Radiografía de un despertar

Empieza el día. Estoy vivo y respiro.

Uno hace su propio tiempo. Yo soy feliz si estoy en mi lugar, y esto ocurre cuando escribo, y también cuando ando por ahí por el mundo, ya que he ido haciendo del mundo mi lugar. He ido haciendo mi mundo. Hago mío el mundo. Ahora pasa la moto del guarda nocturno. Las luciérnagas en el aire.

La jornada de ayer, con la reunión de moradores del condominio. Jugamos al metegol. Nos reímos. Bailé. Escribiré hasta que venga el sol, hasta que la luz del día se muestre en el cielo. ¡Cuántas personas me han estimulado para que escribiera!

No estoy tratando de escribir un texto coherente, a pesar del título, o de la primera frase. Lo que quiero es agarrar lo que ayer me vino: esto de que después de escribir, el tiempo es mío, ahora ya soy yo, y todo es posible. Esto es una revolución, sin fusiles y sin bombas.

Simplemente ser yo mismo, algo tan simple, y que sin embargo da tanto trabajo. Pero puede ser, y es, si uno le dedica tempo y empeño. Diría los nombres de cada uma de las personas que me han hecho saber que esto es lo mío, que soy un escritor, alguien que va siendo a medida que escribe. Alguien que es lo que escribe.

Son personas de la familia, muy próximas. Mi hermano Leo, mi esposa María. Mi hermano Arturo me ayudó a saber que soy un colorista, un pintor, y esto se vino juntando con lo de escribir. Vino siendo una sola y la misma cosa, y ahora es ya, sí, una sola y la misma cosa.

No es por casualidad que esto esté siendo dicho ahora que empieza octubre. Uno nace en algún momento, y a mí me tocó llegar en octubre, y en octubre sigo llegando, seguiré llegando. No hay mejor sensación que esta que estoy compartiendo ahora.

Nombraré también a mis amigos Graciela Maturo y Alder Calado. Al Padre José Comblin y Dom Antonio Fragoso (in memoriam). Tengo motivos muy claros y precisos para recordar y agradecer a cada uma de estas personas tan queridas.

Mencionaré también a mis hijos e hijas, Carol, Leo, Rodrigo y Natalia. Cada uno de ellos es un lugar muy especial en mi vida. Un sonido específico. Una canción que llegó y ahora escucho interna y também a veces externamente. Encontrar el sentido de la vida es lo que más me importa.

Y poder hacerlo a través de un acto tan simple y placentero como el escribir, me llena de alegría y satisfacción. Ya los pájaros comienzan a cantar, anunciando el día que va llegando. Como dije antes, seguiré escribiendo hasta que esto ocurra.

Quiero agradecer especialmente a Gustavo Barreto, creador de la revista Consciência, con quien hemos mantenido una relación de trabajo larga y fecunda. Agradezco también a Adalberto Barreto, creador de la Terapia Comunitaria Integrativa, un espacio de descubrimiento y reconstrucción de la persona humana y la comunidad.

Aquí es donde se fue dando y se sigue dando el milagro del renacer. En ese tejido tenue y tan fuerte que son los vínculos solidarios. Saber que lo que nos hace sufrir no son los acontecimientos, sino la idea que nos hacemos sobre los mismos.

Podemos ir accediendo a la inmortalidad, en la medida en que vamos recuperando la noción de nuestro propio ser. Un niño no tiene noción de la muerte, ni vive con miedo. Cuando ese niño que soy vuelve a estar en el comando de mi vida, el amanecer es permanente. Nace un nuevo sol a cada momento.

Volvió la vida, vuelve la vida constantemente, y solamente nos pide un pequeño trabajo continuado: que no nos olvidemos de nosotros mismos. Cuando nos queremos de verdad, vamos adentrándonos en la eternidad. El amor es ese algo que no muere, ¿no es cierto?

Entonces no es tan difícil. Darnos las manos, mirar hacia nuestro interior y ver allí lo que es más valioso. Sabernos una semilla que nació y creció, y que sigue naciendo a cada instante. Crecer comunitariamente. Hacer nido en todo lo que vamos viendo y viviendo. Así de simple.

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