Empezó el día

Esa mañana, se había levantado tempranísimo. Después de algunos minutos de dedicarse a escucharse a sí mismo, a observar el fluir de sus pensamientos, empezó a llover. Lo tomó como una buena señal. Los autos pasaban, como siempre. Un pájaro cantó, como empezando el día. El día estaba empezando. Era eso. No se empujaría a nada. No había a qué empujarse ni para qué empujarse o hacia dónde empurase. Era el día que empezaba. Sintió el trino del pajarito una vez más. Las nubes iluminadas por el sol del lado del mar. El día estaba empezando. Eso era lo importante. El día estaba empezando. No se forzaría a nada. Libertad. Respiró fondo, oliendo el aire mojado por al lluvia. El sol iluminaba las copas de los árboles del lado del bosque. No le debía nada a nadie. No se empujaría a nada. No había anda a lo cual empujarse, ni por qué empujarse o adónde empujarse. Un paso cada vez. Un día por vez. No se empujaría a nada. El día había empezado. Era domingo. Tomaba mate. Le escribiría a las tías, o no. No sabía si saldría o no, ni hacia dónde. No importaba. El día empezaba. Había empezado el día. No se empujaría a nada. Ni a salir ni a quedarse. Se quedaría, saldría, jugaba. Siempre había jugado. Jugaría siempre. No buscaba satisfacer a nadie sino a sí mismo. ¿Por qué tendría que salir corriendo a caminar por la playa? ¿Por qué tendría que forzarse a ir al supermercado? Había empezado el día. No se forzaría a nada. Estoy aquí para mí, solamente para mí. No buscaba agradar a nadie sino a sí mismo. Estar bien en sí mismo. Venían los pensamientos comunes. Un paso por vez. No se forzaría a nada. No había a qué forzarse ni por qué forzarse. Libertad. Fluyo. Empezó el día.