Por qué leo

Leo con distintos propósitos, actitudes e intenciones. Muchas veces, es como que para dejarme ir hasta esas regiones crepusculares donde fui admitido desde niño, a través de los cuentos que mi madre leía y mi padre contaba. Tal vez esta sea la motivación más esencial y profunda, una vez que gracias a Dios, no me veo más en la obligación de tener que leer para citar autores o autoras, y sus respectivas obras. Leo por placer, por lo tanto.

Y este es un placer muy especial, ya que consiste simplemente en ir viendo lo que el autor y la autora escriben, prestando atención a aquellas palabras o ideas o imágenes que me resultan más originales. Ahora mismo, estaba revisando Relíquias de Casa Velha, de Machado de Assis, y Papéis avulsos, del mismo autor, en busca de un cuento que todavía no encontré, en el cual el personaje era una persona que se veía en una situación que se me presenta diariamente.

La de tener que optar por una entre varias alternativas. El hecho de saber que hay alguien como yo allí metido, en alguna de las obras de este escritor, me transmite una sensación de tranquilidad. Creo que esta búsqueda de identidad, de saber quién soy, de saber a qué me parezco, o a quiénes me parezco, ha tenido y sigue teniendo un papel importantísimo en mi selección de autores y autoras, y sus respectivas obras. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo Prólogos. Con un prólogo de prólogos, de Jorge Luis Borges.

No deja de sorprenderme no solamente la vastedad de sus conocimientos de literatura, sino también, la forma como expresa sus opiniones sobre los distintos escritores y sus obras. Un estilo conciso, claro, directo, como una pincelada. No menos me admiran sus visiones sobre la realidad (el tiempo, las civilizaciones, lo cotidiano). Él mismo dice de sí de maneras tan singulares, que va dejando como que una autobiografía al escribir.

Veamos si no, esta frase: “Macedonio (Fernández) quería comprender el universo y saber quién era, o si era alguien.” Al decir esto, Borges dice también de mí, de sí, de quienes al poetizar, intentamos nacernos de nuevo, incesantemente. Cuando leo la “Canción excéntrica,” de Cecília Meireles, no puedo menos que sentir que es un espejo lo que está frente a mí. Se cosen los textos, se crea un único escrito que me contiene y contiene todo lo que es y todo lo que existe.

Leía de Ernesto Sábato, Uno y el universo, antes de venir a estas soledades campestres donde escribo estas cosas. Ladran los perros de enfrente. Y ya es un poema que junta los pájaros y el cielo y las flores. Volviendo al libro de Borges sobre los prólogos. Al prologar el libro de María Esther Vázquez, Los nombres de la muerte, dice que “no deja de ser significativo que hablemos de contar un cuento y de contar hasta mil.

Todos los idiomas que conozco usan el mismo verbo, o verbos de la misma raíz, para los actos de narrar y de enumerar; esta identidad nos recuerda que ambos procesos ocurren en el tiempo y que sus partes son sucesivas.” Observaciones como ésta, son las que están haciendo para mí, las delicias, al sumergirme en esta obra de Borges que es al mismo tiempo, un espejo y un viaje por el universo.

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