¿Qué es la verdad?

INTRODUCCIÓN

“La verdad, Pilatos, es estar al lado de los pobres” – escribió Emmanuel Mounier. La verdad es muy simple. Hubo un tiempo en que eso era reconocido. Hoy ella fue rechazada, y volvemos a los problemas artificiales de los intelectuales.

Los problemas teológicos de hoy tienen relación con el conjunto de la teología considerada en su metodología, en su modo de pensar y en sus modalidades de expresión. La teología académica, que todavía prevalece, sigue un esquema que viene de la Edad Media. Ella se inspira en la filosofía griega. Pretende enunciar en fórmulas racionales, lógicamente conectadas, “la verdad”. Es justamente esa pretensión lo que el pensamiento contemporáneo y las otras religiones no pueden aceptar.

La teología griega exalta el valor de los conceptos los cuales se afirma que describen la realidad. En la realidad, los conceptos solamente describen o representan algunas porciones de realidad, correspondiendo a experiencias parciales y cuidadosamente delimitadas, separadas de otras experiencias. El concepto encuentra su utilidad en la ciencia. Quisieron hacer de la teología una ciencia. Esa posición es cuestionada hoy. Es preciso renunciar al proyecto de definir “la verdad”. Lo que nos es permitido es buscar caminos que conducen a la verdad, o por lo menos a una aproximación a la verdad. En esos caminos todas las religiones y todas las filosofías pueden proporcionar su contribución.

Por eso la cuestión fundamental de la teología hoy es: ¿qué puede ser una teología? ¿Cuáles pueden ser sus pretensiones y cuál debe ser su metodología, una vez superado el monopolio de la filosofía griega?

1. EL ANUNCIO DE LA VERDAD

Pilatos le preguntó a Jesús: ¿“Qué es la verdad”? (Jn 18,38). Jesús no respondió, porque Pilatos no estaba interesado en saber qué era la verdad.

A los discípulos, Jesús sí les dijo lo que es la verdad. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), En esa declaración de Jesús, la “verdad” está colocada en el medio entre el “camino” y la “vida”. Camino, verdad y vida forman una sola realidad, y cada palabra expresa un aspecto de esa realidad única. La verdad es el camino que lleva a la vida. Jesús dice que él es el verdadero camino, el camino que no engaña, sino conduce a la verdadera vida. La verdad aparece en el camino, ella está siendo buscada y esa búsqueda ya es vida, entrada en la vida. De ahí aparece claramente que la verdad no se reduce a doctrinas o teorías. La “verdad” quiere decir “realidad”, lo que realmente existe y da vida. No estamos en el orden de las ideas sino en el orden de la vida real de las personas. Jesús es quien da realidad a la vida humana. Esa realidad no es de orden puramente intelectual. La persona puede hasta no conocer el nombre de Jesús, pero si ella sigue el camino de Jesús, está en la verdad.

Jesús explica: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). El “camino” es don del Padre, y por eso solamente puede llevar a la vida. La vida es don del Padre. Esta es la verdad, la verdadera realidad de nuestra existencia, la razón que explica nuestra presencia aquí en la tierra.

Ahora bien, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús son vistos por el cuarto evangelio como un gran debate, un gran proceso, o, como dice el texto, un “juicio” entre dos contendores. Por un lado están todas las autoridades de Israel, todo el poder del judaísmo que se opone a Jesús, y, por otro, está Jesús completamente solo enfrentando a las autoridades, él que no tiene ningún poder humano.

Por un lado está la verdad y, por otro, la mentira. El adversario de la verdad no es la ignorancia o el error, sino la mentira. Jesús no viene para combatir la ignorancia o disipar el error, sino para denunciar y combatir la mentira. Por eso la afirmación de la verdad es un combate, toda vez que la mentira domina en este mundo. La mentira engaña a los pueblos y, por eso, nada se consigue sin luchar contra ella. Si la tarea fuese solo instruir a los ignorantes sería fácil. El desafío es la necesidad de descubrir, denunciar y destruir la mentira que predomina en este mundo.

La mentira enseña un falso camino que lleva a la muerte. Ella promete la vida, pero lleva a la muerte. Ella quiere tomar las apariencias de la verdad, pero es engañosa y Jesús viene justamente para desenmascarar el juego de la mentira, y mostrar el peligro: quien se deja seducir por la mentira, se condena a muerte, pierde la vida, desde ya en esta tierra y para siempre.

Jesús denuncia a las autoridades de su pueblo acusándolas de ser mentirosas. No se trata de algunas mentiras aisladas, mas son mentirosas en todo lo que dicen – el sistema religioso de ellas es todo mentira. La mentira abarca la totalidad de la religión que ellas dirigen. Jesús atribuye esa mentira al diablo. Le dice a las autoridades que ellas son hijas del diablo y expresan las mentiras de su padre, que es el diablo: “El padre de ustedes es el diablo, y ustedes quieren realizar el deseo del padre de ustedes. Desde el comienzo él es asesino y nunca estuvo con la verdad, porque en él no existe verdad. Cuando él dice mentiras habla de lo que es de él es, porque él es mentiroso y padre de la mentira. Yo hablo la verdad y por eso ustedes no creen en mi” (Jn. 8,44-45).

Las autoridades de Israel no creen en Jesús justamente porque él habla la verdad. No es por ignorancia o por error, sino porque la vida de ellas está toda orientada para la mentira y para la muerte. La señal de eso es que quieren matar a Jesús (cf. Jn 8,37).

Las autoridades de Israel están convencidas de que poseen la verdad y que Jesús está loco, porque las acusa de mentira. Sin embargo, Jesús denuncia esa falsa convicción como mentira. Tales autoridades dicen que enseñan la verdad, pero esa es la mayor mentira. Están mintiendo porque, en realidad, ellas anuncian la mentira y la muerte.

Jesús no acusa a las conciencias individuales de cada una de esas autoridades, constituidas por sacerdotes, ancianos y doctores. Jesús denuncia y ataca el sistema religioso de ellos – todo el sistema formado por el templo , con el sacerdocio y los sacrificios, el sistema moral y el dominio que las autoridades ejercen sobre los pequeños, imponiéndoles un yugo insoportable. A todo eso san Pablo lo llamará “ley”. Jesús vino para denunciar la ley que aquellas autoridades de Israel inventaron adulterando la verdadera ley de Dios. Jesús denuncia apasionadamente esa mentira porque sabe que el camino de esas autoridades conduce a la muerte. Esa muerte ya es visible en el estado de opresión en que están los pobres de Israel, lo que es la señal de la muerte definitiva. El sistema de las autoridades lleva a los pobres a la desesperación, haciéndolos caer en la peor ilusión, porque ellos, que se creen en la vida, en realidad están en la muerte.

Es bueno saber que evangelizar no es solo enseñar, comunicar una noticia que será bien recibida por todos. La verdad de Jesús encuentra una resistencia terrible. Si una predicación no encuentra resistencia, es poco probable que sea de Jesús. Jesús no vino para agradar, sino para salvar a la humanidad del reino de la mentira. La buena noticia es una denuncia, un desmentido. Ella desenmascara el sistema religioso dominante, denuncia las falsas “buenas noticias”. El evangelio de Jesús es la denuncia de los falsos evangelios que engañan al pueblo.

Es bueno saber también que la mentira puede estar en la religión, en un sistema religioso que falsifica el mensaje de Dios. Las autoridades de Israel invocan a Abraham y Moisés, dicen que trasmiten las enseñanzas de Dios, pero en la realidad ellas las deforman totalmente hasta el punto de enseñar lo contrario de aquello que Dios realmente enseñó. Jesús no denunció ni atacó a los ateos y a los paganos ni siquiera a Pilatos, porque ellos podían estar en el error, pero no en la mentira – no deformaban el verdadero mensaje de Dios – no atribuían a Dios lo opuesto de aquello que él había enseñado. La mentira estaba en el sistema religioso, que se decía defensor del Dios de la Biblia y no en el ateismo ni en las otras religiones.

No nos olvidemos que las palabras de Jesús tienen un valor permanente. Ellas no fueron dichas solamente para los oyentes de aquel tiempo, sino que revelan situaciones permanentes y ofrecen orientaciones para cada época de la historia. Eso quiere decir que el debate, la lucha entre la verdad y la mentira, continúan. La mentira está en el sistema religioso que se desvía del verdadero mensaje de Dios. La verdad solamente vence después de un largo combate. Ya no se trata mas del templo de Jerusalén, sino que debe haber otras realizaciones históricas de la misma lucha que Jesús sostuvo con sus adversarios.

¿Cómo podemos conocer la verdad? Jesús explica: “Si ustedes guardaren mi palabra, ustedes de hecho serán mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad os liberará” (Jn 8,31-32). Ser discípulo o conocer la verdad es la misma cosa. ¿Cuál es la palabra de Jesús? Ella es muy simple. La palabra de Jesús es su mandamiento y su mandamiento es simple: “Yo doy a ustedes un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Si ustedes tuvieran amor los unos para con los otros, todos reconocerán que ustedes son mis discípulos” (Jn.13,34-35). No se reconoce el discípulo por el hecho de que él sabe repetir lo que enseñó el maestro – como hacían los doctores de la ley. Sin embargo, todos pueden reconocer cuáles son los discípulos de Jesús por el amor que practican.

Las palabras de Jesús son el mandamiento de amarse los unos a los otros. Si alguien practica ese mandamiento, conoce la verdad. El discurso no basta para conocer. La lectura de la Biblia no basta. El conocimiento del catecismo y de toda la teología no basta. Para conocer realmente es preciso amar. El amor no es puramente acción. El contiene un conocimiento. Hay un conocimiento que no se comunica que no se trasmite de una persona a otra, siendo puramente personal. Cada uno necesita practicar el amor, si quiere saber lo que es la verdad. Cada uno debe hacer la experiencia. No se puede amar en lugar de otro, tampoco se puede conocer en lugar de otro y comunicar ese conocimiento.

Es bueno saber que los catequistas no pueden comunicar la verdad – no pueden comunicar a otra persona el conocimiento de la verdad. Tampoco los predicadores ni los teólogos pueden hacer eso. Pueden comunicar discursos humanos sobre Jesús, pero eso no torna conocida la verdad. Cada persona debe hacer esa experiencia, que solamente se consigue en el amor a los otros. Catequistas, predicadores y teólogos pueden suministrar elementos de reflexión como, por ejemplo, los evangelios; pueden trasmitir su propio conocimiento o colocar a los oyentes en condiciones favorables para que puedan hacer la experiencia del amor, pero deben dar a conocer que ellos no pueden hacer más que esto: convidar a los oyentes a entrar en el camino del amor.

La verdad puede no estar en la religión. Jesús declara solemnemente a la samaritana que la verdad es diferente. La verdadera adoración a Dios, el verdadero culto no es religioso: “Mujer cree en mí. Está llegando la hora en que no adorarán al Padre, ni sobre esta montaña ni en Jerusalén. Está llegando la hora, y es ahora, en que los verdaderos adoradores van a adorar al Padre en espíritu y verdad. Pues Dios es espíritu, y aquellos que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad” (Jn. 4, 21-24).

El Espíritu sopla donde quiere, en cualquier lugar, no está limitado a un sistema religioso (cf. Jn. 3,8). De la misma manera, la verdad se realiza en cualquier lugar. La verdad es el amor al otro y este amor se realiza en cualquier lugar del mundo, en cualquier momento. El verdadero culto se realiza en la vida común y en las relaciones humanas de cada día. Pasamos del registro de una religión separada de la vida habitual una religión de lo sagrado, a una religión de lo profano, dentro de los actos de la vida de cada día. No se trata de agregar actos religiosos o símbolos religiosos a los actos de cada día, ya que los actos de amor revelan la verdad y manifiestan, al mismo tiempo, dónde está la verdad. Ellos son la verdad porque en ellos está realmente la vida – y ellos son el camino. Quien sigue el camino de Jesús, está consciente de que vive la verdadera vida, y, por consiguiente, conoce la verdad. Está caminando en la verdadera realidad de la vida.

Eso no excluye que se practiquen actos religiosos o que se multipliquen símbolos religiosos. La religión puede tener un valor pedagógico, así como San Pablo habla de la ley como pedagogo (cf. Gl. 3.24-25). La religión debe transformarse para constituirse en pedagogía, pero debe evitar la tentación de engañarse pensando que ella es la verdad, el camino y la vida. La religión puede ser también la gran ilusión e incluso la gran mentira, cuando es usada para que la persona se sienta aprobada legitimada, justificada, así como aconteció con los fariseos del evangelio. Para ellos la religión fue el gran obstáculo, porque impedía que se abriesen al conocimiento de la verdad. Creían que su religión era la salvación del ser humano y del pueblo. Ahora bien, esa era la gran ilusión y la gran mentira, pues, en lugar de “conducir a Cristo” (Gl. 3,24), esa religión apartaba de él.

En Jesús, la verdad aparece con evidencia y claridad, inconfundiblemente. La persona puede pasar todavía por tiempos de duda o preocupación en virtud de la debilidad humana, pero no va a perder, incluso en la oscuridad de la noche, la luz de la verdad. Jesús usa la palabra “ver”, para definir ese conocimiento. Pues es un conocimiento directo e inmediato, claro, intuitivo, que no precisa ni de pruebas ni de confirmación.

“Nadie nunca vio a Dios” (Jn.1,18). Jesús se refiere allí a los tiempos anteriores a su llegada. Hasta la venida de Jesús, nadie vio a Dios. De la misma manera Juan repite en su carta: “Nadie nunca vio a Dios” (1 Jn. 4,12).

Pero ahora, “si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Desde ahora ustedes lo conocen y ya lo vieron” (Jn. 14,7). Ahora llegó la hora del ver. Esa visión está incluida en la visión de Jesús resucitado. “Cuando ustedes vuelvan a verme estarán alegres… En ese día ustedes no me harán más preguntas” (Jn. 16,22-23). “Dentro de poco, el mundo no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo, y ustedes también vivirán. Ese día ustedes conocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí, y yo en ustedes” (Jn. 14,19-20).

Conocer la verdad, ver a Dios o ver a Jesús resucitado son sinónimos. No se trata de un modo de conocimiento de la vida cotidiana – conocimiento sensible o intelectual. Se trata de una forma de conocimiento que no tiene equivalente en nuestra experiencia común. Por eso, ese conocimiento no es accesible a todos, sino solamente para aquellos que viven realmente, o sea, que practican el mandamiento del amor.

No adelanta discutir o buscar convencer. Una persona ve o no ve. No adelanta forzar a alguien que no puede ver a ver. Solamente puede ver quien está en el camino de Jesús por el amor. Los demás no pueden percibir nada y solamente pueden explicar la visión de los otros como ilusión o locura. Ver la verdad no es como ver un objeto, o “ver” un raciocinio. Es un ver que envuelve a la persona toda, a la vida entera. No es una visión que se contempla un momento para pasar a otro objeto. Es una visión que acompaña a la vida. Ella no es exclusiva de otra visión. Al mismo tiempo la gente puede observar muchísimas cosas, conservando en el fondo ese conocimiento básico de la vida como conjunto.

En los capítulos siguientes vamos a procurar entender mejor cómo esas palabras de Jesús se aplican en nuestro mundo actual y en nuestra vida personal.

2. VERDAD, ¿SOBRE QUÉ?

En la verdad de Jesús aprendemos en primer lugar, la verdad sobre nosotros mismos – la verdad sobre mí, mi vida, mi destino, mi camino. En la verdad de Jesús, estoy viendo mi camino
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Conocerse a sí mismos fue la preocupación de los sabios de todos los pueblos. Es verdad que, a pesar de los sabios, muchos se conformaron con la ignorancia. Creyeron que la cuestión sobre el sentido de nuestra vida quedaría siempre sin respuesta, y que no había motivo para preocuparse de eso. Decidieron que no había respuesta ni verdad. Por eso ellos se contentaron en convivir día tras día, sin hacerse tal pregunta, dejando pasar el tiempo y haciendo lo que estaba a su alcance. Vivieron sin inquietud. Otros, sin embargo, no se contentaron con esa filosofía de baja categoría y se quedaron preocupados.

Muchos buscaron la respuesta en su religión, y ya que hay gran número de religiones, también hay una gran variedad de expresiones de esa finalidad de la vida humana. Esa adhesión a la respuesta de una religión significa que el individuo se somete a una doctrina colectiva, identificándose con la doctrina enseñada por la costumbre, por la tradición, sin cuestionar. Es verdad que algunos cuestionan la religión tradicional y buscan, más allá de las doctrinas recibidas, algo más personal, creyendo que siendo más personal la respuesta será también más profunda Todas las religiones tuvieron sus tentativas de reformas, de profundización, después de una crítica a las tradiciones que se volvieron muertas. ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo en este mundo? ¿Por qué estoy en esta existencia con una conciencia que no sabe por qué existe?

Hay muchas semejanzas entre la verdad de Jesús y esas sabidurías –como no podía dejar de ser. Jesús no sería hombre si no tuviese profundas semejanzas con esos sabios. El pertenece a una larga serie de generaciones y hace experiencias humanas semejantes a las experiencias de ellos, habiendo recibido la herencia de todas esas experiencias acumuladas durante milenios.

La verdad sobre el ser humano está en Jesús, esto es, en su manera de vivir la vida humana. Hay en esa vida humana de Jesús algo nuevo. Lo nuevo es que Jesús se ve y se conoce como una persona que va a cambiar el mundo. Él es, en sí mismo, la encarnación de la esperanza. Sabe que, por medio de él, la humanidad va a cambiar, liberarse, salir del mal y ser diferente- no solamente en un cielo distante, sino ya en esta tierra. Sabe que él está haciendo eso y puede hacer eso. Para nosotros el mensaje de él es el mismo: “usted puede”, “usted es capaz”. Sabe que la mayor flaqueza de los seres humanos es la falta de fe en sí mismos. Pero Jesús sabe que el Espíritu es dado, aumentando sin límites la posibilidad humana. Cada hombre y cada mujer son llamados a transformar el mundo- porque son capaces de transformar el mundo. Si no fuesen capaces, la vocación serviría solamente para culpabilizar. Sin embargo, hombres y mujeres son hechos capaces de transformarse a sÍ mismos en primer lugar, para poder transformar el mundo. Cada uno se ve como agente activo creando un mundo nuevo.

Las apariencias son contrarias y parecen mostrar que todo eso es ilusión y que la sabiduría consiste en descubrir que todo es ilusión. Pero la verdad es diferente. Jesús afirma que no es ilusión y que cada uno, por más débil, por más bajo, por más pecador que sea, es capaz de transformar el mundo, comenzando con aquella parte del mundo que está a su alcance. El discípulo de Jesús no trata a otro ser humano como pecador. Jesús no trata a ninguno como pecador, como si la condición de él fuese ser pecador; y, por eso, él no denuncia a los pecadores. A los pecadores, él dice que podrán cambiar, liberarse y amar, entrando en la caminata del pueblo de Dios y construyendo un mundo nuevo. Él hace lo contrario de los fariseos y de los doctores de la ley, que son personas que condenan en nombre de la ley. Jesús mira para el futuro con una inmensa esperanza porque ve una marcha de hombres y mujeres caminando hacia un mundo nuevo, o, diciendo mejor, creando un mundo nuevo. Los doctores condenan a las prostitutas y a los pecadores, mas Jesús percibe que ellas y ellos están en la línea del frente en la marcha de su reino.

Muchas sabidurías aceptan que el mundo y la humanidad no cambian: “Nihil novi sub sole”. (Nada nuevo bajo el sol). Los poderosos no quieren que el mundo cambie porque temen que cualquier cambio pueda poner en peligro sus privilegios. Los débiles no creen en un posible cambio, porque solamente ven su debilidad. Para ellos, los sabios, en ese caso, serían los que aprenden a conformarse con esa situación, procurando la mejor vida dentro de un mundo lleno de males, pero que no cambia. A su vez, Jesús desmiente esas “sabidurías” muy cortas y anuncia el cambio, y por eso la primera disposición de los discípulos es la alegría – que ni el martirio consigue abatir -, porque ellos se sienten libres de la desesperación, del conformismo, del desánimo y del sentimiento de incapacidad.

Es verdad que durante la historia de la cristiandad muchos miembros de la jerarquía y muchos predicadores volvieron al mensaje de los doctores de la ley o de las sabidurías tradicionales. Se hicieron denunciadores de los pecados, elaboraron una pastoral del pecado y del miedo a los castigos. Hicieron de la vida humana lo opuesto de aquello que Jesús quería: culpabilizaron en lugar de alegrar, amenazaron en lugar de contar con la fuerza del Espíritu. De esa manera procuraron apoyo en un tradicional sentimiento de culpa que está presente en todos los pueblos.

Jesús vino a emancipar de ese sentimiento de culpa y a liberar a los hombres y a las mujeres del desánimo que se alimenta con una conciencia de pecadores. La conciencia cristiana es de quien se está liberando y liberando a otros de toda culpa. Es la conciencia de alguien que comienza una vida nueva. Debido a la predicación legalista, hecha durante siglos, la Iglesia adquirió la fama de ser profesora de moral, jueza severa, mensajera de resignación y sumisión – en lugar de ser mensajera de transformación y de libertad. El actual retroceso de la Iglesia en los países de la cristiandad – también en América latina – no tiene otra motivación. Si la Iglesia hace lo contrario de lo que es propio de su vocación y se contenta con repetir una falsa sabiduría de moralismo y de desilusión, no puede tener futuro.

Jesús dice: “¡Amarás a Dios y a tu prójimo!”. Muchos entendieron eso en el sentido de una ley: “Usted debe amar a Dios y al prójimo”. ¿Cómo es que se puede amar por obediencia, forzado por una ley? Nadie puede amar a Dios por deber. Enunciada en esa forma, la palabra de Jesús solamente puede despertar un sentimiento de culpa: “Yo tengo la culpa porque no fui capaz”. Jesús decía eso en el sentido de una promesa: “Usted será capaz de amar a Dios y al prójimo”. El responde a un sentimiento de debilidad e impotencia. El quiere convencer a los discípulos de su capacidad, a pesar del sentimiento de ser incapaces, débiles y pecadores. Esa capacidad es una caminata, ella va creciendo y cada uno tiene su ritmo, pero cada uno debe convencerse de que es capaz.

Jesús dice: “¡Bienaventurados los pobres porque el reino de Dios les pertenece! ¡Bienaventurados vosotros que ahora tenéis hambre porque seréis saciados! ¡Bienaventurados ustedes que ahora lloran, porque han de reír!…” (Lc. 6,20-21). Explicaron esas bienaventuranzas como siendo palabras de consuelo: ”Consolaos vosotros, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece – ¡en el cielo! ¡Bienaventurados los que tienen hambre, porque serán saciados – ¡en el cielo!…”. Sería como una recompensa o un consuelo por la paciencia que tuvieron en la tierra. Eso fue repetido durante siglos, hasta el momento en que los trabajadores y los pobres del mundo se rebelaron y perdieron la confianza en los predicadores.

Sin embargo, Jesús quiso decir: “¡Levántense los pobres! ¡En marcha! ¡Vosotros vais a realizar el reino de Dios! ¡Levántense los que tienen hambre! ¡En marcha! ¡Vayan a conquistar la comida! ¡Levántense los que lloran! ¡En marcha! ¡Viene el momento en que vosotros vais a reír!”. Con eso Jesús quería darles ánimo a los pobres, movilizar sus fuerzas, darles coraje frente a la falta de esperanza. ¡No quiso aconsejar a los pobres el quedar esperando que del cielo les viniese un cambio sin que ellos tuviesen nada que hacer, como si la pobreza fuera en si misma una virtud que Dios fuera a recompensar! Esa fue la interpretación de las elites sociales, de los privilegiados – y muchas veces una expresiva parcela del clero simplemente repitió la interpretación de los poderosos, haciéndose portavoz de los privilegiados, consiguiendo la pasividad de los pobres por razones religiosas. Ese fue el gran escándalo de la historia. El mensaje que debía levantar el ánimo de los pobres fue desviado y sirvió para mantenerlos en la pasividad. Les enseñaron a conformarse con su pobreza, en lugar de convocarlos para luchar contra esa pobreza. ¡Fue la gran traición de los clérigos! Desgraciadamente esa traición todavía continúa en muchos lugares que cultivan la antigua cristiandad.

Esa transformación del mundo es la conquista de la libertad y ya es ejercicio de libertad, pues la libertad consiste en construir la vida y así construirse a sí mismo y construir la sociedad humana. Libertad no consiste en ser hecho por otros, sino en ser hecho por sí mismo. Libertad no quiere decir poder hacer cualquier cosa, de acuerdo con la espontaneidad de los deseos, mas es actuar para construir, edificar la vida dentro de la marcha del reino de Dios, toda vez que nadie se libera solitario. Nadie se libera encerrándose en sí mismo y defendiéndose de los otros. Dios es libre porque crea: no tiene miedo de dar existencia a otros, incluso sabiendo que pueden abusar de esa libertad. De la misma manera la libertad de cada uno supone la participación en los movimientos globales de liberación. Una persona no se libera sola, mas se libera liberando a otros – aunque sea dentro de los límites que estuvieren a su alcance.

Lo que se revela en Jesús es la libertad de un ser humano. Abierto y disponible no está limitado por los deseos personales, mas está siempre al servicio de la liberación de su pueblo. Está libre en relación a todos los poderes porque no teme a ninguno de ellos y no se deja intimidar por los poderosos – como es tan habitual entre nosotros.

Jesús muestra que la libertad es un combate. Por ser libre él tiene que enfrentar la mentira – y la mentira torna esclava a la persona. Los judíos dicen a Jesús que nunca fueron esclavos porque son hijos de Abraham, pero Jesús les muestra que no son hijos de Abraham porque son esclavos del diablo – quieren la muerte de la verdad y de aquel que expresa y encarna la verdad. Defienden su mentira hasta el punto de matar. Por eso Jesús enfrenta y no huye ante la necesidad de luchar – como hacen tantos en la institución que se identifica con Jesús y con la Iglesia de Dios. En la presencia del diablo, huyen. En la presencia de los ricos y poderosos, para no tener que enfrentar, huyen. Muestran así que no son libres. Pues la libertad se conquista en el combate contra la mentira.

La verdad del ser humano está en la conquista de la libertad, en la capacidad de amar para construir una nueva humanidad. Esa es la verdad que se puede ver en Jesús Para muchos, el descubrimiento de Jesús es un completo vuelco personal, porque se pasa del sentimiento de inseguridad a un sentimiento de seguridad, del sentimiento de oscuridad al sentimiento de luminosidad. De repente aparece la luz y la luz genera la esperanza. El mundo todavía está allí con todos sus males. Los otros todavía están allí con todas las formas de agresividad y con todas las resistencias de la mentira. Pero la esperanza nació y se inició una marcha, una caminata en que se envuelve un número cada vez mayor de personas.

Quien está en la lucha por la libertad, sabe que está en la verdad. No precisa de argumentos, razonamientos o pruebas. Sabe que ese es el único camino y que, en ese camino, realiza su mayor perfección, y se torna realmente humano. No es voluntarismo, no es intuición, es una certeza que está presente en el fondo del ser. También nadie puede dar a otros la demostración de su certeza. Nadie puede comunicar esa certeza, pues cada uno debe hacer personalmente la experiencia de la caminata para saber dónde está su verdad.

2. En Jesús queda clara la verdad sobre Dios. Jesús no hizo ningún discurso sobre el Padre, pero afirmó la identidad entre él y el Padre. Quien lo ve, ve al Padre. No se trata de un ver semejante a la visión sensible o imaginaria. No se conoce a Dios por las imágenes, por las palabras y, menos aun, por las teologías. La teología es teología y nada más – discurso humano sobre Dios, pero no es conocimiento de Dios. Por eso un ateo puede tener más conocimiento de Dios que un religioso. No importan las palabras.

Dios es la referencia suprema, la luz que todo ilumina, el fondo de toda realidad. Los nombres tienden a engañar, es preciso relativizarlos siempre. En lugar de Dios la inteligencia humana tiende a quedar apegada a las palabras que pretenden hablar sobre Dios. Las palabras forman parte de un sistema religioso, y las palabras que expresan a Dios son las más características de ese sistema, pudiendo de cierto modo simbolizar el sistema entero. Sin embargo, no van más allá del sistema.

Por eso los hebreos habían decidido no dar nombre a Dios. Sustituyen el nombre de Dios por la palabra Javé, que significa “aquí estoy”, “yo estoy” o “yo soy”. Cualquier nombre tiende a definir, catalogar y, por consiguiente, reducir a Dios a algunos atributos. Pero la fuente del ser está más allá de cualquier categoría, de cualquier designación. Decir que él es, continúa estando demás porque ya es una comparación con los objetos que conocemos, y él no es como esos objetos son.

Ver a Dios es ver la fuerza de la propia existencia. Yo existo, mi existencia es fuerte, real, y no ilusoria si tiene fundamento en un existente fuerte, si soy emanación de una realidad muy real. Por consiguiente, mi existencia tiene sentido y valor, tiene fuerza de realidad. Vale la pena vivir plenamente esa existencia si ella tiene un fundamento fuerte. Vale la pena luchar por más y por mejor vida. Si la conciencia de ese ser originario disminuye o se altera, el valor de mi vida disminuye. Es el caso de tantos seres humanos que viven muy debajo de su capacidad. Eso puede ser verificado incluso en los antiguos países de la cristiandad, a medida que la cristiandad sustituyó al verdadero Dios, por imágenes de Dios, o por un Dios reducido al nivel de los deseos, o de los temores. Si es un Dios que se teme, no es un Dios que estimule. Fue lo que aconteció con todo el imaginario del poder de Dios, que acabó siendo una fuerza de consolidación del sistema feudal y clerical en la antigua cristiandad.

Para Jesús, el Padre está por encima de todas las limitaciones impuestas por la religión de su pueblo, por encima de un Dios legalista, moralista, ritualista, dominador y celoso. El Padre no tiene nada que ver con ese Dios del templo de Jerusalén. Por eso Dios no tiene nombre. El Padre no es un nombre, sino sólo la afirmación de que es semejante a Jesús y que se conoce en Jesús, porque es igual. Lo que uno hace, el otro hace. Para conocer al Padre, es preciso ir más allá de los textos que nos hablan de Jesús, llegar al silencio, y dejar de buscar un nombre, y dejar que su presencia se afirme. Eso se realiza en la caminata por la libertad. Quien camina en ese amor de Jesús nunca pierde un fondo de silencio interior en el cual se siente la existencia de Dios, sea cual fuere el nombre que se le da.

Las religiones pueden ser buenas si realizan una función pedagógica o sea, si preparan para el silencio que está por encima de la religión en la práctica del amor. Las religiones pueden encaminar para la práctica del amor. Ellas pueden usar palabras y símbolos para preparar a las personas. Sin embargo, ellas pueden seguir el camino de la religión condenado por Jesús – hacer de la pedagogía un fin, y pensar que se conoce a Dios por la práctica de los actos religiosos. Por eso los actos religiosos deben ser dosificados de acuerdo con el crecimiento de la práctica. Un exceso de religión sin práctica de amor activo solamente lleva al desvío que amenaza a todas las religiones y en el cual ellas cayeron tantas veces, sobre todo por parte del clero, de los doctores o teólogos.

El mejor ejemplo de este uso de la religión me fue dado, hace muchos años, por un viejo sertanejo. Era el consejero en el pueblito en el que vivía. Vivía en una casita de dos ambientes. Uno era el oratorio y el otro era el “salón de consulta”, el lugar en que sentado en la hamaca, él atendía a los hermanos y hermanas que querían recibir la ayuda de su sabiduría. En el oratorio, pegados en las paredes había unas cuatrocientos “santitos”, representando a una multitud de santos. El había comprado esas estampas en el transcurso de su vida en las ferias que visitaba. Al inicio del día, él entraba en el oratorio y contemplaba sucesivamente cada uno de los santos mirando las imágenes. Pasaba lentamente de uno a otro. El decía: “cada uno de los santos me dice alguna cosa”. Para él, cada santo expresaba un aspecto de Dios. Su atención no estaba fijada en la imagen del santo, sino en la realidad escondida por detrás de la imagen. La imagen del santo era sólo un trampolín. El recibía el conocimiento de la verdad por medio de esas imágenes. La religión era para él el camino para la verdad. Terminada esa fase de contemplación el pasaba para el otro ambiente y comenzaba a atender a las personas que lo venían a consultar. Atendía todo el día con paciencia infinita y bondad irradiante. Era analfabeto, pero la lectura no habría aumentado mucho su conocimiento ni su sabiduría.

Todas las representaciones y todos los ritos deben ser permanentemente relativizados para que no se conviertan en ídolos. Las deformaciones religiosas fueron innumerables y la lucha contra las desviaciones de la cristiandad, que comenzaron desde la Alta Edad Media, no tuvo otro motivo. En lugar de conducir al verdadero Dios, esos objetos religiosos alejaban de él. Pero, incluso durante la cristiandad, siempre hubo una minoría que procuró un espacio de libertad para buscar al verdadero Dios.

Claro que la verdad de Dios no se manifiesta con total resplandor en esta tierra. Como decía el autor de La nube del no-saber conocemos a Dios como los hebreos lo conocían cuando andaban por el desierto: en la nube que los acompañaba. El conocimiento de esa verdad se realiza con certeza, pero siempre en una nube de no-saber que no permite la duda, estimulando la búsqueda indefinida. Quien así conoce a Dios no puede tener duda: él tiene la evidencia de la verdad. Quien no lo conoce así – por ejemplo, quien lo conoce solamente por la vía religiosa -, está expuesto a las dudas, a las desilusiones. De repente no encuentra más en su religión lo que buscaba en ella y va a buscar socorro en otras religiones.

Los místicos procuran describir sus experiencias y no tienen otra forma que usar el lenguaje común, sabiendo bien que es totalmente inadecuado. Colocan a Dios dentro de nosotros mismos, en el fondo del ser, o en la totalidad del universo, en el corazón o en la cabeza. Está en el dinamismo de la existencia, en el movimiento que lleva a la persona más allá de sus capacidades hasta el punto más tenso de su capacidad en la liberación humana. Dios está siendo percibido en la propia intensidad de la existencia. Por eso él se manifiesta en los místicos en un momento de intensa tensión existencial, así como en momentos de plenitud de alegría. Pocos alcanzan ese nivel de intensidad, pero millones alcanzan el conocimiento de Dios, la verdad, aunque de modo menos intensivo.

Aunque sea verdad que nadie puede trasmitir el conocimiento que tiene de Dios, porque éste no se deja enunciar con palabras, por otro lado, la experiencia muestra que el ejemplo de los discípulos de Jesús que tuvieron acceso a ese conocimiento constituye un polo de atracción para muchas personas que son testigos de ese hecho. El contacto con personas que realmente conocen a Jesús y saben la verdad, despierta el deseo de saber también. El espectáculo de personas que encuentran en la verdad y en el conocimiento de la verdad la confianza y la seguridad en sí mismas, permanente alegría, constante apertura para servir a los hermanos y la certeza de estar en el camino adecuado no deja de conmover. Algunos se contentan con admirar, pero otros quieren entrar en ese mismo camino. Sin duda fue de esa manera que los discípulos de Jesús penetraron en el Imperio Romano y consiguieron atraer a tantas personas – que llegaron a constituir la minoría más expresiva del Imperio – lo que llamó la atención del emperador Constantino, que procuró colocar esa fuerza al servicio del Imperio. Pero esa es otra historia. No hubo campañas de evangelización, pero la presencia de los cristianos era suficiente. Bastaba conocerlos de cerca. Si necesitamos hacer campañas de evangelización, es una mala señal. En la práctica, esas campañas se transforman en campañas de proselitismo. Ellas no comunican el evangelio y no llevan al verdadero conocimiento.

No se llega a la verdad por medio de campañas publicitarias, sino simplemente por haber visto a otras personas que viven de esa verdad. Por la publicidad se puede conseguir la conquista de muchas afiliaciones, se puede constituir una masa importante de afiliados, pero no se llega a conocer la verdad. La religión puede crear un gran poder social o cultural, pero no puede dar la verdad ni el conocimiento de la verdad.

La verdad es personal, incomunicable. Sin embargo, se forman lazos de familia entre las personas que tienen acceso a ese conocimiento. Ellas se reconocen. No tienen palabras para decir lo que las une, aunque puedan usar símbolos, pero los símbolos pueden engañar y desviar de la realidad. La verdadera Iglesia está hecha de la familia de esos hombres y mujeres que saben – y saben que saben.

La ciencia de Dios, no es motivo de orgullo o de superioridad, porque a medida que se conoce la verdad, se descubre también que el camino para conocerla más profundamente es largo. El conocimiento de la verdad es también el descubrimiento de la ignorancia que todavía nos separa de la plenitud del conocimiento. Puede saberse con seguridad, pero, al mismo tiempo, saber que falta saber mucho más. El verdadero sabio, que conoce la verdad, sabe que todavía falta mucho para conocer realmente toda la realidad que se reveló en Jesucristo.

3. La verdad sobre el mundo. Hoy ante las preocupaciones ecológicas y la percepción de los límites del mundo, ante las amenazas que cercan tanto el mundo animal como el vegetal y hasta los objetos inertes como el agua, el aire, y la propia tierra, contaminada por productos tóxicos, nació un sentimiento de solidaridad más profundo entre el ser humano y la naturaleza. En realidad, se trata de la resurrección de una conciencia tradicional. Los hombres antiguos sentían más claramente su dependencia del mundo material y la necesidad de vivir en paz con él. Hoy la preocupación ecológica nace de la conciencia de que la humanidad, desde siempre, destruyó el mundo material, pero que la destrucción aumentó mucho con las nuevas tecnologías. Parece que, en el pasado, la destrucción era más limitada y la naturaleza podía contar con selvas tradicionales; pero, más recientemente, los ríos comienzan a quedar contaminados, desaparecen lagos, los mares son afectados de diversos modos, la tierra cubierta de agrotóxicos puede ser contaminada de modo irreversible, los desechos atómicos pueden contaminar durante siglos, especies vegetales y animales desaparecen . Ante la destrucción masiva, surge la cuestión del sentido y del valor del mundo que nos rodea.

El problema nació con el origen del sistema capitalista, en que el ser humano es reducido a la condición de productor y consumidor. La gran realidad es el mercado. El ser humano produce para vender, o sea, para producir dinero – y consume también para producir dinero. En cada etapa del proceso económico se puede obtener dinero y, de esa manera, acumular un capital que puede aumentar sin límites, como ocurre hoy en las innumerables operaciones comerciales.

En ese sentido, la finalidad del ser humano es producir dinero. El se transforma en un ser abstracto, así como el dinero que produce. Ese ser abstracto pierde toda relación vital con el mundo: éste se torna mercadería, o sea, fuente posible de capital. Todo entra en el mercado. Hoy muchas cosas ya entraron en el mercado: la tierra casi por completo, muchas aguas y especies animales y vegetales, los minerales sacados de la tierra – y de aquí a poco el aire que se respira también se transformará en mercadería: será vendido aire puro, y la respiración servirá para aumentar el capital de aquellos que lo controlan. Puede decirse que siempre fue así, pero hoy ese proceso crece más que nunca.

Muchas voces se levantan para decir que lo que está ocurriendo es una locura, y que eso va a destruir a la naturaleza y al ser humano. Pero no se avanza, porque los poderosos solamente están interesados en aumentar su poder, y no se preocupan con lo que podría acontecer en el futuro.

El mundo que rodea al ser humano es vida también. Necesita de cuidado. Puede enfermar y también morir. No es la realidad abstracta del dinero, no es pura mercadería, pues la vida humana no se limita a su cuerpo. Ella se extiende, siendo comunicación constante como el agua, las plantas, y los animales, y no puede subsistir sin esa compenetración constante. Nuestra vida es convivencia con la naturaleza. Ahora bien, estamos ya comenzando a percibir los límites de la naturaleza.

La naturaleza tiene recursos inmensos para ayudar a vivir y el descubrimiento de la estructura de la materia y de la vida permite mejorar y prolongar la vida humana. De ahí el valor de las ciencias de la naturaleza que aumentan esa solidaridad entre el ser humano y el mundo material, mostrando hasta que punto la naturaleza ayuda al ser humano a vivir.

La realidad del mundo material tiene la finalidad de ayudar al ser humano a vivir. Todo tiende para el ser humano, y la naturaleza proporciona cada vez más facilidades para que las personas vivan mejor. Sin embargo, el ser humano no puede prescindir de la naturaleza, no puede emanciparse de ella. Su subsistencia depende de su armoniosa convivencia con esa naturaleza. Destruyéndola él se destruye a sí mismo. Un día será destruido el velo del economicismo actual, la verdad se descubrirá. Por este lado también, queda claro que el adversario de Dios, el diablo, la fuerza de muerte, es el dinero.

El mundo es el lugar de la comunicación. En él nos encontramos todos y por él podemos establecer comunicación, unirnos e intercambiar. Por eso el mundo es el medio por el cual podemos amar. ¿Cómo dar de comer si no hay comida? ¿Cómo dar de beber si no hay agua? ¿Cómo posibilitar el vestir si no hay material para fabricar las ropas? ¿Cómo ayudar a los enfermos, si no hay remedios? Por lo que encontramos en el mundo, podemos dar más vida a los hermanos. La naturaleza no da solamente los bienes necesarios para el consumo, sino también proporciona el ambiente que da salud, belleza, armonía y contemplación. Todo eso les podemos ofrecer a nuestros hermanos. El egoísmo y la propiedad son enemigos de la naturaleza. En las palabras de Juan Pablo II “toda propiedad tiene una hipoteca social”,- está subordinada al uso social. Nadie puede reservar para sí una playa, un río, una montaña. La propiedad de la tierra está subordinada a las necesidades de todos. La propiedad de la tierra y de los inmuebles urbanos está limitada por la necesidad de los otros. Más importante que hacer leyes que defiendan la propiedad es hacer leyes que limiten la propiedad de tal modo que esté al alcance de todos y sea siempre limitada. La propiedad es violencia hecha a la tierra y, por eso, nunca puede ser absoluta. La codicia es lo que desvía a la tierra de su finalidad.

El tiempo entre 6 mil y 10 mil millones de años de evolución que nos separa del big bang inicial, los millones de años exigidos para el desarrollo de la vida de las especies animales hasta los mamíferos, y los millones de años que dieron lugar a la evolución de los mamíferos hasta el ser humano, homo sapiens que somos , todo eso tenia un punto de convergencia: la libertad de la humanidad unida en el amor y no la fortuna de algunos almacenada en números en los computadores de los paraísos fiscales para que, con eso, puedan dominar los gobiernos, oprimir a los trabajadores y fomentar guerras de conquista.

En nuestra civilización se pierde cada vez más el sentido de la gratuidad y hay cada vez menos bienes gratuitos, cada vez menos amor, toda vez que la codicia lo invade todo. La mirada del contemporáneo ante cualquier realidad se traduce en las preguntas: ¿cuánto vale eso? ¿Cuánto se podría ganar con eso? Si hay bellezas en la naturaleza, inmediatamente surge la pregunta: explotando este sitio con el turismo, ¿cuánto se podría ganar? ¿Cuánto vale una montaña como capital turístico, o cuánto vale un pequeño río, una catarata, una gruta? Viendo un bosque, se pregunta: ¿cuánto vale la madera? ¿Qué se podría plantar aquí? Esta tierra ¿sería buena para el cultivo de la soya? Delante de las flores: ¿cuánto valen esas flores en los mercados de Europa, o de los Estados Unidos? Cada realidad puede ser transformada en mercadería y dar lucro. He ahí la gran mentira.

Jesús nunca vendió nada – y expulsó a los vendedores del templo. Por eso, durante muchos siglos, los comerciantes tuvieron mala fama en la cristiandad: ellos querían enriquecerse a costa del pueblo. Hoy, por el contrario, ganar dinero a costa del pueblo es la mayor dignidad. Se clasifican las personas por el capital de que disponen – y el héroe máximo es Bill Gates. Un jugador de fútbol o una modelo valen millones – los seres humanos se transforman en mercaderías. Son actos límites, pero significativos porque manifiestan las normas que dirigen la sociedad globalizada. La sociedad contemporánea está globalizada por el lucro.

3. JESÚS ES LA VERDAD

La verdad sobre el ser humano, sobre Dios y sobre el mundo está en Jesús. Contemplando a Jesús descubrimos esa verdad. Por eso él puede decir “Yo soy” pues él es la realidad. Lo que él enseñó hace sentido dentro de aquello que hizo y de la posición que tomó en la vida.

En las palabras que Jesús enseñó se ha dicho que hay poca cosa original que no hubiese sido ya escrita en la Biblia o dicha por sabios de otras culturas. Sin embargo, el conjunto es original. La colección formada por las palabras que están en los evangelios es original. Ella constituye un mensaje nuevo y significativo. La tradición oral cambió, con seguridad, muchas frases. Los escritores sacaron muchas veces los textos del contexto original, lo que les modifica un poco el significado. Los varios evangelios presentan los mismos hechos o los mismos dichos en formas diferentes. Todo eso no importa mucho.

Comparando los evangelios, podemos a veces reconstituir la forma original o aquella que más se parece con la que fue pronunciada por Jesús. Es verdad que los evangelios fueron escritos en griego las palabras griegas y nunca corresponden exactamente a las palabras del arameo pronunciadas por Jesús. Ya la traducción es por sí misma una modificación. Sin embargo, conociendo la lengua hebrea, muy cercana al arameo, podemos hasta cierto punto restituir el sentido de las palabras pronunciadas por Jesús. Por ejemplo, se demostró que las bienaventuranzas en la versión de Lucas deben estar más próximas de las palabras de Jesús que las de la versión de Mateo. Muchas veces la versión de Marcos sobre los hechos está más próxima del sentido original que las otras. Los discursos de Jesús en el evangelio según Juan fueron muy elaborados, tanto en la transmisión oral, como en la redacción final por el último autor. Todo eso no afecta el sentido global, porque la tradición y los autores tenían una referencia básica, que era el contexto en que todas esas palabras fueron pronunciadas. Los escritos no podían alejarse mucho del sentido original, porque los lectores conocían el contexto general. El mismo criterio sirvió para eliminar a los otros escritos que se presentaban también como evangelios, pero colocaban a Jesús en otro contexto.

El contexto que ilumina las palabras de Jesús es el debate con la religión oficial impuesta por las autoridades de Israel. Toda la vida misionera de Jesús se explica por ese debate. Desde el inicio, se manifestó la resistencia de las autoridades y Jesús afirmó su distanciamiento de la religión oficial. Jesús siempre habla para sacar al pueblo del engaño, para liberar la inteligencia del pueblo del peso de las enseñanzas oficiales de los doctores o de los fariseos. La verdad se vuelve manifiesta en el debate, y por eso no la podemos entender si nosotros mismos no nos colocamos en el mismo debate. Quien no está viviendo en ese debate, no puede entender. Debemos entender por nuestra vida, o sea, por las opciones que hacemos en la vida. Quien no hace las opciones de Jesús y no entra en el mismo debate, no puede entender; lee los evangelios dándoles un sentido que no tienen.

Los hechos narrados por los evangelios necesitan ser leídos en el mismo contexto. Lo que Jesús hace para con los enfermos, los pecadores, las prostitutas, los publicanos, los niños, las mujeres y el grupo de los discípulos, todo pertenece al mismo contexto. En todo lo que hace, Jesús quiere diferenciarse de las autoridades, hacer lo que ellas no hacen y no hacer lo que ellas hacen. Cada gesto tiene un mensaje. Cada gesto es un argumento en el mismo debate.

Por los dichos y por los hechos, Jesús abre los ojos de su pueblo. Están los que no quieren ver, pero también están los que quieren y estos entienden lo que Jesús quiere decir, aunque en el momento final de la condenación de Jesús, el miedo haya prevalecido. El debate culmina en la condenación y la muerte de Jesús por las autoridades. Aparentemente los adversarios vencieron. Por eso, los evangelios destacan todas las narraciones de la pasión y de la muerte de Jesús, pues allí se halla el sentido de todo lo que dijo e hizo. Todo llevaba a ese desenlace y el desenlace final muestra claramente el sentido de todo lo que hubo antes.

Durante siglos, la teología y la devoción popular separaron la muerte de Jesús de su vida, como si la muerte fuese una totalidad en sí misma – ella habría sido un sacrificio ofrecido a Dios. Ese sacrificio no tendría referencia a la vida, porque un sacrificio se explica por los favores que se quieren conseguir y no por su contexto histórico. Esa teología generó enorme confusión y se pasó a entender erradamente la religión.

Jesús tenía un proyecto y murió por causa de ese proyecto, porque no quiso abandonarlo para salvar la propia vida y lo defendió hasta el último suspiro. Tal proyecto era el proyecto del Padre.

Jesús quería formar un pueblo libre y por eso luchó contra aquellos que habían hecho de su pueblo un pueblo esclavo. Así debemos entender el nombre de Padre dado a Dios. Los otros pueblos y la propia traducción de los LXX (Setenta) dan a Dios el nombre de “Señor”. Ahora bien el “Señor” supone el correspondiente de esclavo. El Señor tiene esclavos. Un hijo no llama a su padre “Señor”. El dice “Padre”, porque es hijo y por ser hijo no es esclavo. El Padre genera al hijo como ser libre. El hijo no es esclavo, sino heredero. San Pablo explica eso con mucha claridad: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo. El nació de una mujer, sometido a la ley para liberar a aquellos que estaban sometidos a la ley, a fin de que fuésemos adoptados como hijos. La prueba de que sois hijos es el hecho de que Dios, envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: ¡ABBA, PADRE! Por lo tanto, ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (Gál.4,4-7).

Cuando Jesús enseña a los discípulos que deben tratar a Dios como Padre, quiere decir que no pueden comportarse como esclavos o pensar que son esclavos o servidores de Dios. Son hijos libres. El nombre de Padre tiene por sentido afirmar la libertad humana. Desgraciadamente, la Iglesia con frecuencia desobedeció esa enseñanza y atribuyó a Jesús el nombre de Señor, particularmente en la liturgia.

Recientemente se dio mucho énfasis al aspecto sentimental de la paternidad. Esa es una idea moderna, que de cualquier manera es secundaria. El mensaje de Jesús no se dirige a la afectividad en primer lugar. Tal afectividad puede fundamentar el infantilismo religioso. Si somos hijos eso quiere decir que debemos comportarnos como personas libres, que conquistan su libertad luchando contra todos aquellos que pretenden reducirnos a la esclavitud. Esa lucha está lejos de estar concluida, porque todavía hay fuerzas inmensas que quieren reducir a los seres humanos a un estado de dominación, haciendo de ellos esclavos – no de un hombre, sino de un sistema social, que, de cualquier manera, se encarna también en una clase de “señores”.

La verdad, que es Jesús, tiene una referencia que nunca puede ser abandonada. Si nuestra impresión de la verdad se aparta de esa figura histórica de Jesús, en su vida terrestre, material, corporal, ella es ilusión. Ahora bien, no podemos aislar los episodios o las palabras de Jesús del contexto general de los evangelios, pues cada escrito se refiere y debe ser leído en la perspectiva del conjunto. Se trata de entender una vida humana. Una vida humana no es una serie de episodios sin ligazón, ni la simple repetición del mismo episodio. Ella tiene un sentido y, en el caso de Jesús, la vida está muy bien concentrada alrededor de un proyecto único: crear un pueblo libre a partir de los esclavos. Jesús escoge el combate contra la peor esclavitud: la religiosa. La esclavitud de la ley por medio de la religión fundada en el temor. Muchas veces, en el pasado, los comentarios bíblicos trataban cada episodio de la vida de Jesús separadamente, entonces procuraban en cada episodio la repetición de una afirmación – por ejemplo, en todo reconocían la afirmación de su divinidad. De esa manera, el sentido de la vida humana de Jesús, como humana de hecho, desaparecía. Lo que era tratado como humanidad eran una serie de teofanías, como si los evangelios fuesen una sucesión de manifestaciones de su divinidad. La propia teología se olvidó de hablar de la vida humana de Jesús como de un proyecto de vida, como si eso no importase y no fuese esencial a su humanidad.

A partir de esos datos concretos sobre la vida histórica de Jesús, podemos contemplar la verdad sobre la vida actual de Jesús. Ahora bien, la verdad de Jesús es que él está al frente de la caminata del pueblo de Dios. Está al frente de esos hombres y mujeres que conquistan la libertad humana en sí y en los otros.

El está en medio de nosotros y del mundo entero, inspirando, dirigiendo la lenta marcha en un camino pedregoso, difícil, recorrido paso a paso.

El es Hijo – lo que quiere decir, libre – y nos quiere asimilar a sí mismo, o sea, que seamos todos también libres como él, emancipados de la esclavitud. Libres en todas las formas de la libertad. Este nombre de Hijo no excluye todas las connotaciones sentimentales o afectivas que nuestros contemporáneos aprecian tanto – porque la cultura actual es sentimental, pero también superficial. Hijo quiere expresar libertad, y Jesús quiere que seamos libres con él. Él esta bien consciente de la intensidad del mal que reduce la humanidad a la esclavitud y hace de los hombres y de las mujeres seres sumisos, sin iniciativa, miedosos, con la preocupación dominante por la seguridad, la inclinación de todos para enterrar el talento que recibieron. Por eso, su proyecto es un combate inmenso contra las fuerzas que dominan el mundo, un combate sin descanso contra ese mal que nuestros contemporáneos tienden a subestimar o a negar.

El pecado dejó de existir en la cultura occidental actual. Los países privilegiados no perciben la culpa que tienen en la opresión de las masas del Tercer Mundo. En los países del Tercer Mundo, el proyecto de las élites dominantes es la imitación de los países ricos, que esclavizan al resto del mundo y a sus propias masas. Lo que ellas quieren es imponer a todos la misma dominación sufrida por las masas del mundo actual. Quieren colaborar con la dominación. Las élites se creen justas, porque quieren dar a los pueblos la situación que ya es la de ellas, transformándola en liberación. La liberación consiste en imponer a todos el modelo de opresión que hay en el mundo actual. De esa manera creen que pueden alejar la consideración del inmenso pecado que están cometiendo. La verdad de Jesús lucha contra esa mentira, la mentira del Primer Mundo.

Conocer la verdad de Jesús es sentir de modo activo su presencia, animando la marcha de liberación. Quien no está así comprometido no consigue percibir o piensa que todo no pasa de una ilusión. Quien está caminando sabe, a pesar de todas las dificultades del camino, que Jesús está ahí, percibiendo su presencia en un gran número de señales que se manifiestan con evidencia.

¡Jesús resucitó! Eso quiere decir que está activo. Para quien vive el mundo de la mentira, él murió y es apenas el recuerdo de un fracasado -que dejó ejemplos lindos, pero pasados. Si Jesús resucitó, eso quiere decir que fue a asumir su misión, su función, y se tornó la cabeza del gran movimiento de liberación de la humanidad. Así habla a María Magdalena: ahora estoy entrando en una existencia nueva, en mi verdadera existencia, de la cual mi vida visible fue apenas una señal.

No hay ninguna incompatibilidad entre el conocimiento de Jesús por intermedio del Nuevo Testamento y el conocimiento directo de Jesús actualmente vivo. Se puede hacer la lectura de la Biblia sin ser cristiano y apreciar muchos aspectos interesantes. De modo especial, los judíos pueden iluminar mucho – cosa que siempre hacen. Lo mismo puede hacer otros intérpretes situados fuera de la Iglesia. Son numerosos los casos en que el magisterio hizo oposición a una lectura verdadera, porque había sido propuesta por personas que no pertenecían a la Iglesia. Sin embargo, a pesar de eso, poco a poco los propios miembros de la Iglesia acabaran reconociendo que fueron ayudados por otros que estaban fuera. Por la imposición de una interpretación, o comentario oficial de la Biblia, muchas veces procuró impedir el progreso de los estudios en la lectura. Por ejemplo, se ha dicho varias veces que Gandhi, fue el primero en la época moderna que entendió al Jesús de los evangelios.

El conocimiento de la verdad de Jesús actual, no se sitúa al lado del conocimiento del Nuevo Testamento, sino adentro. Hay una manera verdadera de leer la Biblia, viendo en ella lo que Jesús es en la actualidad.

Tampoco hay incompatibilidad entre el conocimiento científico de la realidad actual y el conocimiento de este mundo en Jesucristo. No hay por un lado un conocimiento científico y por otro un conocimiento místico. Si lo hubiese, sería una mística ilusoria, subjetiva. El conocimiento de Jesús se hace dentro del conocimiento y del movimiento científico. Algunos procuran separar el conocimiento científico del mundo, del conocimiento en Jesucristo. Sin embargo, los descubrimientos científicos forman parte del plan liberador de Jesús – aunque sus autores lo desconozcan, sobretodo cuando ese nombre está comprometido por falsas teologías o falsos dogmas. Lo que ellos hacen forma parte de esa liberación porque ayuda a vivir más y mejor.

Si una persona desconoce la realidad del mundo, no puede descubrir en ella la presencia de Jesús, el Hijo de Dios. Imagina a un Jesús ajeno a la marcha actual del mundo. Hay falsas místicas que creen que se llega a Dios alejándose de la realidad de la humanidad. Se cree que se puede descubrir a Dios olvidándose de los combates de este mundo. Por el contrario, solamente se puede conocer la verdad por medio de la profundidad del combate por la creación de un pueblo libre a partir de los esclavos que existen entre los seres humanos.

Hoy, en una sociedad capitalista, hay una fuerte tendencia cultural para reducir los conflictos a episodios locales que se pueden fácilmente resolver. Se cree que la marcha del capital va a crear un mundo libre de todo mal y de toda esclavitud. Lo que sucede es exactamente lo contrario: una nueva esclavización. Pero esa ilusión tiene mucha fuerza porque es objeto de una publicidad martillante, que repite siempre las mismas promesas.

Hay nuevas religiones, nacidas sobretodo en los Estados Unidos o en Europa, en el seno de sociedades de satisfacción, en que la religión tiene por finalidad el bienestar: un amor de pura armonía, que confiere paz y tranquilidad, equilibrio y satisfacción entre personas del mismo nivel – que escapan de la realidad de la sociedad actual. Jesús se transforma en un refugio para almas sensibles. Esto es un subproducto de la cultura capitalista de la abundancia y del consumo, que permite y confiere muchos privilegios a una clase social.

Sin embargo solamente se conoce la verdad aceptando estar presente y participando de la vida real de los hombres y de las mujeres actuales, cada uno en la porción de mundo que alcanza. No se puede pretender conocer a Jesús sin conocer la realidad del mundo actual. A causa de esas interpretaciones, muchos rechazan a Jesús porque hallan en él un factor de debilidad, un estimulo a la fuga lejos de los desafíos de este mundo.

Desgraciadamente lo que más se divulga sobre Jesús son esas representaciones que lo deforman y alejan de él a las personas más comprometidas con la lucha de este mundo. De hecho, basta entrar en una tienda de objetos religiosos católicos para sentir cierta náusea. ¿Qué mensaje ofrece esa mercadería para las personas de hoy? Se trata de material destinado a las personas mas débiles y menos humanizadas de la sociedad, una verdadera basura cultural para personas totalmente ajenas a la cultura real. Claro que esas personas también tienen derecho a una religión que las ayude o consuele, pero, por lo menos, la exposición podría ser más discreta para no difamar el cristianismo.

La verdad de Jesús es un desmentido a todas las mentiras, todos los retratos falsos, todas las representaciones originadas en la mentira humana. ¡En la historia aparecieron tantas imágenes deformadas de Jesús! Las peores fueron las que lo representaron como emperador o rey. Es demasiado evidente que con eso se quería exaltar la persona concreta del emperador o del rey. Era una santificación de la monarquía. Hubo reyes que fueron realmente cristianos, pero esos supieron reconocer la superioridad de los pobres. Las representaciones de Jesús como rey le aplican los atributos del imperio o de la realeza de aquel tiempo, o sea, inducen a hacer la confusión. En lugar de ayudar a conocer a Jesús, se tiende a esconderlo para glorificar el poder humano.

Es verdad que el Padre entregó a Jesús todo poder en el cielo y en la tierra. Pero él no lo entregó para que lo ejerciese como hacen los reyes. El poder de Jesús no se realiza por imposición, ni por conquista, ni por seducción o convencimiento publicitario. Jesús reina llevando a los seres humanos a buscar su liberación. Su reino se realiza por medio de seres humanos libres. Reinar para Jesús es despertar y promover la libertad. Jesús mostró en la tierra la forma cómo él pretende reinar o ejercer el poder. Se trata de un poder que va al encuentro del fondo de la personalidad, donde nace y se desarrolla la libertad. Jesús ejerce su poder dando acceso a la libertad. La relación de Jesús con los discípulos, con los pobres y rechazados de la sociedad de su tiempo y con las autoridades muestran la manera como él ejerció el poder. Aceptó que sus enemigos lo matasen para no forzarles la voluntad. Esa es la verdad de su poder: Él no obliga ni fuerza la voluntad de sus adversarios, y la manera como se comportó con sus enemigos en la pasión y en la muerte muestra la forma como él continúa ejerciendo el poder que el Padre le dio.

Ya aconteció varias veces, en el pasado, que interpretasen la resurrección de Jesús como un cambio radical de estrategia. De ahora en adelante Jesús ejercería su poder con grandes demostraciones de fuerza. Hicieron un contraste entre el modo de actuar de Jesús en su vida mortal y después de la resurrección, como si la humildad, la pobreza y la ausencia de poder fuesen apenas las condiciones de su vida mortal, y como si, después de la resurrección, Jesús comenzase a ejercer un poder semejante a los poderes que rigen la sociedad humana en nuestra experiencia histórica. Ese poder imperial de Jesús seria ejercido por medio de la institución que se presenta como la Iglesia de él; en la práctica eso se daría por medio del clero, cuyo poder fue concentrado en el episcopado en el primer milenio y en el Papa en el segundo milenio. El poder del clero sería justificado por el poder imperial de Cristo resucitado.

4. ¿QUÉ ES CONOCER LA VERDAD?

Es evidente que el conocimiento de la verdad de Jesús es un tipo único de conocimiento. No es un conocimiento por medio de ideas, que se pueda expresar por medio de palabras. Se trata de un tipo totalmente diferente de conocimiento, comparado con el científico. Este está basado en la experiencia, experiencias de fenómenos parciales, bien delimitados y que se puede repetir. Sin repetición no hay ciencia posible. Ahora bien, la experiencia de Jesús no puede ser provocada. Ella surge espontáneamente y no se puede repetir. La vida de Jesús no puede ser objeto de experimentación y, por esa razón, no puede ser objeto de conocimiento científico.

Por otro lado el conocimiento de Jesús no es el conocimiento de una parte del mundo, sino de su totalidad. Ahora bien, la ciencia restringe cada vez más los objetos de la observación y de la experimentación, que es la condición de su progreso.

El conocimiento de Jesús, no es un conocimiento de tipo intuitivo, afectivo y emotivo de la manera como conocemos a otra persona- conocimiento siempre aleatorio, sujeto a revisiones constantes, porque, por esencia, es parcial y relativo. Nuestra intuición cambia, nuestros afectos cambian y el conocimiento o la interpretación de los otros cambia. De cualquier manera, conocer a Jesús no es conocerlo como se hace con otra persona. Es conocer algo que no encontramos en otras personas. En ese sentido, es posible tener un cierto grado de conocimiento intuitivo, pero no es el conocimiento del cual estamos hablando porque no atañe a la verdad a que nos referimos.

El conocimiento de Jesús no es un conocimiento filosófico, ni siquiera de las filosofías de la intuición – que postulan una intuición fundamental en la base del raciocinio o de la disertación filosófica. No es un conocimiento simbólico como el conocimiento religioso, porque nuestra verdad no se expresa en símbolos. Los símbolos suponen una multiplicidad de objetos y de aspectos religiosos. Los símbolos religiosos pueden afirmarse como símbolos eternos perennes, básicos y capaces de dar la explicación del mundo, pero son proyecciones de personalidades excepcionales – que crearon algo relevante, aceptado por personas de su sociedad.

El conocimiento de Jesús es un conocimiento diferente del conocimiento que una persona tiene de sí misma, aunque haya alguna analogía entre el conocimiento de sí mismo y el conocimiento de la verdad. Sin embargo, el conocimiento de sí mismo luego se mezcla con tantos errores y tantas ilusiones que los sabios siempre exhortaron a desconfiar de sí mismo y aprender a conocerse en la realidad y no en las ilusiones por las cuales las personas, por diversos motivos, se engañan.

El conocimiento de la verdad se da en la práctica del amor. En el amor se produce una iluminación: la certeza de que es en eso que soy lo que soy, que está la verdad de la vida y del mundo. Esa es la verdad que Dios revela. Allí está Dios en una nube de no saber. No se conoce como se conoce un objeto situado fuera de mí o dentro de mí, sino como la realidad de esa práctica del amor. No es un conocimiento directo como si fuese un objeto de contemplación. Es como una brisa que pasa- como decía el autor de la historia de Elías -, o como un fuego que de repente aparece, como sucedió con Moisés, algo que renueva toda la orientación de la vida, explica y justifica todo. Si se quiere objetivar, el conocimiento desaparece, pues su lugar está siendo ocupado por conocimientos humanos – de los tipos enunciados más arriba. Ya no es más la verdad. Quien quiere poseer la verdad, tener la verdad en sí mismo y para sí mismo, la pierde inmediatamente. No se puede asegurar por la voluntad ni por la inteligencia. Elías supo con certeza que Dios se había manifestado y Moisés también. En la vida de los profetas hubo siempre algo semejante, y en el Nuevo Testamento todos son profetas.

Ese conocimiento puede ser momentáneo o prolongado, puede tener varios momentos de intensidad. Puede estar mezclado con una gran variedad de sentimientos o de reacciones sicológicas. Cada uno recibe la iluminación de acuerdo con su modo de ser. De ahí la gran diversidad que se puede observar por ejemplo entre místicos conocidos. No tenemos datos sobre la revelación de la verdad entre los pobres que nunca son investigados. Conocemos solamente algunos pocos elementos sobre la vida real de los cristianos porque solamente algunas vidas son conocidas. Nunca se hará biografía de personas que no reclaman la atención por una actuación evidente en la sociedad o en la Iglesia. La mayoría nunca llama la atención.

Los cristianos más conocidos, cuyas biografías fueran escritas, son casi todos religiosos- pertenecientes a alguna institución importante en la Iglesia. Los laicos pocas veces encuentran biógrafos – y casi nunca si fueren pobres. Podemos también presumir que esa experiencia es mucho más simple entre los pobres que entre personas que pasaron por una formación profundizada que les dio una cultura más extensa, cultura que no necesariamente ayuda en nuestro caso.

¿Cómo es que se llega a la práctica del amor en el cual la verdad se revela? La respuesta está en el Nuevo Testamento cuya aplicación se halla en personas que conocemos.

En primer lugar está la condición fundamental. Jesús dice: “No os preocupéis”. Cualquier preocupación impide o limita tanto el conocimiento como el amor. Pues ella concentra la persona sobre sí misma e impide ver a los otros como seres que esperan nuestro amor. Quien está preocupado tiende a ver, oír y sentir todo a partir de la preocupación. La preocupación reduce el alcance de la percepción a los objetos o las personas o las situaciones que preocupan. La preocupación impide la libertad y torna a la persona esclava de su preocupación.

¿Qué es lo que puede preocupar? Con certeza, en primer lugar, el miedo. Los ricos temen perder lo que tienen, o tienen miedo de no poder aumentar su riqueza. Los pobres tienen miedo de que los ricos les quiten lo poco que tienen. Existe el miedo de los otros. Miedo de la violencia, del robo, del asalto. Los más débiles tienen miedo, así como las mujeres, los ancianos, los deficientes y los jóvenes. El joven tiene miedo de ser sospechoso de violencia y el anciano tiene miedo de ser víctima de la violencia. Las mujeres sufren tanta violencia que el miedo puede tornarse actitud constante. Miedo de salir a la calle, o de frecuentar ciertas calles, ciertos barrios, miedo de encontrarse con personas desconocidas, miedo de los traficantes, miedo de la propia policía. De ahí la multiplicación de los sistemas de protección. El muro, la llave, el candado se convierten en símbolos de relación entre las personas. Eso no ocurre igualmente entre todos los pueblos y culturas. Sin embargo, las sociedades más primitivas tienen miedo de otras tribus, miedo de otras naciones, miedo de una invasión, de una conquista. El miedo puede ser latente, pero aún así él paraliza.

Hay también el miedo de las fuerzas sobrenaturales, espíritus, demonios, fuerzas maléficas, miedo de Dios. La religión siempre fue fuente de miedo, pero también fue, al mismo tiempo, fuente y remedio. Ella proporciona garantías, protección, seguridad contra el miedo a lo misterioso, miedo de Dios. En la cristiandad, los predicadores se encargaron de alimentar ese miedo porque la influencia social del clero estaba fundada principalmente en ese miedo. El miedo del infierno y el miedo de un purgatorio prolongado que proveía millares de intenciones de misas. No se puede conocer a Dios si se tiene en el fondo miedo de él. Dicen que Santa Teresita de Lisieux, cambió la concepción de Dios vigente en la cristiandad, porque enseñó que Dios es padre bondadoso y lleno de amor. ¡Fue preciso que una joven religiosa viniera a anunciar que no se debía temer a Dios, cosa que habían enseñado millares de obispos, sacerdotes, teólogos, catequistas durante siglos! Cultivaron el temor religioso en vez de liberarse a sí mismos y a su pueblo de ese temor. Ahora bien, el temor religioso oculta en lugar de revelar la verdad.

Después de quedar libres del miedo, debemos liberarnos del deseo. Los deseos alimentan todavía más preocupaciones que los temores. Se trata del deseo de poseer, deseo de dominar para garantizar la posesión, lo que incluye la vigilancia constante para que otros no vengan a tomar posesión de aquello que es objeto de nuestros deseos. La cultura occidental contemporánea, basada en una economía de consumo superfluo hace nacer seudo-necesidades porque necesita muchos compradores para poder producir mucho. La economía está fundada en la cultura de los deseos. En las ciudades, ocurren exposiciones permanentes, despertando siempre nuevos deseos. No es por casualidad que los shoppings son las catedrales de hoy. Allí se celebra el culto del dinero, que permite satisfacer deseos y suscita más deseos todavía. Estamos en una cultura del deseo. No es extraño que la vida religiosa, la vida comunitaria, las relaciones gratuitas entre personas tiendan a desaparecer. Durante el día entero, los niños aprenden a tener más y más deseos. La publicidad es la parte más importante de la economía. El marketing ocupa las personas más capaces. Producir es fácil, pero despertar deseos exige una creatividad siempre activa.

En una sociedad construida para suscitar deseos, el ser humano está perdido, sin rumbo. En su mayoría, sus deseos están frustrados por falta de dinero. El deseo frustrado genera malestar, inquietud, preocupación. Los contemporáneos andan preocupados por todo aquello que no pueden comprar y que se ofrece a los deseos.

Sin quedar libre de los temores y de los deseos no se puede tener acceso a la verdad. Jesús ya había condenado el culto al dinero y la parábola del sembrador muestra el efecto de una cultura fundada en el deseo. Ahora bien, si comparamos la cultura de aquel tiempo con la cultura de hoy, aumentó infinitamente todo lo que aleja de la acogida de la simiente.

Temores y deseos perturban más todavía si envuelven personas por objeto. En nuestra cultura, el miedo es tan grande que hasta en el casamiento ya está previsto el procedimiento que debe ser adoptado en el momento en que el matrimonio se separe. El deseo es tan fuerte que las uniones no duran. Un nuevo deseo basta para disolver el matrimonio y buscar otra pareja. Cada vez se habla menos de marido y mujer, esposo y esposa, y más de pareja. La unión está subordinada a la permanencia del deseo.

El temor tiene por objeto todos los que son diferentes: personas de otra raza, otra religión, otra cultura, otro nivel social. Jesús acoge y va al encuentro de aquellas personas que la sociedad rechaza: los pecadores, los paganos, los samaritanos que son herejes, las prostitutas, los publícanos que son ladrones públicos y, de modo general, las mujeres. Jesús se coloca por encima de todos esos temores que pertenecen a la cultura del pueblo. Vence los límites de su cultura y queda abierto. Sin esa libertad, no es posible tener acceso a la verdad. Tampoco se ve que Jesús haya sido preocupado por un deseo no satisfecho. Acoge todo lo que el Padre pone a su disposición. Pero no desea, no acumula, no tiene propiedad. Está libre del dinero, y su relacionamiento es totalmente independiente del dinero.

Esas son las condiciones que abren el acceso a la verdad. De alguna manera todas las sabidurías enseñaron asuntos semejantes. No es novedad esa educación de la libertad. La novedad de Jesús es el contexto en que ella se sitúa: el contexto de la verdad que está en Jesús, la caminata del pueblo de Dios.

La verdad se manifiesta dentro de un movimiento de esperanza que envuelve a la creación entera. La humanidad no puede aceptarse tal como está. Está llamada a una lucha inmensa que envuelve la totalidad del ser humano, una lucha contra la muerte y las fuerzas de la muerte, de la mentira y del asesinato – contra las fuerzas de destrucción. Ese combate es de la propia humanidad, llamada a conquistar su realidad, a tornarse plenamente humana. Dentro de esa lucha está la verdad, la verdad de Jesús y del origen de todo lo que llamamos Dios – pero que otros pueden llamar con otros nombres.

5. LA VERDAD Y EL PRIVILEGIO DE LOS POBRES

“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste esas cosas a los sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeñuelos” (Mt.11, 25). Los sabios y los inteligentes, a los cuales Jesús se refiere, eran los doctores de la ley, aquellos que en las escuelas rabínicas estudiaban hasta los cuarenta años, y entonces se tornaban maestros. Mirando para el futuro, son todas las personas que se atribuyen el lugar de los doctores de la ley, todos aquellos que invocan el prestigio del estudio y del reconocimiento público para imponer al pueblo de los pobres un yugo insoportable de obligaciones. Son todos aquellos que tornan la ley dura y el yugo pesado (Mt. 11,28-30; 23,4). Los pequeñuelos eran los pobres de Galilea: agricultores o pescadores. En el futuro son todos los que están en el nivel más bajo de la sociedad y no tienen poder alguno.

La parábola del banquete proclama la misma doctrina. Cuando un hombre convocó a los convidados para el gran banquete, todos se disculparon y ninguno respondió. Entonces el dueño de casa dijo a su empleado: “salga deprisa por las plazas y calles de la ciudad. Traiga para acá a los pobres, los lisiados, los ciegos y los mancos” (Lc. 14,21). La enseñanza es la misma. Los convidados que se disculparon eran las autoridades religiosas de Israel, y los pobres que los sustituirán el banquete eran el pueblo de Galilea, despreciado y condenado por las autoridades como pecador.

“Pues yo les garantizo a ustedes: los cobradores de impuestos y las prostitutas van a entrar antes que ustedes en el Reino del Cielo. Porque Juan vino hasta ustedes para mostrar el camino de la justicia, y ustedes no creyeron en él. Los cobradores de impuestos y las prostitutas creyeron en él. Ustedes, sin embargo, incluso viendo eso, no se arrepintieron para creer en él (Mt. 23,13 ss).

No hay necesidad de comentar esos textos y los otros que les son paralelos porque esa doctrina ha sido bastante estudiada y profundizada en las últimas décadas.

¿Cuál es la razón del privilegio de los pobres? El Nuevo Testamento invoca dos temas. En primer lugar, existe la doctrina cuya expresión más contundente está en el Magnificat: la inversión que comienza con Jesús: quien estaba en lo bajo queda encima, y quien estaba encima queda en lo bajo. Los poderosos son derribados y los pequeños exaltados. Ese tema está sobretodo en el evangelio de Lucas. El segundo tema trata del poder. Los pobres no tienen poder y por eso no dominan ni son dominados por el dinero y por la preocupación del dinero – no son cultivadores de la religión del dinero. Los pobres están abiertos para recibir la verdad.

Hay también un tercer tema, que es una variante del anterior: Se trata del privilegio concedido a los niños. El reino de Dios –o sea, la verdad- está reservado a los que son semejantes a los niños (Mc. 10,13 -16). ¿Qué tienen los niños de especial? No tienen la pretensión de saber, ni la vanidad de quien se sabe o se siente importante. Los pobres no se creen importantes. Por el contrario, su tentación consiste justamente en pensar que no son nada y que no tienen valor alguno, lo que lleva a muchos al desánimo y a dejar de trabajar por su liberación. No creen en su propia capacidad. Ellos precisan ser levantados, porque conocerse a sí mismo en el inmenso valor en la caminata del pueblo y conocer la verdad es una sola cosa.

En los primeros siglos, la Iglesia cristiana no perdió la conciencia de ser pobre. Sin embargo, después de Constantino –y más acentuadamente durante los siglos de la cristiandad- esa conciencia se apagó. Siempre hubo algunos que mantuvieron tal conciencia-como San Francisco de Asís y San Vicente de Paul, – pero en su estructura general y en el comportamiento del clero, la Iglesia perdió la conciencia del privilegio de los pobres. Por el contrario, ella exaltó el conocimiento del magisterio, creándose esa categoría para significar que los obispos tendrían una capacidad especial en materia de conocimiento. Nacieron escuelas para conceder títulos de “doctor”, que Jesús explícitamente había condenado. Se formaron universidades centradas en la teología, o sea, en la doctrina del clero. En la Iglesia se formaron dos capas: arriba los que sabían y abajo los ignorantes. Los laicos forman la capa de los ignorantes. El clero no tuvo la preocupación de sacarlos de su ignorancia porque creía que la estructura de la Iglesia exigía esa separación. El privilegio de los pobres había de tal modo desaparecido de la Iglesia, que en el Concilio Vaticano II, entre más de dos mil obispos, solamente un centenar redescubrió esa verdad. Los otros hallaron eso tan extraño que no consiguieron darse cuenta de su importancia. Piadosamente hacía todos los días la lectura de la Biblia, y no habían descubierto que aquel privilegio estaba en el núcleo básico de la revelación.

¿Cómo explicar la extraña esterilidad de la teología desde el siglo XIV hasta el siglo XX? Simplemente porque ella se olvidó de los pobres. La teología constituyó un mundo cerrado en sí mismo. Discutieron infinitamente sobre cuestiones que no interesaban a nadie. No suministraron ninguna orientación al pueblo cristiano. Solamente sirvieron para defender el sistema jerárquico, la estructura jurídica y el sistema de la cristiandad. Fueron la base del movimiento conservador que dirigió la Iglesia desde el siglo XIV. Cuando surgieron los cuestionamientos de los reformadores en el siglo XVI, no entendieron nada y se dedicaron a defender las posiciones tradicionales. La teología fue traidora del pueblo cristiano, contribuyó con su estado permanente de ignorancia y de pusilanimidad, e hizo que globalmente los católicos hiciesen oposición a todas las novedades surgidas desde el Renacimiento.

Fue el olvido de los pobres lo que estuvo en la base de la ruina de la teología. Las viejas bibliotecas están llenas de una inmensa literatura apologética, radicalmente vacía e inútil. ¡Tantas energías perdidas! ¡Tanto orgullo corporativo acumulado para cortar el camino de la verdad! Un ilustre profesor de teología moral de inicios del siglo XX se vanagloriaba de no haber oído nunca una confesión para no quedar perturbado en la redacción de su tratado sobre el sacramento de la Penitencia. Para permanecer firme en la teoría debía ignorar la realidad. Fue un caso extremo, pero innumerables fueron los casos en que los teólogos ignoraron a los pobres. El castigo fue que ellos mismos ignoraron la verdad que afirmaban poseer. Confundieron la verdad con sus tratados de teologías.

El clero, convencido de su propio valor, ofreció al pueblo espectáculos religiosos: procesiones, fiestas, ceremonias, celebraciones de sacramentos. Pero todo eso no lleva al conocimiento de la verdad, porque no lleva hacia la libertad, no despierta el amor, no abre para las necesidades de los otros, no enseña el silencio o el recogimiento, la retirada de los temores o de los deseos. No prepara para el encuentro con Dios y él descubrimiento de la verdad. El contingente de pobres fue receptor, espectador mudo y obediente, no se humanizó. Tuvo que buscar alimento espiritual en otros laicos, sabios locales ignorados por el clero. La trasmisión del mensaje de Jesús se hizo en las familias, sobre todo a partir de las madres y, en especial, de las abuelas. El clero no estaba preparado para abrir los caminos del conocimiento.

Fue por eso que, en el siglo XVI, los reformadores tuvieron tanto éxito y la Iglesia católica, solamente se salvó de una ruina total por la fuerza armada del emperador y de los reyes católicos. Sin la fuerza de esos ejércitos todos habrían abandonado la Iglesia católica. Esa fue la razón de la salvación para la Iglesia católica. Pero los ejércitos católicos no abrían los caminos para el conocimiento de la verdad. Solamente podían imponer una profesión de fe exterior. En la víspera de la Revolución Francesa, el 95% de los franceses asistían a misa todos los domingos. Diez años después, ese número había bajado al 20%, porque la policía ya no controlaba más la asistencia. La policía no es un camino de revelación de la verdad.

En la teología tradicional, la pobreza fue considerada muchas veces como obstáculo para el conocimiento de la verdad. Confundían la verdad con los tratados de teología, y naturalmente los laicos, casi todos analfabetos, no podían entender esos tratados. Entonces dejaron de orientar a esos laicos para el conocimiento profundo que es independiente de las tesis, de los raciocinios, de los conceptos abstractos y hasta de las mismas palabras.

Ahora bien, no se necesita saber leer y escribir para ser un gran místico como lo muestra el ejemplo de San Benedicto de Palermo, hijo de esclavos de Sicilia, que alcanzó los más altos niveles de conocimiento de la verdad. Hay muchos otros ejemplos como ése. San Benedicto, fue canonizado porque, siendo religioso, se hizo conocido. Hay innumerables laicos pobres que alcanzaron un nivel semejante, pero nunca fueron conocidos fuera de su ambiente. La Iglesia no se interesó por ellos.

Ahora llegó la hora del castigo, la hora de la verdad, por no haber creído en los pobres. Sectores con poder decisorio en la Iglesia no permitieron que ellos formasen comunidades propias, conforme al estilo de vida y a la cultura de los pobres. Las CEBs (comunidades eclesiales de base) fueron una sencilla tentativa, aunque todavía tímida- porque eran muy dependientes del clero del tipo tradicional. Y, sin embargo, incluso siendo una experiencia tan prudente, fue rechazada por la administración romana. Ahora, en muchas partes, la Iglesia católica se está vaciando- una vez que los pobres la dejan para ingresar en las Iglesias pentecostales. Allí están en un ambiente de pobres, en la cultura de los pobres, dirigidos por pastores salidos en medio de ellos, de la misma cultura y con la misma sensibilidad de ellos. Están conscientes de “estar en casa” – en la parroquia no se sentían “estar en casa”. Cuando eran católicos, aprendieron poco o nada. En las Iglesias pentecostales, aprendieron lo suficiente para que, en algunas semanas, se convirtieran en misioneros. ¡Quién nunca había abierto la boca, ahora multiplica las conversiones!

De cualquier manera, sabemos que ninguna institución religiosa y ninguna Iglesia puede conducir al conocimiento de la verdad, que es propio del Espíritu de Dios. Pero las Iglesias pueden abrir el camino, desarmar obstáculos y proporcionar preparación – o, al contrario, ser obstáculos.

Hay varios movimientos que, en la actualidad, enseñan una espiritualidad para preparar a las personas. Sin embargo, de modo general subsiste una situación de gran vacío de espiritualidad, sobre todo entre los pobres – que debían ser los privilegiados.

Mientras no se conceda a los pobres una verdadera autonomía en relación a todo el estilo tradicional anticuado, y culturalmente de clase media, la salida continuará siendo las Iglesias pentecostales.

El Beato Clemente Hofbauer observó que, en el siglo XVI, los europeos se pasaron a la Reforma porque querían ser cristianos, y la Iglesia católica no les daba enseñanzas. Querían conocer la Biblia, y la Iglesia católica no se los permitía. Actualmente estamos en una nueva etapa de la Reforma. Las masas se vuelven evangélicas porque quieren ser cristianas y la Iglesia católica no les ofrece alternativa. Ella está casi ausente del mundo popular. Continúa creyendo que lo importante es conservar las élites y que de las élites deriva el comportamiento de las masas, exactamente como en el tiempo de la cristiandad. Ella continúa usando el discurso de los pobres, pero es un discurso vacío – hasta el FMI y el Banco Mundial pasaron a usar ese discurso. Sin embargo, continúa habiendo en esas masas populares la mayor receptividad para la revelación de la verdad de Jesús.

6. LA VERDAD LIBERA

“La verdad os liberará” (Jn. 8,32). Jesús se refiere a la verdad plena, que es él mismo. Hay verdades parciales que también liberan parcialmente. Un nuevo conocimiento científico puede liberar de una enfermedad. El conocimiento de las leyes puede liberar a los ciudadanos, que pueden controlar a sus autoridades. Una nueva constitución puede liberar a los esclavos, los indios y las mujeres. Eso porque la lucha de liberación humana envuelve un gran número de libertades parciales. Esas libertades parciales exigen muchos conocimientos, una conciencia social renovada, la acción de movimientos científicos o sociales en que todos son llamados a colaborar. No está a nuestro alcance una forma de acción que pueda llevar a la libertad total. La liberación humana es una larga caminata, hecha de múltiples acciones parciales y de muchas etapas en el tiempo.

Jesús no se refiere a esas múltiples formas o elementos de liberación, aunque esté actuando en la base de todas. La libertad a la que se refiere Jesús, es aquella que afirma el respeto por la totalidad de la vida y del mundo. La liberación de la que habla Jesús es exactamente el proyecto de liberación asumido. La masa humana espontáneamente no busca una liberación porque está persuadida de que es imposible. Encuentra que la liberación es ilusión, y que cada uno debe adaptarse a este mundo tal como es – y no vivir de sueños. Por eso, por no creer, no entra en la caminata por un mundo nuevo. Lo importante es descubrir que debemos buscar la liberación, que nuestra vocación humana es luchar por un mundo nuevo, renovado en su totalidad y que esa caminata es justamente el amor de Dios, encarnado en nuestra vida y, por consiguiente, es la única cosa importante que debe envolver toda la vida.

Descubrir eso libera porque pone en movimiento todas nuestras fuerzas. La mayoría de los seres humanos usa solamente una mínima parte de sus cualidades. El descubrimiento de la verdad libera la acción, porque libera el amor que se dispone a construir ese mundo nuevo.

La verdad libera de la mentira – y este mundo está dominado por la mentira. Hay muchas mentiras particulares, pero hay una mentira fundamental, que consiste en encubrir la verdad con deformaciones que engañan. Para Jesús, la mentira fundamental es la mentira de la religión que las autoridades inculcan al pueblo, y éste les ofrece una audiencia ingenua. La gran mentira es el engaño en nombre de Dios.

En el libro del Apocalipsis, la mentira está personalizada por la segunda Bestia enviada por el Dragón. Esta Bestia seduce a los habitantes de la tierra y los lleva a obedecer a la primera Bestia que es poder de muerte. Así la mentira de la falsa religión seduce a los habitantes y los hace aceptar el dominio de un poder de muerte. (cf. Ap. 13,11-18). La gran mentira es decir a los seres humanos que deben obedecer, someterse al orden de las cosas y que Dios garantiza la observancia de ese orden. De ese modo, la mentira desmoviliza las masas de pobres y hace que la dominación y la muerte puedan prevalecer.

Esa dominación tuvo varias encarnaciones en la historia. Hoy la dominación es del sistema económico. La publicidad convence a los habitantes de la tierra que no vale la pena luchar contra el orden económico, y que, por el contrario, éste va a traer la felicidad a los pueblos. Procura convencer al mundo de que ese orden económico será la felicidad y la plena realización del ser humano. En la práctica, ese orden confiere a una pequeña parte privilegios exorbitantes – un alto ejecutivo puede ganar más que diez mil empleados. Es la gran mentira delante de la cual el mundo entero se inclina. Solamente algunos se atreven a levantar la cabeza, como hicieron los tres jóvenes del pasaje bíblico que se negaron adorar la estatua de Nabucodonosor.

En ese sistema todo está subordinado al dinero; todo se transforma en mercadería; todo se puede y se debe comprar o vender. No hay más gratuidad. No hay ninguna intervención de amor por medio de la solidaridad. Cada uno es obligado a entrar en la lucha para ganar más dinero, porque no hay más seguridad social. Hay una inmensa máquina cultural para disfrazar la realidad del sistema y confundir a los esclavos para que acepten la esclavitud. La mentira envuelve todos los aspectos de la vida humana, individual y social.

Esa lucha contra la mentira entrega el contenido del Antiguo Testamento, que narra las luchas entre los profetas y las estructuras de poder -políticas y religiosas- que enseñan la mentira. Los profetas denunciaron las mentiras. Fueron perseguidos, denunciados como malos judíos, traidores de su pueblo. Jesús es el punto culminante de la historia de los profetas. Sin embargo, su lucha contra la mentira debe continuar. Jesús no quiso destruir el poder de la mentira por medio de milagros, sino convocó a los discípulos para continuar esa lucha. Quien se deja seducir acaba fortaleciendo el poder de la mentira. Todos deben escoger, nadie queda fuera del debate. Quien no está con la verdad, está con la mentira. Lo que la Biblia revela es que la humanidad debe tomar partido y que nadie escapa.

La verdad libera del pasado. El pasado pesa mucho. Civilizaciones enteras desaparecieron, porque no consiguieron sobrepasar su pasado y entrar en una nueva etapa del mundo. Ese peso del pasado aflige a la Iglesia católica desde el final de la Edad Media – y sobre todo, desde el siglo XIX, cuando se hizo más patente que el mundo estaba cambiando. Las instituciones son pesadas y tienen un factor de inercia muy fuerte. Las burocracias son inertes por naturaleza y la Iglesia católica se convirtió en una gran burocracia – que ni siquiera imagina poder cambiar. Las burocracias se oponen a cualquier cambio, porque el cambio afectaría el orden de las promociones y podría poner en peligro la carrera de los burócratas. Para la burocracia la única cosa importante es la carrera burocrática. La recomendación es que se haga lo menos posible, dando la impresión de hacer lo máximo: producir mucho papel impreso, sin nunca llegar a una aplicación práctica.

Desde el Vaticano II, todos los cambios hechos tuvieron poco efecto práctico. Se cambió para no tener que cambiar. Así fue en materia de doctrina, liturgia y derecho canónico. Todo cambiado para no cambiar casi nada; para dar la impresión de hacer concesiones a lo nuevo, pero sin cambiar nada que sea importante. Prisionera de su pasado, la Iglesia prefiere morir, así como sucedió con varias Iglesia orientales que no consiguieron cambiar.

La verdad hará descubrir que toda esa pasividad, todo ese miedo, procede de un miedo a vivir y a aceptar la caminata del reino de Dios. El miedo hace que las burocracias permanezcan apegadas a las formas exteriores, a un sistema simbólico.

La verdad hace ver el dominio del miedo sobre las civilizaciones, los pueblos y las instituciones eclesiásticas. Ella disipa todas las falsas razones invocadas para no abrir caminos y paralizar la caminata del reino de Dios.

La verdad relativiza los deseos. A la luz de la verdad, todo queda reducido a cosas secundarias. El dinero deja de ser la norma, y debe permanecer bajo control. El deseo de poseer retrocede y tiende a desaparecer. Al lado de la única cosa realmente importante, las necesidades quedan reducidas. No es que la verdad obligue a practicar mortificaciones, a reprimir los deseos. Los deseos no son reprimidos, simplemente tienden a desaparecer. Por eso, la persona que está en la verdad no siente falta de nada, goza de todo lo que le es dado, pero no siente necesidad de más cosas. No es una persona reprimida, sino satisfecha y feliz.

Muchas veces la literatura, la historia, pero también testimonios personales mostraron una visión diferente. Presentaron a los monjes y a los religiosos en general como personas que sufren constante represión. Serían reprimidos por una autoridad, un reglamento, una regla rigurosa; reprimidos interiormente, por sí mismos, por miedo de ser infieles–no pueden hacer esto, no pueden hacer aquello, habiendo “mil cosas” que no pueden hacer. Tales casos acontecieron – y más frecuentemente de lo que sería deseable. En el pasado, muchos ingresaron a la vida religiosa sin tener las disposiciones necesarias, los superiores no supieron practicar el discernimiento adecuado. No solamente aceptaron candidatos sin discernimiento, sino que hicieron propaganda usando los métodos de la publicidad para atraer la juventud. De ese modo, ellos crearon enormes problemas para más tarde y sacrifican vidas humanas que no encuentran la felicidad, porque viven en instituciones que no corresponden a sus capacidades.

El problema en ese caso no viene de Dios, sino de autoridades humanas que no saben seguir los consejos de Jesús y buscan el poder de su institución en lugar del reino de Dios. Sustituyen la verdad por códigos humanos. Sin embargo, no se puede generalizar: quien entró voluntariamente y con discernimiento en una forma de caminata del pueblo de Dios, no puede ser reprimido, sino que encuentra la felicidad en una vida de lucha contra la mentira y por la verdad.

La conquista de la libertad personal es una tarea que dura toda la vida. Al mismo tiempo, y entrelazada con ella, surge la liberación de las dependencias exteriores. Esa conquista de las libertades en la vida pública es tan difícil como la libertad interior o personal. La sociedad capitalista es sumamente autoritaria y quien quiere hablar libremente, criticar libremente, queda excluido del mundo del trabajo. Solamente tiene el derecho de trabajar quien se somete al sistema. En las últimas décadas, empeoró mucho la condición de los trabajadores. La conquista de la libertad de trabajo se vislumbra como una marcha penosa, difícil y arriesgada.

Las luchas sociales y políticas de los últimos siglos reciben su luz de la verdad de Jesús. Percibiendo toda esa historia bajo el enfoque de esa luz, entendemos que fueron etapas en la caminata de liberación del pueblo de Dios. Hubo casos de personas que buscaron promoción personal en esas luchas, pero eso no quita valor al movimiento. Mirando la historia, sin duda, hubo muchas ambiciones personales, muchos resentimientos, mucha compensación por las humillaciones recibidas entre los líderes y los militantes de esos movimientos. Pero eso no puede ser un pretexto para descartarlos, como aconteció en el caso del socialismo. Ni siquiera el ateísmo puede ser un motivo, porque nunca se sabe quien realmente cree en Dios y quien no cree. Un ateo puede negar a Dios, por situarlo más allá de todas las categorías y sobre todo fuera de los sistemas religiosos. Otros pueden ser propagandistas de un Dios que confunden con un ídolo.

La liberación va siendo construida entre ambigüedades. La humanidad avanza en medio de corrupciones y deformaciones. Sin embargo, con el mirar de Jesús, percibimos los movimientos profundos y todas las generosidades humanas que actuaron en esos movimientos.

La Europa cristiana fue la madre, la matriz de las revoluciones. Sus revoluciones no son puros actos de rebeldía. Del imperio bizantino ya se dijo que era un régimen totalitario compensado por el asesinato – cuando el pueblo no aguantaba más, mataba al emperador, pero el sucesor recomenzaba la misma cosa. Las revoluciones son mucho más que eso. Constituyen pasos en la marcha de la libertad y por eso están en la caminata del pueblo de Dios, a pesar de todos los pecados particulares.

Si las revoluciones fueron tantas veces conducidas por personas ajenas a la Iglesia y al cristianismo, eso no autoriza a desacreditarlas. Delante de la posición conservadora de la jerarquía, los católicos no se atrevieron, y, en lugar de asumir el liderazgo de los movimientos revolucionarios, se colocaron en la oposición, como adversarios. Llegaron al punto de encontrar que la palabra libertad era condenable – como aconteció en la encíclica Mirari vos, de Gregorio XVI, que condenó todas las libertades modernas.

Revoluciones verdaderas son aquellas en que el pueblo tiene amplia participación y que corresponden a sus anhelos, no movimientos de puras élites en que el pueblo no se reconoce. Las revoluciones contribuyen a la marcha del pueblo de Dios, en la medida en que son movimientos de los pobres y promueven a los pobres.

Positivamente, la libertad consiste en realizar obras sin interés, simplemente por amor, obras que dan vida. Jesús multiplicó las obras destinadas a todos los excluidos de su tiempo. A todos restituyó la vida. Los levantó del rechazo del cual eran víctimas.

Dios da gratuitamente y muestra su grandeza y su poder en el don gratuito. La vida de Jesús muestra la presencia constante del don de la gratuidad. En eso consiste su libertad. Jesús despierta la libertad y vuelve a la persona semejante a sí mismo. De esa manera, Dios dio la libertad, acto supremo de libertad.

Los dones de Dios se dirigen al don final para el cual todos son dirigidos y que todos preparan: el don de la libertad; el don de poder amar por voluntad propia, por iniciativa propia, como plena realización de sí mismo. Amar es dar libertad.

Amar al esposo o a la esposa es ayudar a crecer en la libertad. Amar a los hijos es educarlos para la libertad – y, de la misma manera, todas las formas de amor. Esa es la verdad, y lo que la verdad genera.

Jesús dice que la verdad liberará. Por ahí sabemos de qué manera Dios libera o hace nacer la libertad en la humanidad. Él hace aparecer la verdad. Ella es una experiencia fulgurante, como aparece en la vocación de los profetas del Antiguo Testamento. La verdad se manifiesta con tanta fuerza, tanta transparencia, que las resistencias caen. Los obstáculos para la libertad se disipan y algo que parecía imposible, fuera del alcance de las fuerzas humanas, se revela como real.

No se trata de una simple convicción intelectual. Una nueva comprensión intelectual no cambia la vida, no realiza el paso de una era de oscuridad para una era de luz. La verdad de Jesús es una experiencia total, que alcanza, las bases de la personalidad, las fuentes de vida y de energía. Por eso, la Biblia repite que la palabra de Dios es fuerte y poderosa y no permanece sin efecto. El efecto es ese despertar de la libertad.

La libertad no es un don que viene del exterior, no es un objeto o una realidad jurídica. La libertad es lo que hay de más intimo en la persona. Ella no puede venir de afuera como algo añadido a la personalidad; brota del fondo del ser como algo sumamente personal; pertenece a la creación; es la vida que sale del mismo ser viviente. La verdad, que es Jesús, llega a ese fondo de la persona. Ella se muestra, se vuelve evidente para el sujeto que descubre la realidad de manera renovada. Los enemigos de Jesús, que son las autoridades religiosas de su pueblo, no perciben eso. Pero el ciego de nacimiento que recuperó la vista, este si sabe que descubrió la verdad (cf. Jn.9,1-41). El ciego que recupera la vista, o que nace para la vista, es una imagen de predilección de Jesús. Los ojos que no percibían, de repente perciben.

Ese surgimiento de la luz y esa iluminación no se producen necesariamente de una vez, sino pueden aparecer también por etapas en el trascurso de la vida. Algunos reciben una revelación que les cambia la vida. Otros pasan por varias fases. Algunos pueden retroceder para avanzar de nuevo después del retroceso.

La verdad de Jesús continúa generando libertad por medio del actuar de los seguidores de Jesús. En la vida, en los gestos, en las palabras de los discípulos se manifiesta la verdad de Jesús. Los discípulos no manifiestan una verdad que vendría de ellos mismos, sino de Jesús. Actúan de tal modo que se advierta que no son ellos quienes actúan, sino Jesús por medio de ellos. Hay una inmensa variedad de actos humanos que pueden manifestar de esa manera la eficacia del amor de Dios por los seres humanos en lo concreto de la existencia de cada uno. Sin la mediación de los hombres y de las mujeres que se entregaron a Jesús -y son portadores de la luz de él-, Jesús quedaría sin manos para actuar.

¿Podemos afirmar que esa verdad es manifestada con fuerza hoy? A primera vista no parece. Por el contrario, parece que – sobre todo desde la década de los 90s, cuando el neoliberalismo norteamericano de los años 80 se instaló en el Tercer Mundo-, el reino del dinero creció en el mundo entero. La idolatría del dinero se extendió a las mayorías humanas engañadas por las élites de la economía y de la política con la ayuda de los intelectuales. Hoy, la base de la sociedad ya no es la solidaridad, el reconocimiento mutuo y el compartir, sino la competencia, la búsqueda del dinero, el crecimiento de la acumulación del capital. El individualismo triunfa y las doctrinas oficiales están todas enseñando el individualismo.

Es verdad que ya se levantaron muchas voces, pero no basta protestar verbalmente. Es preciso participar de una acción política mundial de nuevo tipo para forzar a las élites a aceptar cambios básicos en la estructura de la convivencia humana. Es preciso renovar la lucha por la libertad por medio de la verdad.

7. LA VERDAD Y LAS VERDADES

Jesús no enseñó una doctrina religiosa. No enunció una doctrina sobre Dios, sobre el mismo o sobre el Espíritu Santo – menos aún sobre la Iglesia o los sacramentos. Él se presentó, vivió, actuó, condenó ciertos actos, aprobó otros, anunció un futuro mejor, apeló para una vida renovada, pero no enunció ningún código de proposiciones teóricas. Mostró un camino para vivirse y, por eso, en el comienzo sus discípulos denominaban lo que él les había dejado como “el camino”.

Sin embargo, el camino de Jesús entró en el territorio de la cultura griega. Poco a poco, el mensaje cristiano fue adoptado por personas que habían recibido formación literaria y después incluso filosófica. En todo caso, en aquel tiempo, la filosofía ya daba a la cultura sus orientaciones principales.

Ahora bien, el concepto griego básico es el concepto de “ser” –, el que las otras culturas ignoran. Las otras culturas privilegian conceptos que describen lo que sucede, o lo que se está haciendo. Ellas tienen una visión dinámica del mundo, mientras que la cultura griega tiene una visión estática. La cultura griega no mira para el actuar transformador, sino por los estados sucesivos que una realidad puede tener. La ciencia eminente es aquella que define lo que son las cosas. Por eso ella dio origen más tarde a la cultura científica, pues ésta clasifica rigurosamente los objetos, de su consideración para definir las relaciones entre ellos. Ella no se interesa por lo que no cabe dentro de clasificaciones.

Por eso hubo una época en la Iglesia en que la atención de los intelectuales comenzó a concentrarse en la cuestión de saber lo que es el cristianismo, lo que es el Dios cristiano, lo que es Jesús, lo que es el Espíritu Santo, etc. Comenzaron discusiones, oposiciones y debates en la tentativa de descubrir el significado de esos conceptos. En el siglo IV, las elites cristianas estaban en pleno debate y eso se prolongó hasta el presente. Entonces apareció la distinción básica entre ortodoxia y heterodoxia o herejía. Cada grupo acusaba al grupo antagonista de heterodoxia y se presentaba como ortodoxia – hasta que un día había la intervención de una autoridad superior para decidir lo que era ortodoxia o heterodoxia. En el Oriente, esa intervención cabía al emperador y en el Occidente al Papa – por lo menos desde el siglo XI. En el mundo griego, el pensamiento simbólico de las civilizaciones anteriores fue sustituido por el pensamiento racional. En la cultura griega, la verdad consiste en definir el “ser” más allá de las apariencias o de las deformaciones que proceden de todas las fuentes del error.

En el primer gran debate se procuró saber si Jesús era o no era Dios, si era de naturaleza divina o de otra naturaleza. A primera vista, hay textos contradictorios en el Nuevo Testamento, lo que abre la puerta para las controversias. En el Concilio de Nicea, por no reconocer la total igualdad entre Dios y Cristo, el arrianismo fue condenado, y fue enunciada la famosa fórmula de fe ortodoxa –confirmada y reforzada por el primer Concilio de Constantinopla. Poco a poco, la ortodoxia se impuso en la cristiandad entera gracias al apoyo imperial. Hasta hoy ella está integrada en la liturgia de la Eucaristía, aunque pueda ser sustituida por la fórmula más breve, denominada Símbolo de los Apóstoles.

El segundo gran debate fue sobre la humanidad de Jesús. Una vez definida su divinidad, surgió la pregunta sobre su humanidad. ¿Cómo un Dios y un hombre pueden coexistir en la misma persona? Finalmente se llegó a la fórmula, igualmente famosa, del IV Concilio Ecuménico de Calcedonia, definiendo que en Cristo estaban dos naturalezas, la divina y la humana en una sola persona. De esa manera Jesucristo recibió un status de racionalidad. Entraba en las clasificaciones del ser. Desde entonces, los cristianos podían saber lo que Jesús “es”.

En esa circunstancia, fueron condenados dos patriarcados, o sea, todas las iglesias de Egipto, que seguían al patriarcado de Alejandría, y todas las Iglesias de Siria, que seguían al patriarcado de Antioquia. Hasta hoy esa división subsiste. La Iglesia del Oriente expulsó de su seno a los dos patriarcados más antiguos y famosos, y de donde habían salido los mejores doctores y muchos Padres de la Iglesia. Expulsó a la mitad de sus miembros por una cuestión de fórmula dogmática. Hoy los historiadores constatan que, en el fondo, todos querían decir la misma cosa por medio de fórmulas diversas – y que no había motivo para condenación, excomunión y cisma. Lo que había eran problemas políticos. La Iglesia imperial de Constantinopla no podía tolerar las actitudes de independencia del cristianismo egipcio, así como del cristianismo semítico de la Siria. Aprovechó una discusión de conceptos para obligar a las iglesias de Egipto y de Siria a aceptar el liderazgo de Constantinopla, o sea, la subordinación a la religión imperial. Desde entonces, los sucesores de la Iglesia imperial de Constantinopla se atribuyen el título de ortodoxos y consideran a las Iglesias coptas, o monofisitas de Egipto y a las Iglesia siríacas o nestorianas de la Siria como heterodoxas. La Iglesia de Roma tomó el partido de la Iglesia de Constantinopla y consideró también como heterodoxas a las Iglesias del Egipto y de Siria.

Esa orientación filosófica, en el fondo racionalista, de la enseñanza del cristianismo tuvo consecuencias que aún hoy nos afectan profundamente.

En primer lugar, las verdades definidas oficialmente recibieron progresivamente un status superior: ellas son verdades “definidas”. Las enseñanzas de la Biblia son consideradas como más primitivas, más populares que las verdades definidas. Las enseñanzas de la Biblia son consideradas como sujetas a controversias, pero las verdades definidas son tenidas como definitivas, irreformables, y constituyen la base de la doctrina oficial de la Iglesia. Ellas proporcionan la interpretación obligatoria de la Biblia y, por eso mismo, son más fundamentales. La teología católica adoptó progresivamente la forma de comentarios de los dogmas definidos, mientras que la Biblia suministraba solamente el apoyo de los dogmas, pero eran leídos a la luz de los dogmas. Se llegó a una desvalorización de la Biblia. De cierto modo, el conocimiento de los dogmas podía útilmente sustituir a la lectura de la Biblia. Era un camino más seguro y más rápido de conocer la verdad.

En segundo lugar, la promoción de los dogmas definidos era al mismo tiempo la promoción de las autoridades que habían definido esos dogmas. Esa autoridad es atribuida a los obispos reunidos en Concilio – y, en el Occidente, se llegó al punto de definir que, solo, el Papa puede definir dogmas. De esa manera, el Papa sería el depositario de la verdad, porque depositario de las verdades reveladas por Dios, y podría acrecentar interpretaciones para aumentar el depósito de esas verdades. En la práctica, los Concilios se sobreponen a la Biblia y, en el Occidente, el Papa llega a ser la fuente de toda la verdad – porque él juzga el contenido de la Biblia y dice cuál es el sentido de las proposiciones enunciadas en la Biblia. Nace también el concepto de magisterio. Los Concilios o el Papa definen las verdades del cristianismo. No solamente enseñan, sino que ellos también son los dueños de la Biblia. La teología será un servicio auxiliar del magisterio, encargado de comentar, defender o explicar las verdades definidas por el magisterio.

Las proposiciones definidas por un Concilio Ecuménico o por un Papa, con la solemnidad definida por ellos mismos, son tenidas por definitivas e irreformables. Sin embargo, una mirada sobre los documentos de los Concilios o de los Papas muestra que en varias circunstancias erraron, definiendo doctrinas que no fueron enseñadas más tarde. Por respeto, nunca se confiesa que el Concilio erró. Por ejemplo: el Concilio de Florencia, en 1442, declaró solemnemente que “ninguna persona entre las que están fuera de la Iglesia Católica – no solamente los paganos, sino también los judíos, los herejes o los cismáticos – puede llevar a ser participante de la vida eterna; sino que todos irán para el fuego eterno que fue preparado para el diablo y sus ángeles (cf. Mt. 25,41)” . El Concilio Vaticano II enseña explícitamente lo contrario (véase, por ejemplo, Dei verbum n.3). La explicación de esa contradicción está en la relatividad de la historia. Los dos Concilios pertenecen a épocas diferentes.

Esa observación reconoce la historicidad de los textos del magisterio. Pueden haber sido influenciados por el contexto cultural en que fueron definidos y promulgados. Por eso, una de las tareas que se ofrecen a los teólogos sería justamente la revisión de todos los textos conciliares o de los Papas, dentro de su contexto histórico. En aquel tiempo, ellos querían dar la interpretación obligatoria y definitiva de los evangelios y del Nuevo Testamento. Sin embargo, nadie está fuera de la historia. En sus definiciones, los Concilios y los Papas pueden haber sido intérpretes de su cultura, aunque de modo inconsciente. Con la conciencia de estar situados, en un punto de vista absoluto, ellos pueden expresar sin saber lo que procede de su contexto filosófico, cultural o incluso político.

La tercera consecuencia importante de la formulación de los dogmas fue la selección consciente o inconsciente practicada en los textos de la Biblia. Fueron destacados algunos pasajes bíblicos y otros no fueron considerados. La catequesis y la teología se dedicaron a los dogmas definidos y no valorizaron la Biblia en su conjunto.

Por ejemplo, los dogmas cristológicos – objeto de las declaraciones de los Concilios desde Nicea en 325 hasta Calcedonia en 453- , concentran toda la atención de los teólogos y del magisterio. La vida humana de Jesús, todo su ministerio, su proyecto, todo lo que hizo de su vida una historia dejó de ser estudiado. Bastaba saber que Jesús era Dios. Los catequistas procuraban mostrar en todos los textos de los evangelios señales de su divinidad. Todo fue pensado como si las circunstancias y la evolución de la vida humana y de la misión profética o mesiánica de Jesús no tuviesen ningún valor de revelación, como si todo eso fuese sin importancia para un cristiano. De hecho fue solamente en el siglo XX que se comenzó a estudiar la vida humana de Jesús como vida humana y no simplemente como naturaleza humana.

Hoy llegamos a la convicción de que para ser cristianos no basta creer en la divinidad de Jesús, sino es necesario vivir en el seguimiento de los pasos de Jesús -siguiendo el camino trazado por él cuando estuvo en este mundo. Durante 15 siglos ni los catecismos, ni la teología, ni los documentos del magisterio nos dieron orientaciones en ese sentido. Eso ya bastaría para explicar por qué la mayor parte de los católicos fueron tan conformistas, tan inconsistentes en su vida en este mundo.

El Concilio de Trento destacó de tal modo la doctrina de la justificación por los sacramentos, que concentró toda la vida de la Iglesia católica en los sacramentos. Las parroquias son los centros de distribución de los sacramentos. Los sacerdotes se dedican básicamente a la celebración de los sacramentos y sobre todo entienden que su papel consiste en celebrar sacramentos. Los católicos llegan a pensar que lo esencial para la salvación son los sacramentos.

Por eso, la gran preocupación de los misioneros fue, antes que todo, bautizar. Los doce franciscanos que evangelizaron la Nueva España consiguieron bautizar a cuatro millones de indígenas en 20 años. Hallaban que la evangelización podía esperar porque el bautismo era más urgente. Una vez bautizados, por lo menos los indígenas tenían la salvación eterna asegurada. En otros lugares, los misioneros, que no conseguían convencer a los adultos, se dedicaban a bautizar a los niños que morían prematuramente. Por lo menos serían almas que se salvarían, ya que los adultos no querían la salvación. Y San Francisco Javier no podía dormir pensando en esas inmensas masas humanas de la India o de la China que irían todas para el infierno si no fuesen bautizadas. Lo importante era bautizar. Después de eso vendría la misa y la confesión. Se daba poca importancia a saber lo que esos paganos bautizados entendían por bautismo.

Si recordamos las misiones realizadas en el interior – las llamadas santas misiones, predicadas por capuchinos, redentoristas y otras congregaciones dedicadas a ese ministerio -, de nuevo todo estaba centrado en los sacramentos: casamientos, bautismos, confesiones y comuniones.

La herencia de esos siglos de misiones son esas masas que se creen o se dicen todavía católicas, pero que están sin defensa ante mensajes mucho más conscientes – sea frente al pentecostalismo, sea frente al secularismo moderno. No saben cómo explicar o justificar su pertenencia a la fe católica ni siquiera delante de sí mismos y quedan desconcertados. Terminan abandonando los propios sacramentos que no consiguen entender. Todo estaba concentrado en los sacramentos, pero no tenían asimilado su contenido.

La doctrina del pueblo de Dios, fue olvidada durante siglos, sobre todo después del Concilio de Trento. Desde entonces, la Iglesia fue definida por la institución que nació de su presencia en el mundo greco-romano, con la prioridad del discurso racional y con el sistema imperial y vertical de la autoridad. La Iglesia se identificó con el derecho canónico y éste fue una réplica del derecho romano, o sea, del derecho imperial, dictatorial y totalitario de Justiniano. El pueblo desapareció. Aparecieron los laicos, o sea, los cristianos que no tienen poder, sino solamente el deber de obedecer – y de pagar, como decía un filósofo francés.

La moral fue reducida a un código de pecados y de obligaciones jurídicas – se resumió a lo que San Pablo llamaba ley. No tomó en consideración las actitudes de Jesús, la complejidad del camino de cada persona. La moral era jurídica, sin tomar en consideración los tiempos y sin contemplar a las personas. Todo el camino de Jesús fue reducido a un código de dogmas para creer, de sacramentos para recibir y de leyes para observar. Todo eso funcionó a lo largo de los siglos de la cristiandad, toda vez que el prestigio y el poder de la Iglesia no tenían límites y el brazo secular consiguió aplastar todas las tentativas de insurrección – por lo menos hasta que los reyes o príncipes protestantes desafiaron el poder de los Papas. Una vez que terminó de pesar el poder del clero, comenzó la decadencia del sistema- los indicadores muestran que tal decadencia parece estar cada vez más acelerada.

Las primeras generaciones cristianas ignoraban nuestros dogmas. Para ellas, muchos elementos del camino de Jesús permanecían en el misterio. No querían penetrar en ese misterio. Lo respetaban, teniendo presente que lo esencial no era saber, sino vivir, practicar, seguir el camino de Jesús. Se podría preguntar si no habría sido mejor continuar ignorando cosas que no nos ayudan a vivir mejor, no procurar saber lo que no se debe saber, y solamente sirve para alimentar el orgullo y fomentar divisiones irreparables. El magisterio puede pensar que cada nueva definición enriquece el tesoro de la Iglesia, pero la realidad no parece confirmar esa pretensión.

Aquí mismo, en América latina, experimentamos los efectos de esa voluntad de definir las cosas, de enunciar dogmas, afirmar y definir preceptos y obligaciones. La teología de la liberación fue condenada, pero de ese modo se mató toda la vida teológica. Actualmente, los profesores se contentan con repetir la doctrina oficial enseñada en las facultades romanas.

Las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), fueron condenadas, y la consecuencia fue que la Iglesia católica abandonó a los pobres- y esos fueron a buscar refugio en las Iglesias pentecostales. El ejemplo más relevante es el de Rio de Janeiro, donde la jerarquía condenó sistemáticamente a las CEBs. Actualmente, la mayor proporción de pentecostales se encuentra en Rio de Janeiro. En presencia de estos hechos, es lícito preguntarse: ¿por qué la manía de sospechar y condenar? ¿Por qué la manía de querer dirigir la vida y no permitir que aparezcan cosas nuevas?

Hoy la situación empeoró, porque la Iglesia se burocratiza cada vez más. Crece la administración del Vaticano, de las conferencias episcopales, de las diócesis y de los institutos religiosos. Aumentan las reuniones, las conferencias y los debates. Llegamos a un tiempo en que los sacerdotes pasan la mayor parte de su vida haciendo reuniones pastorales, discutiendo sobre palabras y casi nada de realidad.

Cada burocracia tiene que justificar su existencia a sus propios ojos y a los ojos de los otros. Debe mostrar su eficiencia y su necesidad. Ella hace eso llenando papeles impresos, redactando documentos, publicando declaraciones. Cada año aumenta el volumen de papel escrito. Hoy nadie más consigue tener conocimiento detallado de todos los documentos publicados por el Vaticano. Claro que eso no tiene importancia. Esos documentos no son hechos para ser leídos, sino apenas para justificar la existencia de la burocracia. Si existe una institución encargada de defender la fe, su trabajo consiste en detectar herejías – o amenazas de herejías o posibilidades de herejías – y publicar documentos sobre esa materia. Si no descubren herejías, ellas tienen la impresión o dejan la impresión de ser ineficientes. Su existencia correría riesgos. No hay razón para que esa burocracia no obedezca las normas de todas las burocracias.

De ahí se puede concluir que los documentos del magisterio serán cada vez más irrelevantes porque son expresiones de las necesidades de una burocracia que vive cada vez más distante de la realidad del pueblo cristiano.

En presencia de tantos textos dogmáticos, de aquí en adelante nuestra tarea cambia. Estamos saliendo de la época greco-latina de la cultura Occidental. El modo de conocimiento trasmitido por los griegos a los doctores cristianos está agotado. Debemos hacer el camino inverso. En lugar de buscar nuevos dogmas, debemos de reducir el número de dogmas y volver a la indefinición del misterio primitivo. En el lugar de querer saber más sobre la “naturaleza” de las cosas de Dios, sobre el “ser”, contentarnos con el actuar. Sabiendo como actuar, podemos dejar de lado el aspecto teórico del saber de las esencias. La vida es misteriosa y Dios es misterioso. Es mejor hablar de él de forma simbólica o poética que de forma supuestamente racional. La verdad no está en los conceptos, sino en la vida realmente vivida – en los actos dentro de la caminata del reino de Dios.

Crece cada día la convicción de que estamos en una sociedad en transición. La sociedad rechaza las estructuras básicas de su pasado, pero aún no sabe reconocer el futuro. Nosotros, cristianos, tenemos una referencia que nos ofrece la luz para el futuro, como la ofreció en el pasado. En la vida de Jesús, iluminada por la totalidad de la Biblia, sabemos que es posible descubrir las nuevas estructuras, el nuevo modo de vivir de acuerdo con el evangelio. Ahí podemos descubrir la verdad.

CONCLUSION

La construcción teológica tradicional nos parece superficial y sirve para ocultar los verdaderos desafíos. Esa teología no tiene eficacia. Ella no cambia nada. Durante siglos sirvió para mantener a la Iglesia en la inercia, para consolidar su estructura haciendo que apareciese como inmutable. Impidió la vida y no suministró un real conocimiento. Conocer una persona, conocer una realidad del mundo es mucho más que el juego de conceptos practicado por esa teología. La verdad es Jesucristo. Esa teología no llevó a la Iglesia el conocimiento de Jesús. Son otros los caminos. No será superfluo recorrer las tradiciones de sabiduría de todas las culturas para caminar con más seguridad. El camino escogido por la teología Occidental sirvió para exasperar las divisiones, para fabricar herejías y expulsar de la Iglesia a las personas que trataban de hacerla presente en un mundo en cambio constante. El Concilio Vaticano II mostró hasta que punto la teología está lejos de la realidad. Ofrecieron una buena teología; ¿y qué fue lo que sucedió? ¡Nada! Toda esa teología quedó paralizada. Trajo satisfacción humana y nada más. Cuarenta años después la Iglesia continúa inmutable, paralizada y poco capaz de evangelizar. La multiplicación de las teologías contextuales es la expresión de ese malestar. Hasta ahora ellas presentan más preguntas que respuestas, pero ellas son la señal de que los cristianos buscan otra cosa. No pueden separar más el conocimiento de la vida, de la experiencia vital. No quieren más una teología gratuita.

Folleto: O que é a verdade?, J. Comblin. Paulus, Sao Paulo, 2005

Traductor del portuguès al español Juan A. Subercaseaux A.
Editor: Enrique A. Orellana F.
Colaborador: MTSICH

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