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genteA veces uno se involucra en cosas con las cuales no tiene nada que ver. Se pone a criticar los actos ajenos, como si nos cupiera el papel de jueces. No hay duda de que hay hechos condenables. Pero si yo me pongo a condenar, me condeno.

Mi vida no puede ser, no es una condena. Yo soy una persona que ha nacido y renace constantemente. Sé que esto es fruto de un trabajo constante en mi interior y en la red de relaciones de que formo parte.

Pero estos días pasados me puse a querer criticar las actitudes de personas que en el presente o en el pasado, actuaron o actúan de maneras que no me agradan en absoluto. Eso no es lo mío, ya salí de ese lugar, por lo menos, espero que no me vuelva a poner en la actitud de quien quiere salvar al mundo.

Hay un solo mundo que puedo conformar a mi imagen y semejanza: es mi propio mundo, el lugar que soy yo mismo. Ese lugar es sagrado, es el terreno de mi construcción interna y personal, y también comunitaria y social, pues de ese centro emana como me relaciono conmigo mismo y con Dios, con las personas del círculo más próximo, de mi familia y amigos, y con las personas con quienes me voy encontrando por ahí en la vida.

En ese lugar que soy yo, desde ese lugar que soy yo, existe el mundo. Allí se crea mi mundo, el mundo que está en el mundo y el mundo en que soy yo mismo para mí mismo.

No hay nadie que pueda estar en mi lugar, sino yo mismo. Y si salgo de allí para tratar de corregir a los demás, queda vacío mi lugar y esto es malísimo: queda una sensación de abandono, de errancia, que substituye a la plenitud de estar en mi propio lugar, de ser lo que soy.

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