Reinventar la vida

Señor, dale a tu siervo un corazón que ame,” dice el salmo.

Si yo fracasara, si fuera incapaz de amar, habría perdido todo. El amor es más que un sentimiento. Es más que sensación, deseo y placer. Es todo esto, y más, mucho más. Es la propia substancia de la vida y del universo.

Lo que me llama la atención, es que aprender a amar es una tarea continua, infinita. Se va abriendo un campo cada vez más vasto y sorprendente. La rutina y los hábitos, lo que yo creía saber, se van quedando un poco de lado, para que emerja algo nuevo.

Es muy reconfortante que así sea, ya que con el pasar de los años, de pronto podría parecer que lo mejor quedó atrás. Al contrario, lo mejor es esto, es estar abierto a lo que me sorprende a cada momento.

Está la programación, lo proyectado, pero también está lo que irrumpe, lo que renueva, lo que viene con una fuerza arrasadora y reinstala la vida en toda su plenitud. Ambas cosas coexisten. Es una interacción continua.

Pero a menos que mi atención y mi intención, mi foco, estén en la renovación, habrá una tendencia a que todo se sumerja en una especie de apatía y cansancio, una especie de abandono más o menos explícito. La vida debe ser reinventada, dice la poeta brasileña Cecília Meireles. ¡Que así sea! ¡Que seamos capaces de reinaugurarnos a cada instante! No importan los años que hayan pasado. No importa tanto el pasado, sino lo que brota del pasado. Esto que está aquí.

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