A 50 años del Concilio Vaticano II

Aquel 11 de octubre de 1962 se abrían las sesiones del Concilio Ecuménico de la iglesia católica de nuestro tiempo. Al decir de Juan XXIII, su inspirador y propulsor, “se abrían las ventanas de la iglesia a fin de que entrara un nuevo aire desde el exterior que posibilitara una oxigenación y una renovación”.

Germinaban, también, las ansias y las esperanzas de muchos católicos (teólogos, biblistas, pastoralistas y laicos) que desde muchos años antes venían trabajando por una renovación en las estructuras bíblicas, de operatividad e institucionales de la iglesia.

En aquel mismo año (en el mes de mayo), fui ordenado como “ministro” (servidor) de la comunidad católica en lo referido a la predicación, a la catequesis y a la facultad de ofrecer los sacramentos. Podría decirse que mi servicio eclesial nació “marcado” por aquel tan esperado Concilio. A medio siglo de distancia, ofrezco mi reflexión sobre aquella asamblea: sus logros, lo que aún queda por concretarse y el camino que hoy debería transitar nuestra Iglesia.

Dos realidades fundamentales

Los acuerdos (documentos) del Vaticano II sobre la constitución interna de la comunidad-iglesia (‘Lumen Gentium’) y sobre la mutua relación entre la iglesia y nuestro mundo (‘Gaudium et Spes’), constituyen la base sobre la que el Concilio deseaba que nuestra comunidad se oxigenara y renovara. Iglesia, comunidad de creyentes que ofrece la vida y el testimonio de Jesucristo, e iglesia que dialoga con las realidades de su tiempo y ofrece su servicio a las gentes de hoy.

Esos documentos vuelven a las raíces de las vivencias de las primeras comunidades cristianas, a la vez que indican senderos operativos para hacer presente, hoy, en nuestra cultura, el “camino de Jesús”.

Es del caso preguntarse en qué medida aquellas propuestas, deseos y esperanzas se han hecho realidad.

Cuando miramos la vida de la iglesia y los desafíos para la evangelización en los tiempos presentes, caemos en la cuenta de que hay temas que recién están empezando a estrenarse y otros que podrían desaparecer a causa de retrocesos y olvidos de lo querido y propuesto por el Concilio.

Sí. Se han dado pasos, pero mi impresión es que esos pasos han terminado siendo más de forma que de actitudes de fondo.

Un ejemplo: el espíritu de diálogo, tan característico del Concilio y del posconcilio, muestra síntomas de agotamiento, tanto hacia el interior de la iglesia como hacia las otras confesiones religiosas y hacia la cultura de nuestro tiempo. El diálogo en y con la iglesia fracasa, como en otros ámbitos, cuando una de las partes (o las dos) pretenden poseer toda la verdad y se rechaza la posibilidad de realizar un itinerario compartido de búsqueda y debate adulto, en el cual todos podamos aprender y enriquecernos mutuamente.

Otro ejemplo: el reconocimiento de la vocación laical con igual dignidad que las vocaciones del sacerdocio ministerial y la vida consagrada, y la participación activa de los fieles en diversas tareas eclesiales. Como contrapartida, se observa el comienzo de un proceso de alejamiento de la iglesia por parte de muchos laicos y laicas que no encuentran en ella espacios de libertad y participación para desarrollar su vocación.

¿Qué habría que hacer hoy?
1- Poner en funcionamiento, de verdad, una iglesia pobre y servidora de los pobres, renunciando al lujo, a los títulos y a los privilegios.

2- Ejercer una “colegialidad efectiva” entre el Papa y los obispos, evitando intermediaciones espurias que alejan a los responsables de las realidades concretas en que viven las comunidades.

3- La “búsqueda de la verdad”, en la iglesia, no debe ceñirse solo a los principios, sino que debe insertarse en la realidad cultural y social de tantos que esperan respuestas por parte de ella.

4- Terminar con la desconfianza y la excomunión a la cultura actual al afirmar que “esta crisis de civilización se debe a la descristianización”. Toda cultura tiene sus luces y sus sombras. Quien desee acompañar y ayudar a la gente de hoy no debe partir de preconceptos duros y cerrados, sino considerarse “prójimo” y caminante con ellos.

5- Volver a las “pequeñas comunidades” (en tamaño humano y geográfico) de manera que puedan ser mejor atendidas y que, a la vez, sean signos efectivos y eficaces en la labor evangelizadora.

6- Buscar personas que procedan del interior de esas comunidades, hombres casados, con cierta autoridad humana y espiritual que los habilite como personas idóneas para asumir la responsabilidad de ser los “ancianos” (presbíteros) de sus compañeros y capaces de incrementar la vitalidad espiritual de sus hermanos y sus hermanas.

7- Hacer realidad la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia.

8- Estimular la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas, abriendo así las posibilidades de un diálogo intraeclesial maduro y respetuoso.

9- Insistir, en la línea de Jesús, en que “la autoridad” – dentro de la Iglesia – no es poder sino servicio. En este sentido habrá que repensar el funcionamiento de la curia vaticana; el Vaticano deberá dejar de ser estado y el Papa no será jefe de estado.

10- Rechazar, en todas las formas posibles, el capitalismo neoliberal, el neo imperialismo del dinero y de las armas y una economía de mercado y de consumismo que sepulta en la pobreza y en el hambre a la gran mayoría de la humanidad.

11- Exigir, imperiosamente, la transformación sustancial de los organismos mundiales (ONU, FMI, Banco Mundial, OMC, etc.) a fin de que no continúen siendo funcionales a los poderosos de turno, y se conviertan en defensores de la justicia – en todas sus formas – entre los pueblos, siendo garantes de una verdadera paz y convivencia.

A modo de conclusión, cabría esta reflexión: El Concilio Vaticano II intentó trazar un derrotero para que la iglesia católica, siendo fiel a Jesús y a sus orígenes, pudiese renovarse en su interior y, comprendiendo la cultura de nuestro tiempo, pudiese entablar un diálogo fructífero con ella a fin de contribuir evangélicamente al sano progreso – material y espiritual – de una humanidad que busca superar todo tipo de discriminación en procura de una existencia digna para todos, especialmente para quienes han sido deliberadamente excluidos de “la mesa de la vida”.

Un mundo distinto es posible.

Y una iglesia distinta, también.

El autor es sacerdote católico

Vicente Sebastián Reale es sacerdote católico adscripto a la diócesis de Mendoza-Argentina. Fue ordenado en mayo de 1962 y ha tenido distintas labores pastorales en la diócesis, como: párroco, miembro de varios equipos de pastoral, actuación en varios Medios de Comunicación. En los años '70 perteneció al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de Argentina. En la actualidad, forma parte de los Curas en Opción por los Pobres, que es continuación del MSTM. Referido a la Opción por los pobres, ha intervenido personalmente -junto a sus comunidades- en la erradicación de varias Villas Inestables (favelas) ubicadas en distintas parroquias. En la actualidad, atiende a los pobladores de un barrio muy humilde ubicado en los alrededores del aeropuerto de Mendoza.

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