Resistencia humana

Nos ponen frente a cosas casi imposibles de cambiar: el estado y una estructura social que poco cambia o no cambia nada. Injusticia, opresión, persecuciones, violencia, exclusión social y muerte. Este es el menú de la llamada industria de la “información,” hoy centuplicada en su poder destructivo y manipulador de conciencias y comportamientos.

Nos roban la esperanza a fuerza de golpearnos diariamente, desde todos lados, poniéndonos en la cara la obscenidad de autoridades impunes en sus delitos.

He compartido y sigo compartiendo con mis compañeras y compañeros que están en la línea de frente de esta ardua batalla en defensa de los derechos humanos, sociales y laborales, la certeza de que es imprescindible seguir tratando de poner las cosas en su lugar. O sea: la vida en primer lugar. El amor y la justicia como valores rectores de la conducta.

La experiencia me ha enseñado, sin embargo, que frecuentemente las luchas para atacar los abusos del poder, acaban generando nuevos abusos por parte de quienes se autodenominan “libertadores (o libertadoras).”

Finalmente, izquierda y derecha siguen siendo dos lados del poder. Dos lados de la dominación. Más allá (y más acá) de estas esferas de lo tan distante y aparentemente tan poco modificable, están las esferas del trato cotidiano, la ardua tarea de vivir de manera consecuente con nuestra historia de vida, en vez de dejarnos llevar como manada de un lado a otro.

Me tocó aprender, y sigo tratando de mantener esta conciencia, que hay espacios que no pueden ser invadidos por abusadores o abusadoras de ningún tipo. Se trata del lugar de cada uno, cada una. La propia conciencia. Aquella honestidad simple que cultivamos cuando nos mantenemos insertos en nuestra historia familiar, en el tejido de las amistades, en la acción comunitaria.

Como ya tengo plena conciencia de estar viviendo más en la proximidad del ocaso, esa misma luz que ahora veo brillar con más intensidad, y que me vino iluminando desde el comienzo de mi vida, puedo decir lo que pienso con entera libertad. No tengo la menor intención de convencer ni de agradar, ni tampoco, de atacar aquello que de tan podrido, caerá tal vez por sí mismo.

Un orden injusto no se sostiene cuando le sacamos el apoyo que encontraba en nuestro corazón. Los miedos no pueden gobernar nuestros actos. La solidaridad no puede ser barrida del mapa. La conciencia no puede ser expropiada por la industria de imbecilización potenciada por la tecnología de la información.

El arte y la cultura tienen que seguir siendo bastiones inexpugnables en la lucha por rehacer la humanidad que viene siendo agredida sin piedad por el régimen dominante no sólo en Brasil, sino creo que en buena parte del mundo.