Cómo superar psicopoliticamente la psicopolítica de los mundos de muerte, 1ª parte Entrevista de Evandro Vieira Ouriques a Caras y Caretas, Uruguay

Por Bernarda Tinetti

¿Cómo explica el fenómeno Bolsonaro en Brasil?

Gracias por recibirme en sus páginas, a las cuales tantas personas acceden en búsqueda de un lugar seguro, o sea, de un lugar hoy de construcción de comprensión y horizontes de emancipación frente a la construcción psicopolítica de los mundos de muerte de la necropolítica, proyecto del cual la mentalidad Bolsonaro es una manifestación a más, pero es muy importante para que se comprenda la profundidad de la necesaria renovación ontológica y epistemológica de las teorías sociales y filosóficas hegemónicas y, por lo tanto, de la hoy comprometida capacidad de juzgar, o sea, de decidir, de los sujetos en sus cotidianos.

Si Achille Mbembe fue adelante de Foucault al demostrar que el biopoder es insuficiente para comprender las relaciones mortales de enemistad y persecución de la actualidad, reitero desde el final de los años 60 que la emancipación ocurre en los aparatos psicopolíticos de la cultura, pues son ellos que están impregnados por las operaciones psicológicas con fines políticos de la cuarta generación de la ciencia de la guerra, la guerra psicológica, cuyo objetivo único es capturar la atención del insurgente, a través de la hyperattention –que, al dispersarlo, impide su atención profunda necesaria al pensamiento crítico- de modo de causarle decepción y que así, abandone la lucha cuando todavía tiene la fuerza para hacerlo, y le promete la salvación a cambio de su obediencia voluntaria. Por eso, la vía de emancipación es psicopolítica, lo que implica la renovación ontológica y epistemológica de las teorías sociales y filosóficas hegemónicas, basadas en el dualismo, que caracteriza el Occidente hegemónico y todos los regímenes de servidumbre, pues sólo el dualismo puede producir identidades para el exterminio, sea en la propia sociedad, sea en su relación con la naturaleza. Cuando en verdad, la identidad no es para el exterminio.

La mentalidad Bolsonaro sólo puede ser comprendida y superada, caso contrario ella regresará cristalizada con otro nombre, cuando se comprende el trauma que el dualismo, y su hijo predilecto, el perspectivismo ontológico, provoca en la condición comunicacional del ser humano, incompatible, como sintetiza Mbembe, con “la violación ilimitada de toda forma de interdicto y […] abolición de cualquier distinción entre medios y fines” una vez que la realidad sería solamente el producto de la disputa de narrativas. La identidad no es para el exterminio. La identidad es para la comunicación. Y la comunicación sólo es posible en el vigor de la verdad. No en el vigor de las fakenews, de la posverdad. Claro, en el vigor no de la verdad metafísica, absoluta y última, pero de la verdad de los estados mentales de la seguridad y protección, y relacionados, que fundan la condición comunicacional en la cual el ser humano se instituye en la escucha de la voz de la madre, de la función-madre, de la función-padre y de la función-fraterna, de manera a aprender a juzgar cómo hacer el mundo hablar de manera favorable a él, y que por eso son exactamente los estados mentales atacados por las formas fascistas a través de la captura de la predisposición humana a las referidas seguridad y protección. Por eso los imperios operan con dos manos: con una amenaza la seguridad y la protección, mediante el terror continuo, y con la otra, mediante la obediencia voluntaria.

¿Cómo caracteriza a los gobiernos de Argentina y Brasil, en términos de ideología política? ¿Son conservadores, son de derecha, son neoliberales, son fascistas?

Sabemos que el fenómeno Bolsonaro y el fenómeno Macri son fenómenos del apoyo popular activo, de la primacía de la referida servidumbre voluntaria, lo que permite la autodestrucción inmensa del tejido psicopolítico, o sea, de la cultura del psiquismo y de las instituciones, a través, como es sabido, de los ataques sistémicos a la educación, al trabajo, a la seguridad social y, como dicho, a la naturaleza, reducida a una “otra”. Es verdad que en Brasil experimentamos una larga dictadura militar, menos cruel que la argentina y la chilena, pero también es verdad que en aquella época el apoyo popular no incluía, como hoy, movimientos paramilitares o masas que salen a las calles a atacar físicamente a los opositores de la mentalidad hegemónica. Esto es una novedad.

Cuando se pregunta sobre lo que mueven los gobiernos de Argentina y Brasil en términos de ideología política, y si serían conservadores, de derecha, neoliberales o fascistas, es importante comprender que ellos expresan la decadencia de una manera de pensar el mundo que está agotada. Pero que sigue vigente debido a una inercia de las teorías sociales y filosóficas que prevalecen negando la condición comunicacional del ser humano.

Veamos la relación de esta afirmación con las dos escuelas predominantes en el siglo XX comprometidas con la emancipación, con este nombre u otro. Frente a las primeras de ellas, las economías políticas, sostengo la necesidad de una economía psicopolítica, pues sabemos desde el 1er. Relatorio del Club de Roma, de 1972, que no hay recursos naturales para universalizar para todos los bienes y servicios vistos y deseados como “desarrollados”. Esta perspectiva resultó en el aburguesamiento de las políticas públicas en Brasil y Argentina, como en todo el mundo, pues está asociada a la felicidad, o sea, al vigor de la seguridad y de la protección que el ser humano asume como la figura de felicidad una vez que es en este estado mental que se instituyó. La aceptación de que el patrón de producción y consumo de los “opresores” les garantizaría felicidad es lo que permitió en nuestros países la manipulación de la insatisfacción de las poblaciones con la caída del “crecimiento”, esto lo sostienen las derechas y las izquierdas.

En relación a los estudios culturales y socioculturales, sostengo la necesidad de estudios psicopolíticos culturales para superar el enfoque en las políticas de identidad, que un solo tiempo ha fragmentado la capacidad de articulación inter e intraidentidades y no lograron transformar derechos sociales, políticos y culturales en derechos económicos, también capturados, por remitir el sujeto al deseo -“si es deseo es legítimo”-, por el patrón burgués, y por lo tanto insostenible, de producción y consumo.

Argentina y Brasil necesitan profundizar lazos académicos que busquen el avance de estos preciosos cuerpos teóricos.

¿Por qué los pueblos, luego de décadas de gobiernos que ampliaron derechos, se volcaron a elegir políticos-empresarios para conducir los destinos de los países?

Sabemos que la crisis de la representación generó al mismo tiempo la elección de candidatos empresarios o candidatos afuera del perfil clásico del político -es importante marcar, que este proceso empezó con Ronald Reagan- cuyas políticas exactamente atacan los intereses de la mayoría de los sujetos que en ellos han votado, y, de otra parte, generó el incremento de la abstención, como si fuera posible vivir afuera de las consecuencias de las decisiones políticas.

Pero necesitamos saber que la crisis de la representación es el resultado de la decepción de los seres humanos con la democracia representativa, o sea, con el modelo político dualista, basado en la transferencia metafísica de la justicia para los “políticos”, que serían capaces de resolver o mitigar los conflictos, o sea, de hacer vigorizar psicopolíticamente el referido estado mental de la seguridad y de la protección, cuando los “políticos” son sujetos que afuera del Estado están convencidos, y legitimados por la academia hegemónica, que el conflicto sería la naturaleza humana y que, como todos los seres humanos, serían ellos mismos también incapaces de autocontrolar su agresividad en el proceso de obtener lo que quieren en un mundo en que la verdad desapareció frente a la generalización de la idea de que todo sería una disputa de narrativas para obtener poder de realizar deseos insostenibles. Después las personas se chocan con la corrupción y con las narrativas de la postverdad.

La corrupción y el fascismo horrorizan exactamente porque son la quiebra de la confianza en el otro. De la relación de confianza en la cual todo ser humano se instituye y de la cual depende su capacidad democrática. Es así que la seguridad y la protección es la predisposición fundacional del ser humano, que él asume como la figura de felicidad y la busca durante toda su vida. Pues es el sentido de su vida. La comunicación. De esto se alimenta la religión que es el capitalismo. De esto se alimentan las operaciones psicopolíticas que lograron destrozar las experiencias emancipatorias en América Latina que sintomáticamente no escucharon las advertencias de que el sueño iría a terminar en una pesadilla una vez que no estaban percibiendo la urgencia de intervenciones en el territorio mental sincrónicas a las intervenciones en los territorios que han sido hechas a través de políticas públicas para el acceso al consumo, el respeto a las diferencias, el acceso a la cultura digital, la valorización de las periferias, a la enseñanza superior, a las nuevas tecnologías audiovisuales, al arte, etc, etc, etc. No se veía el fascismo de baja intensidad presente en la cultura brasileña, por ejemplo, es que los torturadores no han sido juzgados por sus actos.

El fundamento dualista de las teorías y filosofías hegemónicas provoca un trauma ontológico en la condición comunicacional del ser humano. Como el dualismo es el fundamento del pensamiento dominante del Occidente hegemónico, este trauma es generalizado. Por eso el fenómeno Bolsonaro sólo puede ser comprendido en este cuadro más general y extremadamente complejo, pero no complicado.

La explicación weberiana de las dinámicas lógicas de la experimentación capitalista se conoce bien, pero raramente se las entiende correctamente. Tal como los predestinados calvinistas, los capitalistas pueden asegurar que fueron elegidos por Dios para la salvación desde su éxito en sus vidas terrenales. La búsqueda liberal para la felicidad individual y social se mide, como se sabe, a través de los éxitos de sus emprendimientos. Es así que los capitalistas actuales deben reinvertir sus bienes en sus empresas para poder incrementar su certeza sobre su propia salvación social, en una clase de ascetismo. Por eso Walter Benjamin percibió bien que el capitalismo es una religión. Por eso el fundamentalismo religioso está al frente del proceso actual.

Por eso el problema es que candidatos capitalistas, al considerar sus éxitos como la única fuente de confirmación de la verdad de sus empresas liberales, lo hacen según una conciencia moral necesariamente perversa, porque subordina la voluntad legítima por felicidad y bienestar social por parte de las demás personas a una autocertificación egocéntrica, o sea, por sus narcisismos secundarios, y así arbitraria, de sus voluntades personales por la salvación. Este proceso es posible de superar a través de la restauración de la capacidad de juzgar como terapia filosófica de la barbarie económico-política de las democracias neoliberales, basadas en la neutralización del juicio y, así, en el ataque frontal a la condición comunicacional del ser humano.

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