Un Dios más cerca

fotoCreo que uno puede compartir sus experiencias en la búsqueda de Dios, sin que esto pueda ser visto como petulancia.

En realidad, me parece que es un deber, compartir lo que uno pudo haber avanzado, una vez que, como seres humanos, continuamente estamos apoyándonos unos a los otros, para ir dando pasos hacia adelante, hacia una realización más plena y feliz de la vida, más justa, más amorosa.

Si uno entiende que vivir es estar siempre cosiendo con otras personas, errando y corrigiéndose para mejorar, no hay nada de malo en compartir lo que vamos aprendiendo, es más, es un deber.

Desde hace algún tiempo, probablemente como consecuencia de la convivencia con personas buscadoras de Dios, siento que Dios está más cerca.

Cosas que he ido aprendiendo con gente que vive ayudando a los demás, ayudándoles a creer en sí mismos, a confiar en sus propias potencialidades, a descubrir que juntos podemos más, que nadie es tan extraño que no tenga un lugar en la trama de la existencia.

Este proceso de aprendizaje comenzó cuando me jubilé de mi trabajo como docente universitario, y empecé a convivir con personas del medio popular, con enfermeras de salud mental comunitaria, y, en general, con profesionales de la salud y voluntarias de la acción social, entre ellas, hermanas y religiosos.

La alegría que fui viendo en toda esta gente, de a poco me fue contagiando. Fui saliendo de la depresión y el aislamiento, y encontrando una razón para vivir. El proceso fue lento y progresivo.

Fue como ir saliendo de un castillo de cristal, una prisión, en realidad. En este proceso de salida, fui volviendo a la poesía y a la literatura, sanándome de tanto intelectualismo enfermo y enfermante.

Había toda una vida más allá de las cercas de la ciudad universitaria. Todo un mundo de gente más simple, y también más solidaria. Esta convivencia (y aquí tengo que hacer un paréntesis) me fue trayendo de vuelta.

El paréntesis se refiere a cosas que ocurrieron en la Argentina a partir del 24 de marzo de 1976, y que provocaron mi salida del país, y, después supe, también del cuerpo.

Uno se va del cuerpo frente a lo que no puede soportar. Esto lo aprendí en un escrito del prof. Dr. Adalberto de Paula Barreto, creador de la Terapia Comunitaria, con quien fui aprendiendo muchas cosas.

El texto se llama “As dores da alma dos excluídos no Brasil”, y puede encontrarse en internet. Por la lectura de esos relatos, comprendí que a mí me había pasado lo mismo que a decenas de migrantes nordestinos con los cuales me encontré en São Paulo a mi llegada a Brasil, en 1977.

Nos habíamos ido del cuerpo, pero se podía regresar. Fui aprendiendo que hay una lectura muy humana del Evangelio y de la vida de Jesús. Que la religión puede ser el reencuentro con una vida más integrada, más solidaria, más unida.