos va revelando en su plenitud de a poco, como una flor que se va abriendo de a poquito, un poco más todos los días.

Hoy pensaba en Dios, cosa que me viene ocurriendo con frecuencia desde que era muy chico. Y pensaba que el pensar en Dios, el estar con Dios, ha venido siendo cosas al mismo tiempo diferentes, e iguales o parecidas a lo largo del tiempo. Orar y amar, amar la belleza, vivir en comunión con lo existente, servir, disfrutar la vida, poetizar, prestar atención a la vida, a la gente, a las cosas, se vienen tornando cada vez más, las formas más frecuentes como estoy con Dios, o en Dios.