Renovando

fotoComo no tengo nada que hacer, me pongo a escribir. Voy viendo las letras que aparecen sobre la hoja. Esto me entretiene. Voy viendo lo que aparece. Una palabra. Una frase. Parágrafos. De pronto, es una hoja entera escrita, sin nada que decir.

Esto me agrada. Hay tanta felicidad en hacer cosas porque sí. Uno las hacía cuando era niño. Se ponía a andar de autito por el borde de la vereda. Un autito que andaba y andaba, iba y venía, porque sí, por el mero placer de jugar.

Escribir puede ser eso. Puede ser dejar que la palabra vaya viniendo. Uno se sorprende al ver lo que aparace. A veces son recuerdos. Otras, impresiones. Cosas que uno vio y le llamaron la atención.
Como la luz de la lámpara en medio del parral, allá al fondo de la casa. O las flores en el jardín, a la tarde. Rojas y amarillas. Rosadas. Uno deja que la palabra venga, y se sorprende al ver lo que viene.

Es una forma de desprogramarse, deprogramar el habla, la escucha. Uno escucha, pero afloja un poco el prejuicio. Escucha como quien es la primera vez que escucha a esa persona.

Y puede ser que haya escuchado eso mismo, de esa misma persona, un sinnúmero de veces. Entonces uno no se aburre. Todo te sorprende. En realidad todo es nuevo, todo va siendo nuevo de nuevo, una y otra vez.

Pero esto pasa a ser una realidad, si uno afloja un poco lo aprendido, lo que cree que ya sabe. También podemos divertirnos cambiando la manera de ver. Podemos ver lo que hemos visto siempre, con ojos nuevos.

El mismo edificio de enfrente, el mismo auto estacionado, la misma vereda. La misma pero no la misma. La misma pero diferente. Hoy me pasó, cuando salí a comprar un libro en el kiosko de la esquina.

Sentí algo nuevo, nuevo y como siempre. Es raro, pero es así. Me dejé llevar por la vereda, bajando hacia la calle que me lleva hasta la avenida donde está el kiosko. Debo haber pasado millares de veces por esas mismas veredas.

Pero las casas del otro lado de la calle, la escuela donde la gente votaba. El cruce del semáforo, en dirección a la cuadra de la panadería, ya casi llegando a la esquina donde está el kiosko, todo esto, me daba la impresión de que era la primera vez que lo veía.

Era y no era nuevo. Era conocido y desconocido, al mismo tiempo. La vida es así, es rara, gracias a Dios. Así el domingo fué pasando, como una película nueva que ya hemos visto muchas veces.