Del no estar del todo aquí

Ayer a la tarde pasé un par de horas o más, en el mundo de Cortázar, mejor dicho, en ese mundo en que uno puede estar si se deja llevar por los escritos de Julio Cortázar. Creo que empecé con alguno de sus escritos de La vuelta al día en 80 mundos, donde empieza haciendo una especie de cronología de su infancia, del registro de haber sido y continuar siendo alguien no del todo aquí.  De esa extrañeza, de esa especie de alienación, de ese hecho de haber constatado desde pequeño que no era alguien que estuviera del todo donde debería estar, o que no era del todo como se supone que debería ser, sino alguien un poco más a la izquierda, o un poco más allá o más acá  (más bien más allá), a partir de esa constatación de lo que dio lugar en su vida a la literatura y a la poesía, en particular, Cortázar fue tejiendo un escrito bien suyo, de esos que de a poco te van mostrando tu propia extrañeza, tu propio no ser del todo de aquí, título por lo demás, de mi primer escrito en São Paulo, en aquella revista mimeografiada que editaba un tal Horacio.

Y en ese clima en el que de a poco uno se va despegando de lo cotidiano, de esa excesiva familiaridad con todo lo que te rodea, con las personas y las cosas, como quien no quiere la cosa, me fui dejando llevar hacia allá, o hacia acá, pues aquí estaba yo, releyendo algunos trechos de La vuelta al día en 80 mundos y en ellos espejándome, espejando alguna parte mía que tampoco está, nunca estuvo del todo aquí.

Lo que quería decir, y tal vez ya lo haya dicho y apenas esté una vez más repitiéndolo, es que ayer a la tarde, mejor dicho entre el comienzo de la noche y el fin de la tarde, me dejé llevar por los escritos de Julio Cortázar en La vuelta al día en 80 mundos, en que el escritor me fue llevando o trayendo (ya no sé más) a este lugar donde uno no está del todo, y por esa especie de corrimiento o desplazamiento la poesía viene, la poesía está, la literatura es posible.  Escribí, mientras leía Cortázar, una anotación llamada La literatura me salva de la inutilidad. Era como que el cierre, el broche de oro de una tarde y una noche que estaba apenas comenzando. Las disquisiciones de Cortázar sobre la irrealidad del llamado mundo objetivo son una puerta al más allá que es esto, esto que está aquí.