Viajando

Antes de viajar. Acontecen muchas cosas antes de viajar. Una de ellas, que los sentimientos empiezan a mezclarse. Creo que esto le debe pasar a todo el mundo. Uno siente ya la tierra que lo va a recibir, sobre todo si es la tierra de uno, la tierra donde uno nació. Hay una sensación sin igual en esto. Volver a la tierra de uno, al lugar donde viviste los primeros años de tu vida. El tiempo allí como que se ha detenido. Hay algo muy quieto allí esperándote. También ocurre que empiezas a añorar anticipadamente el lugar donde vives, tus amigos y amigas, las pequeñas rutinas. Las plantas florecidas del patio y del jardín del frente.

El rumor de los autos en la calle, la gente. De pronto te asimilas a ese flujo de gente que viaja, a esas salas de aeropuerto donde todo el mundo hace fila. Las funcionarias o funcionarios de las empresas aéreas que toman tus datos cuando vas a despachar el equipaje. Los funcionarios que te reciben el cartón de embarque. La gente atrás y adelante, a los lados. En los asientos, apretados. Los pasillos, los anuncios, las propagandas de la empresa aérea, los programas de millas. Lo  que sientes cuando ves que el avión empieza a correr por la pista. Las azafatas pasando de un lado a otro. La comida. La llegada. Las autoridades de migraciones. Documentos. Los aviones estacionados.

Los ómnibus que te van llevando. Los zaguanes. Los comercios de vitrinas iluminadas. Los productos, las mercaderías. La gente en los bares del aeropuerto. La espera. El nuevo embraque. Tantos embarques que ya parecen uno solo. Tantos desembarques. Tantas idas y vueltas que ya te parece que no has hecho otra cosa en tu vida. Los teléfonos públicos. La gente hablando, caminando como tú, los avisos de partidas en los letreros, las llegadas. Las montañas, al fin, a lo lejos. Los aguaribayes, el olor de las piedras y del viento. La nieve allá en lo alto, bien lejos, pero tan adentro tuyo. Llegando, partiendo. Partiendo, llegando. Las veredas, las acequias. La vieja casa. La historia, la memoria, viajando.