Primer momento

Los pajaritos cantan. Empieza el día, y, también, recomienza el tener que elegir y decidir. Qué hacer o no hacer. Por qué sí o por qué no.

Trato de que mis actos estén inseridos en mi historia de vida. Esto de levantarme y empezar a decidir los rumbos del día es un hábito antiguo. Encuentro en estos primeros momentos del día, un espacio de libertad.

Una posibilidad de hurtarme a las presiones sociales. No necesito estar agradando todo el tiempo, ni tampoco tengo por qué estar tratando de enfrentar o combatir siempre.

Puedo estar para mí. Saber que lo que hago tiene una significación interior. No es mera repetición o hábito. Después empezarán las concesiones, una vez que esto es inevitable si es que vivimos en sociedad. Y también lo es, si vivimos en comunidad.

Habrá desencuentros, tanto como convergencias. Similitudes, tanto cuanto diferencias. Y en estos espacios de convivencia, la libertad debe ser siempre preservada. No somos robots, aunque las presiones en dirección a la homogeneidad son tremendas.

No necesito obligarme a concordar ni a discordar. Puedo más bien tratar de estar en mi eje. Tratar de estar centrado. Atento. “Zapatero a tus sapatos,” solía decir mi madre. Este intento por vivir centrado y atento no me garantiza necesariamente un fluir excento de conflictos. Pero me ayuda a tener más flexibilidad en el trato con la gente.

Han pasado muchos años desde que empecé a tomar conciencia de la necesidad de asumir mis propios valores en la existencia social. Mucho es lo que cambió desde el tiempo en que la radio era la primera voz externa que escuchaba al comenzar el día. Pero no cambió el hecho de que sigo necesitando siempre ocupar mi lugar. ¡Buen día!

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