Buen día, Argentina

¿Cuántas veces habría ya escrito sobre aquello? ¿Cuántas, aún volvería a recordar las cosas pasadas en Argentina en 1976 y después? Fueron años de querer olvidar, años de recuerdos forzados. Una cosa y la otra. Contradicciones. Es así mismo, no busques coherencia donde no la hay, pibe.

Cuando llegué a Brasil, hacía de todo por olvidar, aunque era imposible. La gente te preguntaba si eras montonero. No podría hoy, esta tarde lluviosa de marzo de 2010, hacer otra cosa que dejar venir lo que venga, como venga. La chica que me vino a visitar en São Paulo en 1978. La misma que se riera de mi preocupación de ser uno de los estudiantes echados por la intervención militar en la Universidad Nacional de Cuyo.

“Es la sociedad la que nos enferma”, me dijo. Fuimos a alguna playa y no la ví más. Nos echaron, y nos echaron más allá de la universidad, más allá de la carrera de sociología, más allá de la condición de estudiantes. Nos sacaron del cuerpo. Nos fuimos de nosotros mismos. Esto es la tortura psicológica, esto es lo que perseguía el adversario, el enemigo. Tratar de destruirnos.

El ser humano, sin embargo, es sorprendente, y hasta el cálculo más preciso del terrorista de estado, del represor y torturador, tropieza con la resiliencia, la carencia que genera competencia, la capacidad de hacernos fuertes allí donde más fuimos golpeados, donde más sufrimos. Esto se aplica a toda persona, a la persona común, no a algunos en especial.

El escritor Eduardo Mugnagna dijera cierta vez, que todos tuvimos que irnos, y tenía razón. Todos nos fuimos, los que nos fuimos y los que se quedaron. Nos echaron del cuerpo. Pero de a poco, uno va volviendo. Yo empecé a volver en 1996, cuando escribí Argentina, ayer nomás, publicado en la Revista de la ADUFPB-JP, el sindicato docente de la Universidade Federal da Paraíba, en que trabajaba. Al leer lo escrito, al verlo, al recordar lo que había pasado, empecé a volver. Verlo publicado, verlo fuera de mí, en la revista, me hizo bien.

Había mucho más para sacar, y lo fui sacando año tras año, de a poco. Sur, paredón y después, escrito a continuación, apuntaba en lamisma dirección. Decir lo que duele. En 2004, cuando empecé a frecuentar las ruedas de terapia comunitaria en João Pessoa, Paraíba, Brasil, escuché algo que me sacó una venda de los ojos. Una membrana de cristal desapareció de mi vista. Eso ya pasó, escuché de una de las participantes de la rueda. Hizo un movimiento de dar vuelta la página. Hablarlo en público, en medio de gente que no sabía de la dictadura argentina –al menos eso suponía yo—me hizo bien.

Yo creía que no había un dolor más grande que el mío. No hay tamaños de dolores. Hay dolores. Nadie nació para sufrir, pero el sufrimiento nos hace crecer. En las historias de vida de cada persona, hay dolores que se hicieron flores, como decía mi abuela Mamina. Los dolores del proceso son dolores que nos abrieron a una nueva realidad, a un mundo más humano, al amor incondicional de la gente, a la solidaridad que existe por allí, y que acoge cuando más precisas. Gente que ni conocías te daba la mano, te invitaba a comer en su casa, te daba trabajo, te escuchaba, te invitaba a pasear. No te conocían y te daban la mano.

Eso cambió mi vida. No me gustaría seguir dándole vueltas a la cosa, pues la noche se acerca y es mejor traer otros pensamientos. Los dejo por ahora. Mañana será otro día. Y en la Argentina que se levanta para exigir justicia, brilla lo que el genocidio no pudo, no podrá nunca, nunca el nazismo podrá borrar lo que no puede ser destruído: la esperanza. Y en la esperanza sabemos que somos ricos. Allí somos vencedores. Buen día, Argentina.

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