El amor es un lugar

Las cosas no ocurren en cualquier momento, sino en el tiempo cierto. El amor no es solamente un sentimiento. Es también un lugar. Es un lugar en el espacio. Un lugar en el tiempo. Un lugar es una realidad física, material, objetiva.

Cuando digo que el amor es una realidad material, estoy hablando de una experiencia, o, mejor dicho, de experiencias. Estos días atrás, y hoy mismo, he vuelto a dibujar. Poner colores en papeles. Crear pequeños cuadros. Álamos, con soles.

Los álamos son unos árboles que crecen en Mendoza, en el área montañosa, principalmente. Los álamos resisten a los vientos, y son plantados entre otras cosas, para proteger contra el viento.

Uno deja entrar adentro de uno mismo, cosas que le son extrañas, cosas que no le pertenecen. Pero en algún momento, el ser verdadero emerge, ocupa su lugar. Nada puede resistir a la fuerza del ser. Y la fuerza del ser es el amor.

Yo amo a mi mujer, amo a mis hijos, a mis padres, a mis hermanos a mi familia, a mis amigos, a las compañeras y compañeros de los movimientos a los que pertenezco. Esto es una realidad material. El amor me sitúa en una frecuencia determinada.

El amor establece una forma de hablar, una forma de estar, una forma de pensar, una forma de relacionarme, aún con las personas que no pertenecen al núcleo de quienes amo.

Aprendí esto con mi familia, con mi madre y con mi padre. Con mis abuelas y abuelos. Con mis tíos y tías. Aprendí a amar, con personas que sin conocerme me dieron la mano, me ayudaron a conseguir empleo, me dieron amistad, me ayudaron económicamente, cuando tuve que exilarme.

No siempre fui capaz de apreciar esos gestos de amor de tanta gente que me acogió aquí en Brasil, y desde Europa, apoyándome para que terminara mis estudios universitarios, que tuve que interrumpir porque fui expulsado por la dictadura cívico-militar argentina.

Había quedado mucho odio en mí. Me había quedado envenenado contra los asesinos de mi gente. No veía el amor. No veía los gestos de solidaridad que había recibido en Brasil. Tuve que empezar a verlos.

Empecé a verlos gracias a mi mujer, gracias a algunos amigos, y gracias a la Terapia Comunitaria Integrativa. He vuelto a ser quien soy, de a poco y cada vez más. Es un proceso continuo. Volver a confiar. Volver a creer en mí mismo y en los demás.

Hoy comparto estas cosas porque creo que a todos en algún momento pudo habernos pasado algo que nos rompió la confianza. Perdimos la fe. Dejamos de creer. Dejamos de pensar que podíamos ser felices. Pero siempre hay una posibilidad.

Depende de uno mismo. Uno es quien decide devolverse el derecho de vivir. Devolverse a sí mismo el derecho de ser feliz. El derecho de ser quien uno es. Pero esta revolución interior no ocurre en soledad, sino en comunidad, en red, como se dice ahora.

Yo no digo estas cosas por pensar que yo sea alguna persona muy especial. Todos lo somos, de algún modo. Apenas traté, a lo largo de mi vida, de no abandonar los ideales que le dan sentido a mi existencia. Y el amor es lo que le da sentido al vivir.

La muerte no es el fin de la vida. El fin de la vida es el abandono de los ideales, la desistencia, ese es el fin de la vida. Si uno ama, la vida te extiende sus manos, te recibe, te envuelve y te protege.