Presente

Creo que en esta situación (y en muchas otras) es importante evitar la tentación de creer que alguien tiene una especie de solución mágica. Una receta que todo el mundo debería seguir.

Frente al cuadro de una sociedad resquebrajada por los golpes continuos que le fueron asestados durante por lo menos los últimos cinco años (rompiendo esa tenue textura que se llama confianza mutua, creencia en la posibilidad de hacer juntxs, respeto básico y elemental a las diferencias), y frente a un sistema político claramente alineado con ese esfuerzo destructivo de los valores básicos de la humanidad, lo que se presenta al lado sano de la ciudadanía (ese sector que no se mueve por dinero o privilegios), es una tarea de hormiga.

Una insistencia en el cultivo de acciones mínimas, cara a cara, en pequeños espacios, confiando en que a partir de estas y otras acciones concatenadas, será posible reconstruir una sociabilidad y una existencia que se pueda llamar de humana. Por supuesto que esto no significa abandonar ningún otro terreno de lucha y construcción. Es solamente un acento que me parece necesario llevar en cuenta, ahora. Tal vez dejar de lado también cierto vicio discursivista, que consiste en creer que con sólo decir las cosas, pronunciar ciertas palabras, ocurrirá lo que esperamos o queremos. Viejos dilemas, eternos. El tiempo pasa, y es como si no hubiera pasado.

Estar de paso no es lo mismo que estar en camino. Ladrar no es lo mismo que conversar. Estamos metidos y metidas en un medio que nos enajena de nosotros mismos, nos aliena del presente, que es todo lo que tenemos. Todo es fugaz, pero no con esa fugacidad poética que nos eterniza, sino con otra que es meramente ausencia. Y en esta superficialidad a que me obligo cuando cedo al bombardeo diario de informaciones que me van sumergiendo en la desesperanza y la desesperación, la impotencia y la resignación, la vida se me va yendo.

En este medio en el que yo ya soy más medio que entero, todo se confunde y me confundo. Ladro creyendo que estoy hablando. En realidad, estoy reaccionado a los ladridos continuos de las TVs y de las redes sociales. Esto es pasar. Estar en camino es lo contrario, es estar focalizado en aquello que me concierne. Mi madre solía repetir refranes. “Zapatero a tus zapatos.” Yo no puedo ni debo ser indiferente a familiares que están enfermos/as, o a amigos/as que también están limitados o limitadas. Esto es estar en camino. Estoy en busca de mí mismo, y esto me lleva a tratar de ir encontrando esa ranura, ese pequeño espacio donde reside la vida.

Mi lugar debe ser habitado. Yo habito mi lugar, si escribo. Si amo, y me mantengo centrado en lo que estoy haciendo. Si respiro y me concentro en lo que hago. Estoy comprobando esto en actos cotidianos. Estaba ayer en la sala de espera del hospital, y me acordé de cuál era el sentido de que yo estuviera allí esperando. Ahora que lo escribo, la sala de espera son ya muchas salas de espera. Pero no me quiero dispersar en esa dirección. Quiero permanecer en lo que me interesa. Vivir centrado en mi quehacer de escritor. Vivir centrado en el amor, que da sentido y organiza mi estar aquí.

Me he ido dando cuenta de que esto del escribir como modo de vida, exige una atención al presente (attention à la vie) que me sumerge en lo eterno. Es una sensación como de cuando yo era chico. Un estar presente, disfrutando, sin ninguna preocupación o miedo. Solamente disfrutando de mirar las flores en el patio de la casa, o viendo una revista, o jugando con el ti-co-ti. El adulto va matando esa espontaneidad, y todo ya empieza a ser despersonalizado.

Ya no vivimos como somos, sino como creemos que deberíamos ser. Es la disociación. Estoy haciendo el camino de vuelta. Y no lo hago solo, sino en diálogo con mi pasado y con mi presente, y con las personas queridas que forman mi mundo. Y aún, con algunas otras personas conocidas, que también forman mi estar aquí. Ayer por ejemplo, me daba cuenta de que le estaba prestando una atención especial a la funcionaria del hospital que nos daba las informaciones sobre la persona de la familia que estaba siendo atendida.

Me daba cuenta de que disfrutaba de estar viendo y escuchando a esta mujer. Su voz, su presencia, me decían cosas. No era una mujer bella, pero había algo lindo en su actitud, en su manera de atendernos, de decir sobre el funcionamiento de la atención médica hospitalar. Esto es lo que vengo buscado, y es lo que encuentro cuando estoy en mi mundo y ocupo mi lugar. Yo no creo que yo haya venido al mundo para desalienar a la gente, sino para desalienarme. Lo hago de esta manera simple, que sin embargo da trabajo. Tengo que dedicarle tiempo y atención. Pero si no lo hago, me deshago.