Porqué la poesía

Quiero reflexionar sobre lo que significa escribir poesía, y especialmente hacerlo desde el tiempo actual, aparentemente refractario a la modalidad y rasgos del poetizar.
Cabe admitir, con las ciencias del hombre, que el poetizar es un hecho de las culturas, tanto primitivas como evolucionadas, antiguas o modernas. Y ello es así, simplemente, porque se trata de uno de los constituyentes del hombre.

No todos, evidentemente, practican el poetizar: siempre han existido entre los integrantes de la tribu aquellos que muestran cierta vocación de ensimismamiento y contemplación, cierta actitud meditante, próxima a la adivinación y a la filosofía, juntamente con una predisposición expresiva, lúdica y musical.

El poeta ha sido shamán, maestro, guía, y también mendigo, bufón de los poderosos, mártir, olvidado. El lapso de la historia occidental y mundial denominado Modernidad, hizo del poeta, cada vez más, -pese a su brillo en algunos ámbitos reducidos– un marginal de la sociedad, cuando no una víctima. El siglo XX, por extraña paradoja, ha construido sociedades refractarias al espíritu poético, pero a la vez produjo, en el campo filosófico, el mayor reconocimiento que ha recibido el poetizar.

Martin Heidegger calificó a esta época como del olvido del Ser. Y en efecto, el hombre olvida al ser que lo sustenta, y se olvida a sí mismo en cuanto hombre. Parece relegada la condición despierta, introspectiva, pensante, que hace posible un destino realmente humano. Se vive a menudo en aquella dimensión que Hartmann llamó el “patio de los objetos”. Multitud de aparatos, redes e instrumentos -que, además, no alcanzan a todos- ocupan el espacio de la vida, pero nos hemos olvidado de ser felices, de ser nosotros mismos, de hallar un sentido a la existencia.

El triunfo de la utopía tecnológica hizo posible un asombroso desarrollo de las comunicaciones, sin que ese instrumental se haya puesto aún al servicio del hombre creador. Por el contrario, una subcultura de masas incentivada por las comunicaciones, genera una incesante mecanización y trivialización de la cultura. Si bien, innegablemente, somos beneficiarios de prodigiosos avances en la prolongación de la vida o el cuidado de la salud, somos también testigos de manifestaciones altamente deshumanizantes: la crueldad, la estulticia, la indiferencia, la avidez material, el egoísmo y la degradación de todos los valores nos hacen dudar de la historia como progreso.

Con profunda razón decía el franco-uruguayo Lautréamont que la poesía debía ser hecha por todos. Se trata de despertar aquella porción de vida desinteresada de la inmediatez, de los intereses concretos de la subsistencia, e incluso del conocimiento científico, admirable y deseable. El poeta frecuenta otras escalas que atañen a la simbólica del mundo dado y a su relación personal con lo físico y metafísico. Habitante del cosmos, alienta la vocación de leer en él y de interpretarse a sí mismo.

Es realmente llamativo que en medio de la parcial destrucción de la cultura haya todavía quienes cultivan el espíritu, produciendo esa escritura demencial o extraña llamada poema. Qué son hoy los poetas, nos preguntamos, sino sobrevivientes de una antigua modalidad del pensamiento y la palabra, defensores de un modo de ser esencialmente humano, de un pensamiento receptivo y activo que revela el ser de la realidad y el propio ser de quien la indaga.

Parece increíble que en medio del ruido y la estupidez se produzcan espacios para la contemplación y la meditación del poeta. Y sin embargo eso existe; día a día nos asombra la persistencia de ese trabajo a deshoras, desinteresado, solitario, que se vuelca a un lenguaje nuevo y alógico, inédito por fidelidad al proceso interior y no por afán de deslumbrar, marginal por vocación de pureza y desnudamiento.

A través del lenguaje de los poetas volvemos a descubrir el rostro verdadero del hombre, su capacidad de leer el mundo, su vocación de fundirse con él y trascenderlo. El suyo es un trabajo de comprensión, revelación y crecimiento. Crece en la medida en que conoce y expresa. Revela, a partir de su autodescubrimiento, zonas desconocidas de la realidad. Proyecta su asombro, su ansiedad, su soledad, su sufrimiento, su sabiduría, en dones de creación, gratuidad y belleza. Agrega realidad a la realidad, transita senderos nunca hollados, avanza por nuevos territorios del mundo y del espíritu.

A esa tarea humana indeclinable han sido dedicadas las páginas que siguen.

Introducción al libro de la autora: La Poesía: un pensamiento auroral (Alción, 2011)

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