Espacio y colores.

Estas son dos maneras de irme encontrando, de ir diciendo lo que voy viviendo. Permanecí bastante tiempo (y aún lo hago, bastantes veces) en el mundo de lo argumentado, de lo que puede ser dicho. Pero hay estos otros dos mundos (entre la multiplicidad de los que nos son dados experimentar, como vivientes), que también pueden contenernos, que de hecho nos contienen. Y cuando hablo de colores y lugares, estoy hablando de experiencias concretas. El otro día encontré un breve texto en que asociaba flores y personas.

Ahora puedo decir que hay una presencia de un ser muy querido, que se presenta con mucha frecuencia, y que me hace muy bien. Esta persona es un color. Es un color lavanda o celeste muy claro. Hay otra persona también muy querida, que es también celeste. Celeste y azul. Hay otra, que es mi madre, que tiene varios colores, pero que es más espacio, lugares. Estos mundos son silenciosos, pero su significado es inequívoco.

Son colores benéficos. Y la espacialidad de que hablo, si bien es interna, ocurre en este mismo mundo de todos los días. Es como una ubicación interior. Cubos que se van organizando, que van ocupando sus lugares. Todo se va ordenando, va ocupando su lugar. Otras veces es una sensación de amarillo que lo cubre todo, que se extiende en todas las direcciones. Todo esto son cosas que me hacen bien, y las comparto, pues puede ser que otras personas tengan las mismas experiencias o experiencias parecidas.