“Zen en el arte de escribir,” de Ray Bradbury

bradburyHace unos años, recibí de regalo este libro. Varias veces he leído algunos de los escritos que lo componen. Lo que un autor que nos es muy apreciado dice sobre el escribir, sobre qué es para él el escribir, siempre me ha llamado mucho la atención. Pero no siempre el escritor habla de su arte cuando escribe sobre este arte. Ray Bradbury en este libro describe, en distintas épocas de su vida, su propio estilo, lo que fue siendo para él el escribir. No hay duda que mucho se rescata de estas reflexiones.

Aprender a omitir, el arte de escribir es aprender a no decir, aprender a callar. Podría parecer paradojal esta observación de Bradbury, pero es crucial. No todo es para ser dicho. Qué decir y qué omitir, es como qué color poner en la tela o dejar de ponerlo, ir por el lado derecho del poste o por el izquierdo. Bradbury no da recetas, aunque en muchos de los textos que componen este libro, parezca lo contrario. Termina el libro con un escrito que coincide con el título del mismo: Zen en el arte de escribir. Y la última palabra del escrito es Amor.

No creo haber dicho mucho sobre este libro. En los años que llevo tratando de adentrarme en el mundo de la literatura, sea como lector o como quien escribe, una de las cosas más fascinantes a las que creo haber llegado, es que el mundo de los libros es una especie de ventana gigante y minuciosa hacia adentro de uno mismo y hacia el mundo exterior.

Muchas veces leí alguno de los textos de este libro de Bradbury, pensando que en él podría encontrar alguna clave para mejorar mi estilo, para escribir mejor, en esa especie de inconformismo constante con uno mismo que parece ser una de las notas marcantes de nuestro tiempo. Nadie está conforme consigo mismo de la manera como es. Estamos siempre queriendo ser diferentes de lo que somos.

Coincidentemente, en estos dias he comenzado a leer con especial atención un libro de mi madre Gita Lazarte, Caminando hacia el Ser. Y a reflexionar sobre lo que fueron las actitudes de Gita en su búsqueda de si misma. Una persona es en si misma indescifrable, no importa cuanto la conozcamos o creamos haberla conocido. Pero hay unas palabras claves que nos dicen todo o casi todo sobre esta persona. En el caso de Gita: Ser, autenticidad, jugar.

Obviamente: Presencia, que talvez resuma lo que de ella deberé aprender. Cuando una escritora es capaz de decir las cosas como son, de decirlas sin floreos ni bajo la presión de ideologías o de convicciones, es como si el ser fluyera. El Ser fluye en los escritos de Gita, de este su último libro. Un librito pequeño, en el que el manantial transparente de su vida y su presencia están para nosotros.

Las cosas que un escritor o una escritora nos dicen sin ningún tipo de mediación o de adaptación, sin ninguna clase de intención de convencer o de provocar algún efecto en los lectores o lectoras, tienen el mismo poder transformante que la presencia, los actos o actitudes de alguien. La presencia actúa sin intermediaciones.

Alguien nos toca por lo que es, no siempre por lo que dice o por cómo lo dice. Es lo que dice José Comblin en A força da palavra: que los monjes cristianos del desierto no creían que se pudiera llegar a Dios a través del intelecto, sino por la oración del corazón. La persona transformada en Palabra viva.