Escribir

“Escribo para tener un lugar donde vivir. Para testimoniar el viaje en el laberinto. Para tener un lugar donde reconstruirme cada vez que la vida me destruyera. Escribo como se crea un país.” Así dijo una vez Anais Nin, cuado le preguntaron por qué las personas escriben.

Creo que todas las personas que escriben, lo hacen por alguna de estas, y por otras más, sin duda muchas más razones. No que estas sean pocas, más vale al contrario. En mi caso personal, resumen casi todo lo que me viene llevando a escribir, desde hace ya muchos años.

Tener un lugar donde vivir. Muchas veces no tenés un lugar en el mundo externo, demasiado cosificado, demasiado superficial, sujeto a convenciones que no te dejan respirar ni moverte, expresarte, ser vos misma o vos mismo. Testimoniar el viaje en el laberinto. ¿Quién no se sorprende del existir humano, de la naturaleza, del milagro, el sorprendente hecho de estar vivo en este mundo, de haber conocido lugares y personas, vivido tantos hechos hasta llegar hasta aquí? Cuando uno escribe, resguarda lo vivido del olvido, de la mecanización petrificada que tanto temía Max Weber.

Uno pude guardar, como hacían Ray Bradbury o Julio Cortázar, recuerdos de distintas maneras, muy precisas y detalladas, como si fuera e frasquitos o en botellas. Un día, revolviendo los papeles o cuadernos, los podés volver a encontrar: “Viaje a Villavicencio con Daniel.” “Mary”. “Biblioteca de Chogo y Mamina”. “Llanquihue”. La memoria guarda todo, pero si le prestas atención, se queda bien grabado. Tener un lugar para reconstruirme cada vez que la vida me destruya. Aquí se abre un espacio muy grande de sobrevivencia.

Hay muchas cosas que a uno lo destruyen, o la destruyen. Uno puede hacer listas grandes, y descubrir que cada vez que la vida nos golpea, podemos crear de inmediato, una especie de contragolpe escrito, un refugio literario o poético. ¡Cuántas flores no han nacido de la capacidad que tenemos los humanos, de crear belleza a partir del dolor?