Primera Red Latinoamericana de Terapeutas Comunitarios

Esa mañana, se levantara con un propósito: escribiría un libro. Un libro de pocas páginas. Talvez uno de una pocas líneas, como esos cuentos de Machado de Assis en Historias de 15 días. Bajó al comedor con su amada y su amigo antiguo. El día estaba lindo. Como entre paréntesis, tomó su café, recibió el saludo de su amiga venezolana, y volvió a la cabaña. La vida de escritor es ardua, incesante, escribes hasta cuando no escribes. Cuando no escribes, estás escribiendo dentro de ti las historias que escuchas, las que lees en los ojos y en los rostros, en las miradas y en las sonrisas, en los gestos de quienes están alrededor tuyo.

En pocos días volverías a tu casa al borde del mar, entre grillos y silencios. Talvez te doliera esa soledad que amas, en la que te envuelves. Talvez te doliera volver a ese jardín que apenas recibe tus pasos y tus miradas. Talvez fuera ese el dolor de esa mañana. O talvez te doliera el desencuentro con quien te negara su saludo en esos días de confraternización en que se tejía, silenciosa, la primera red latinoamericana de terapeutas latinoamericanos. Alguien que pasara de los límites y después con la boca, no con el corazón, no con actos o actitudes, se refugiara en la distancia que quiere ser venganza.

Volverías a tu vida solitaria, solidaria, a veces dolorosa por las trampas que nos tiende la soledad de halar que es amigo quien viene con su sonrisa y apenas quiere oídos dóciles para su voz que no deja espacio para los demás. Ajá. Guardarías los rostros de Daniela, los de Ruth, los de Adalberto riendo y haciendo reír, el rostro de Gladys, de Marcelo venido de Mendoza, Argentina, atravesando muros y tiempos. Silvia, amiga Silvia de tantos caminos. La chica de las vidas pasadas. El mozo que nos servía, el muchacho de la Internet en la carnicería, tu amada dándote cariño en las madrugadas, en tiempos robados al trabajo, arduo trabajo de ser semilla en tierras golpeadas por la depresión y el abandono, esas apóstolas silenciosas, simples y constantes, en la tarea divina de sembrar para la vida nueva, en corazones que se abren al día nuevo, a la vida nueva como tú, que en esta mañana de 5 de julio de 2009, intentas rascuñar ese libro que no viene, ese libro que está guardado en tu corazón y que ves cuando cierras tus ojos y lloras.

Guardarías contigo esos recuerdos de la termas de Guaviyú. El recuerdo de esas horas, esos seres naciendo, volviendo a la vida en la sala de trabajo en que el curso se realizó, volviendo a sí mismos, como Dom Fragoso decía, volviendo a sí, como volviste y Fabiola lo supo pues halló en Internet tu testimonio dado en Venezuela. Llevarías contigo esos recuerdos como una tierra en que tú mismo, no sendo uruguayo sino argentino, un argentino ya muy brasileño, argentino nordestino, llevarías a ti, semente nova, essa alegría de, em poucos dias, Deus mediante, estar novamente às voltas com a tua solidão, tão menos solitária agora, povoada de novas amigas e aquele velho e bom amigo que atravessara a Argentina para se tornar, ele também parteiro da esperança. Mendoza, sua gente, esses rostos índios de caras que conheces bem, cabelos hirsutos da tua terra querida, reunidos entre as vinhas e nos bairros pobres, se reuniriam de manhã ou de noite, a qualquer hora, para celebrar como tantos aqui no Uruguay, no Brasil afora, essa vida que se constrói entre muitos e muitas, de mãos dadas e rindo ainda quando chores pois que não estas só, uma comunidade te acolhe, te aninha. Renasceria Mendoza das suas ruinas e verias a teia comunitária, solidária, se estender por Godoy Cruz e Las Heras, Eugenio Bustos e Coquimbito, Barriales y San Luis, Córdoba, San Juan, San Rafael, Rosario y Buenos Aires. É isto. È isso aí. Pois é. Apois.