Pintando

Esta mañana pinté un cuadro de un álamo con un sol al fondo. Pintar me alegra mucho, más de lo que me acordaba. Me vino una alegría bárbara mientras iba y venía buscando y llevando los materiales para pintar a la mesa de la sala. Allí, la tela blanca, los tubos de colores. El amarillo llegando. El amarillo es más que un color, es un lugar. Estuve en ese lugar, allí me aquieto. Después el verde, los verdes del álamo subiendo al cielo, ondulando. Y el sol, enorme, abrazando el árbol. El verde del pasto extendiéndose hacia los lados y abajo. Hasta aquí, poco fue dicho de nuevo, salvo lo de que el amarillo es un lugar. Los colores son lugares.

El rojo, el verde, el marrón, son lugares. Mientras pintaba, escuché el canto de un pájaro en el balcón, donde hay una planta florecida. El pajarito cantaba y mi esposa vino a escuchar ese canto, y se alegró. Pintar me limpia el alma, me lleva a otros tiempos, tiempos de niñez y de juventud. Esos tiempos están vivos en los colores, en las formas que se forman en la tela o en las hojas. Recuerdo a mi madre, a mis abuelas y abuelos, a mi padre y mis hermanos, mis tíos, mis amigos y amigas. La vida se reúne cuando pinto. Y aquello que me anduvo doliendo en el alma estos días, sigue siendo como un río que anda por dentro, que irriga este árbol que sube al cielo, que sube al sol.

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