Permanencia

Un mate argentino. Comenzar el día con esa lentitud. Calmamente. Cada cosa a su tiempo. Permitiéndome simplemente estar aquí. No necesito andar corriendo.

El día parece estar también permitiéndose ir llegando de a poco. Pasito a paso. El tic-tac del reloj en la mesa abarrotada de cosas. Y el computador emergiendo triunfal en medio de todas ellas. Pasito a paso. Hubo un tiempo en que vivía así. Mi vida era de esa manera. Lentamente.

Después uno va incorporando esa especie de apuro constante al que nos vamos dejando empujar. Entonces ya no importa lo que está aquí. No importan más los detalles. Pasa a importarnos más lo que no está aquí, algo que tenemos que alcanzar. Uno se transforma en una especie de medio para uno mismo. Yo me transformo en un medio para alcanzar mis metas.

Tengo que ser un buen alumno. Ser el mejor sociólogo. Un padre ejemplar. Un artista de fama. Un escritor de éxito. Entonces paso a correr como loco, en medio de gente que también corre como loca para llegar no se sabe adónde, a un lugar que no está aquí, a un lugar que no es esto.

El otro día me llamó la atención un conejito blanco que apareció en medio de la construcción de la casa donde vamos a irnos a vivir. Cuando lo acariciaba, él se quedaba quietito. Ese conejito, según nos contaron los albañiles de la obra, los venía a acompañar durante el día. Se quedaba en un lugar, quietito.

Ahora la casa ya está casi terminada. Y el recuerdo de ese conejo blanco me viene a la memoria. Su tranquilidad, su quietud. Yo también puedo permitirme un estar más quieto, más tranquilo. No correr tanto. No estar siempre pasando.