Dilución literaria

Algunas veces cierras los ojos y ves el mundo de letras en el que has sido formado. Se alinean los libros que leíste, los que oíste contados por tu madre. Los que viste en las vitrinas de las librerías.

Los que hojeaste en las librerías de usados. Los que consultaste en las bibliotecas públicas, en distintas épocas de tu vida. Los que le llevabas a tu abuela, los que le leías a tu otra abuela.

Los que has escrito, los que sigues leyendo, en los mensajes de tus lectoras y lectores. Los que todo el mundo va escribiendo, como tú mismo, por donde vas, con tus gestos, tu presencia. Por ahí te llama la atención el modo como algunas personas te tratan. Con una deferencia.

Tratas de tratar bien a cada persona. Hoy a la tarde, en la sala de espera de la dentista, pensabas qué buena compañía son los libros. No importa si los lees o no. Me refiero sobre todo a los libros de literatura, aunque eventualmente algún libro espiritual también puede estar incluido en esta mención.

Los libros te acompañan, te reciben, abren un lugar para ti. Son como puertos o golfos, lugares donde puedes refugiarte siempre que lo quieras o necesites. No necesitas ni leerlos. Basta tenerlos cerca. A veces llevas un libro contigo y no lo lees, pero su presencia te acompaña. Lees de maneras diferentes.

A veces concentrado, pero más frecuentemente, con una especie de distracción, donde no te importa demasiado el enredo, los nombres o lo que se dice, sino la manera como se va diciendo, los modos como la historia te va envolviendo hasta raptarte del todo de esta realidad cotidiana, para llevarte a una inmensidad ilimitada donde te encuentras con tantos otros libros y personajes que has ido leyendo a lo largo de tu vida.

O que has ido siendo a lo largo de tus días. Así, al final, los libros y tú, se van diluyendo mutuamente en una especie de niebla que a cualquier hora del día o de la noche, se expende indefinidamente.

Foto: José Hernández, autor del Martín Fierro