Finalmente

Escribo para tener un lugar donde vivir. Esta frase la leí en un texto de Anaïs Nin en 1984. La he escrito ya muchas veces, y tengo certeza de que la seguiré repitiendo. Cuando pongo algunas palabras en la hoja, me siento bien. Repito este acto tan simple siempre que lo necesito.

Ahora para contar la alegría que me dio esta mañana escuchar mi libro Um Terapeuta Comunitário em busca de si mesmo, leído en voz alta en el grupo Kairós. Era como ir reviviendo mi historia, que es también una historia común a otras personas. Migración, violencia, exclusión. Estrategias de superación. Cómo transformar heridas en perlas.

Recordar José Hailton Lyra, que partió este mes de diciembre. La fiesta de anoche en el Paço dos Leões, reuniendo docentes de la UFPB. Me sentí orgulloso de formar parte de esa historia. Reencontré colegas y formandxs en Terapia Comunitaria Integrativa.

Fin de año es un tiempo en que se relajan los papeles y las convenciones sociales. Se afloja un poco la compresión formalizadora. No siempre escribo con alguna intención temática determinada. Hay escritos como éste, que son meras anotaciones de un día que pasa, o de algunas cosas que pasan a lo largo de los días.

Aprendo a ser más comprensivo conmigo mismo, a no exigirme perfección. Al final, el mero hecho de que esté todavía de pie, entero, con la fe y la esperanza y el amor animándome, ya es bastante. Hay cosas que creo que sólo el pasar de los años nos enseñan. Una cierta tranquilidad, una certa paz. Algo que un poema de Mario Quintana nos recuerda. La serenidad de saber que al fin y al cabo todo sale bien.