Dejándose ir

El sonido del canto de un pájaro en la oscuridad esta mañana, me trajo de este lado.

La sensación de que había un escrito ya listo, y que ahora no consigo identificar. Y ahora el fresco de la mañana. Una brisa que sopla por entre los vidrios de la ventana. El mismo canto que canta. Y yo con esa sensación del escrito que se me escapó o parece habérseme escapado.

Hay tanto pasado agazapado a estas horas. Buen pasado. No aquél que aprisiona y violenta al presente a ajustarse a presiones que lo deforman y oprimen, forzándolo a ser lo que los recuerdos obligan a que sea: una repetición de lo que fue, una sombra de lo proyectado, una especie de pedazo aplanado de tiempo, sin forma ni color.

Cuando esto pasa, el presente no se presenta, sino que es como una especie de substancia gris sin sabor, que falsea todo. Dejarse ir. Dejarme ir. Dejar que esto que es el ahora, sea de hecho algo nuevo, algo que si bien pude haber llegado a querer anticipar, es siempre otra cosa, algo que me sorprende y cautiva.

Ayer fue un poco eso. Un día en que todo parecía estar tan lejos. Cada cosa era como que una obligación no deseada, de esas que te obligás a hacer porque es necesario, pero que no te gusta. Sin embargo, esa misma necesidad y la noción de que algo había que ir haciendo, fuera porque de hecho había que hacerlo, o bien porque de algún modo no había más remedio, me permitió ir realizando las distintas actividades del día, lo cual iba generando alguna alegría, como una especie de satisfacción de saber que se pueden hacer las cosas sin entusiasmo, por hacerlas nomás, y que esto también nos alegra el corazón.