Palabra y silencio

Un texto* viene a reforzar el contexto de quien escribe. No todo puede ser dicho. Hay toda una realidad de la cual somos parte, que es simplemente imposible de ser nombrada por las palabras habitualmente usadas.

En la medida en que soy capaz de permanecer en el silencio que precede a la palabra, me doy cuenta de que puedo vivir en un mundo real, mucho más grande que el que aprendí a nombrar. Ando por el mundo, veo a las personas, siento su presencia, observo sus fisonomías, y me veo en ese entramado en el que muchas veces ando de manera mecánica, pero en el cual también puedo fluir integradamente.

A lo largo de estos años de vivir escribiendo lo que voy viendo y viviendo, mucho es lo que he ido poniendo en el papel. Pero también me he ido dando cuenta de que aquello que queda por decir, es infinitamente más vasto. Y aquello que voy viendo que solamente puede ser vivido y no del todo mencionado, es la propia esencia de la vida.

En este trabajo de ir tratando de poner las vivencias por escrito, muchas veces el intento solamente es alcanzado de manera aproximada y parcial. Lo mismo sucede cuando hablo. No siempre consigo decir exactamente lo que me gustaría transmitir o comunicar. También me doy cuenta de que la liberación de los sentimientos que muchas veces me oprimen o me oprimían, solamente ocurre cuando intento dejarlos salir.

No me libero cuando pienso en ellos, sino cuando intento ponerlos en palabras en medio de otras personas. El universo discursivo, verbal, es limitado, aún para quienes trabajan con la palabra. Es evidente que la palabra tiene primacía. Ella es la que viene o no a decir algo. Si yo puedo vivir en esta relación de aceptación del silencio anterior a la palabra, ella me viene a decir cosas, cuando quiere.

*Mia Couto, “Los lenguajes que no sabíamos que sabemos” en: “¿Y si Obama fuera africano?”