Recuerdos

El año de 1984, recibí de manos de uno de mis alumnos de los cursos nocturnos que yo dictaba en la Escola de Sociologia e Política de São Paulo, un libro que se llama “En busca de un hombre sensible,” de Anaïs Nin. Una de las razones que la escritora da para el escribir, es: escribo para tener un lugar donde vivir.

Desde entonces y hasta ahora y aún antes, yo ya practicaba ese intento repetido. Escribía. Escribía en las paredes, escribía en cuadernos, leía, que es una manera de escribir.

No importa tanto (e importa mucho, sí) lo que escriba, pero que no deje de hacerlo. Es una manera de continuar respirando. Es ocupar mi lugar.

Es seguir extendiendo puentes hacia el mundo alrededor y hacia atrás, hacia mi pasado, hacia la historia y la memoria.

Hoy perpetúo este ritual vital, esencial, necesario. Leer escribir para ser. Para ser yo, cada vez más yo. Para estar cada vez más presente, más integrado en la historia de la humanidad.

Para disfrutar cada vez más del instante, para ser cada vez más feliz. Crepuscularmente. Caleidoscópicamente. Mandálicamente.