Notas sobre Poesía y Mística

El halcón vuela lejos y vuelve siempre al puño del halconero.
José Ortega y Gasset

1. El hombre, ser que padece la trascendencia.

Más allá de los cambios culturales que trajo la Modernidad, muchos poetas actuales podrían suscribir aquella frase de Baruj Spinoza: Sentimos, experimentamos que somos eternos. Ofrecía, en efecto, una constatación de orden fenomenológico que ha sido permanente en diferentes momentos.

Ciertamente, al tiempo que experimentamos la fugacidad de la vida física, nos es dado vivir algunas instancias en que percibimos la patencia de otra dimensión. El ex-sistente (el que se halla fuera del Ser) se siente partícipe del Ser. Y es esta, aún cuando no se la reconozca como tal, una realización del arquetipo crístico: el Hombre que se hace Dios, el Dios que se hace hombre.

Debemos tener en cuenta que este proceso comienza con la autoafección o experiencia de sí, experiencia de nuevo nacimiento en que el alma se autogenera y revela. Según lo ha precisado Edmund Husserl, es la afectividad la que descubre la esencia de la persona. Al reconocimiento de ese núcleo interior le es inherente la constatación de la finitud del cuerpo y el despliegue de una conducta leal a cada descubrimiento, Para Husserl no basta conocerse, hace falta lealtad a ese sí-mismo descubierto, y eso ya conforma un camino ético.

El sentir, especialmente valorado por los pensadores románticos, conduce a ese núcleo interior, indivisible, al cual Jean Nabert y Ricoeur han denominado ipseidad. El sentimiento de sí, previo a todo otro sentimiento, es un reconocimiento que nace de la noche abismal de la subjetividad. Es una experiencia gozosa y dolorosa, por la cual el hombre trascendente comparte la vida creadora de Dios.

San Agustín hablaba de un conocimiento matinal, que es el conocimiento de Dios. El alma se apacigua en el ser de Dios. Podemos decirlo con un verso de Novalis: los infinitos ojos que la noche ha abierto en nosotros.

La vida plena emerge cuando el ser interior se autorreconoce, guiado por la afectividad e iluminado por la imaginación. Como lo declaraba Baudelaire, es la imaginación la que permite el acceso a la esencia de lo real. Pero este proceso interior es algo más que una vía de conocimiento, es camino de autoformación.

Existe un modo de revelación que es ajeno a la exterioridad. La vida se actualiza en forma personal, es subjetividad que se revela a sí misma, en la experiencia trascendental, opuesta a los saberes objetivos.

Para el Maestro Eckhart esa realidad interior es la verdadera. La soledad, que permite la revelación de la esencia, aparece como una categoría fundamental en el proceso de la autoformación. El Ser se revela en la naturaleza intrínseca de lo humano a través de la pasividad, el abandono del intelecto crítico, la entrega al don. Este camino se cumple – aunque no mecánicamente ni en todos los casos – en la experiencia poética.

2. La experiencia poética como experiencia de absoluto.

Al poeta le importa el ser. Conoce para ser y escribe para conocer y ser. Agrega a su ser las esencias de lo que canta, y vive la felicidad de ese encuentro. Lo asentaba Keats y lo repitió Cortázar en su llamada “teoría del camaleón”: el sujeto poético se entrega a aquello que contempla. Es flor, pájaro, viento, agua del mar, aunque no siempre esa entrega a la contemplación sensitiva aporte una total entrega y reconocimiento al Ser como origen y presencia en todas las cosas. El poeta español Juan Larrea, que vivió un cuarto de siglo en la ciudad argentina de Córdoba, donde murió, valoraba sólo aquella parte de su obra en que había asomado una conciencia cósmica, que plenificaba su palabra.

Antes de seguir delante debemos tomar en cuenta otra fase, propiamente creadora, del poetizar, la que pasa a través del lenguaje verbal, y en las demás artes por los diversos instrumentos de expresión. La experiencia profunda del Ser convoca a la palabra, como a su vez al ritmo, al impulso, al gesto y a la danza. Pero es la palabra la que, resumiendo en sí misma otras posibilidades, ofrece su cuerpo a la expresión del poeta.

La experiencia poética se completa en la palabra, entendiendo a ésta como el habla esencial. No será la palabra de la comunicación, ni tampoco aquella palabra trivial y sin embargo necesaria a la vida, es decir la que ha denominado Martin Heidegger “habladuría”. El poeta, que accede a la escucha del mundo y de sí mismo, produce un cambio de potencia al buscar su propia manifestación por la palabra. Y es en esa palabra creadora, o habla esencial, donde le es dado albergar aquel sentido que ha podido intuir o sospechar.
Sin embargo pensar, poetizar, es más que saber. Es suma de saber y no saber. Y es sobre todo transformarse.

Esta convicción no proviene solamente de lecturas teóricas sino de nuestra propia experiencia de la poesía. El ejercicio poético transforma al poeta. Le depara momentos de encuentro místico, al que doy este nombre por tratarse de una participación en el Ser, no meramente de una reflexión sobre el Ser, y a la larga transforma su propia identidad, por el advenimiento del sí-mismo, que se completa o halla su expresión en el habla poética. El poeta, que accede a la escucha, busca a su vez la manifestación.

El conocimiento poético cumple con la antigua premisa parmenídea: pensar equivale a ser. Es, en el fondo, un conocimiento esencial, por acceso a la energía simbólica de los arquetipos, y en consecuencia vuelve natural e insoslayable el reconocimiento de los mitos antiguos. Cuando el poeta atiende a modelos míticos lo hace en el rumbo de ese reconocimiento. La tradición cultural le ofrece modelos: Orfeo-Narciso-Ulises-Cristo-María, (pero también Buda o Inkarri, cuando la ocasión se presenta), maestros o imágenes que guían. Las figuras-guías conforman un rumbo arquetípico en el camino de la autoformación.

Este rumbo hace del poetizar un acceso posible a la vida trascendental, lo cual no significa – o no siempre significa – beatitud o santidad. Impone opciones, fidelidad a un estado del ser que ilumina la vida cotidiana y la hace significativa. La vida muestra su riqueza, su potencial divino-humano, pero no todo se debe a la voluntad: hay un dejar ser.

La noción de presente viviente, de raíz nietzscheana, puede ser aplicada a este vivir en la iluminación o próximo a ella. Es el vivir poético, el vivir surrealista en sus mejores momentos, y aunque los filósofos ligan esta experiencia al lenguaje verbal, – pues casi no conciben la vida psíquica fuera de éste- por nuestra parte hablamos, con el chileno Félix Schwartzmann de imagen, sonido, ritmo, gestualidad e impulso, antes que de palabra. No es éste, sin embargo, un punto a ser desarrollado en esta ocasión.

2,. La mística, actitud universal del hombre.

Al estudiar más a fondo estos procesos interiores nos encontramos con el extendido árbol de la Mística, que abarca muy distintas tradiciones y se halla al fondo de toda religión. Los tratados místicos se convierten en itinerarios del alma.

Santa Teresa (1515-1582) describe en Las Moradas, las 7 estaciones del viaje por el “castillo interior”, “todo de un diamante o de un claro cristal, donde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas”. Las 3 primeras conforman la etapa ascética, mientras la 4 últimas contienen la doctrina propiamente mística que culmina con las bodas espirituales.

En el Libro de su Vida consigna el carácter no intelectual (no racional) de la experiencia mística: “Lo que no entendáis no os canséis. No es para mujeres, ni para hombres, muchas cosas”. Hay en ella una aceptación de que lo místico es mistérico, arcano, oculto.
Teresa emprende la reforma de su orden. Crea el Carmelo Descalzo y funda nuevos conventos. En 1577 un decreto prohíbe sus fundaciones.

Finalmente triunfa su proyecto y recorre Castilla fundando casas, escribiendo. Mantuvo amistad con Francisco Borja, Pedro de Alcántara y San Juan de la Cruz. Murió en Alba de Tormes el 4-X-1582. Fray Luis de León hizo imprimir sus libros en 1588. Fue canonizada en 1682, a un siglo de su muerte. (Los ecos americanos de su canonización pueden apreciarse en la obra de nuestro poeta Luis de Tejeda).

El MS de la Vida de S.T se conserva en el Escorial. Teresa seguía el consejo de Juan de Valdés: Escribir como se habla. Su biografía pertenece a la corriente de las autobiografías espirituales, que tienen su modelo en las Confesiones de San Agustín: la Vida de Cristo del Cartujano, las Epístolas de San Jerónimo, los tratados de Osuna y de Laredo.

Como ella hay otras místicas conocidas desde el siglo XI en adelante. En la mística alemana encontramos una forma mística peculiar de contornos bien perfilados. Aparte de la primera mística Hildegarda de Bingen, que es escritora, música y filósofa (1098-1179), encontramos a Matilde de Magdeburgo (1007-1295), a Margarita Ebner (1291-1351), y en especial, las congregaciones de religiosas en las que prevalece la vivencia afectiva del encuentro con Dios y con Cristo, encuentro que se eleva hasta la comunión entre Cristo y la minnenden Sêle (alma amante) que se expone en lenguaje poético. El Cantar de los cantares sigue siendo para ellas el modelo. Predomina el lenguaje metafórico, porque lo inefable de esta unio mystica sólo puede manifestarse en “bildelicher Wîse” (saber por imágenes), ya que faltan las palabras para ello. La riqueza casi inabarcable de las formaciones de palabras demuestra esta peculiar situación lingüística, en que prevalecen las composiciones de vocablos y la sustantivación.

Un místico y filósofo alemán que ha tenido gran influencia es Jacob Boehme . J.B nació en 1575 en Altseidenberg, región de Silesia. Su salud no le permitió dedicarse a las tareas agrícolas y aprendió el oficio de zapatero. Autodidacta, leyó la Biblia y las obras de Paracelso. A diferencia de otros místicos, sobrepasó la experiencia personal para desarrollar una filosofía del mundo, el hombre y Dios. Para conocer a Dios, afirma, es necesario partir del sujeto y no del objeto. Influyó en Fichte, Schelling, Hegel, Kierkegaard, Blake, Nietzsche, Dostoievski, Baudelaire. Ernesto Sábato era lector de sus obras. Leamos algunas frases de Jacob Boheme:

– “El verdadero cielo está en todas partes”.
– “No escribo paganamente, sino en el amor de la sabiduría”.
– “… Mi carne se genera en este mundo y está dirigida por la quintaesencia de las estrellas y los elementos….pero mi alma ha sido regenerada por Dios y ama a Dios”.

“…Soy incapaz de escribir nada por cuenta propia, como un niño que no sabe ni comprende nada, no habiendo aprendido nunca nada; y sólo escribo lo que el Señor quiere manifestar a través de mí.”
“..Ahora invito a todos los amantes de las estimables y altamente consideradas artes de la filosofía y la teología, ante este espejo donde abriré las raíces y bases de estas materias. Yo no uso sus tablas, fórmulas o esquemas, porque no he aprendido de ellos. Tengo otro maestro, que es la fuente viva de la naturaleza”

La investigadora argentina Miriama Widakowich ha dedicado varios estudios a la mística, entre ellos su libro La nada y su fuerza . Para la autora existen básicamente dos tipos de mística. Una mística encarnada, que busca a Dios a través de las criaturas y es la propia de los pueblos latinos, y una mística apofántica, con prescindencia de la imagen y el ícono, que sería la propia de la mística germana (Eckhart). Considera a Nicolás de Cusa entre los intérpretes de Eckhart. También dedica su atención al budismo, el sufismo, la cábala. Dentro de la problemática moderna sobre la mística, incluye a Ortega, Zubiri, Jaspers, Bultman, Corbin. Completan este libro tan rico de nuestra querida amiga, fallecida hace algunos años, sus conversaciones con Ricoeur, Corbin y Benn.

4.- Odas de Fray Luis de León y aforismos de Antonio Porchia.
Quiero detenerme, como lo hago siempre, en poemas de lengua española. Me referiré brevemente a dos poemas de Fray Luis de León (1527-1591) y recordaré luego algunos versos del más próximo Antonio Porchia.

Luis de León, agustino, traductor de Horacio y de otros poetas de la gentilidad latina, escribe sublimes poemas místicos como “Noche serena”, “Vida retirada” y “Oda a la música”. Sabemos que fue perseguido por la línea más intransigente de la Iglesia, que lo suspendió en su cátedra de Salamanca, y lo puso en prisión por cinco años. Su formación platónica y humanista, su dedicación a los poetas griegos y latinos, sus traducciones, lo convirtieron en un monje sospechoso de heterodoxia para el tribunal de la Inquisición. La reticencia con que tratan a Luis de León algunos críticos -cuando afirman que no es plenamente místico, o que lo es solamente en algunos momentos – parecería ser una huella de aquellos procesos.
“Vida retirada” es uno de los grandes monumentos de nuestra lengua.

El texto, además de expresar la felicidad de la experiencia mística, ofrece la teorización de tal experiencia. En uno de los manuscritos que se conservan – de fecha discutida – dice, después del título: Al recogimiento y retiro del Emperador Carlos V.

Se considera a este poema inspirado en la Oda II de los Épodos de Horacio, y en la Égloga Segunda de Garcilaso, pero la tradición formal no debe hacernos olvidar la creación personal. Compuesto en forma de liras, muestra cabalmente la correspondencia fondo-forma de la poesía clásica, con modos del verso y de la estrofa que entrañan en sí mismos una significación espiritual. La lira, ya incorporada por Garcilaso de la Vega a la poesía castellana, había pasado de 4 a 5 versos, imitando a una lira o una cítara de ese número de cuerdas. Es una forma del verso perfeccionada en Italia, compuesta de versos endecasílabos y heptasílabos, forma totalmente musical. Sus rimas son consonantes y se distribuyen según el esquema aBabB Se muestra esta estrofa acorde para cantar un tema místico porque transporta la serenidad y la armonía que le son propias.

En 17 liras el poeta despliega un tema moral (agotamiento del hombre en el mundo), un impulso ascensional, el ingreso en un “lugar” paradisíaco: el prado ameno – lo que llama la filología un tópico, frecuentado por muchos – y la contraposición cielo/suelo, que remite a dos órdenes de realidades: la vida del místico, ligada a la escondida senda y el almo reposo; y el bajo suelo, limitado en sus posibilidades.

Fray Luis frecuenta tópicos de una antigua tradición, y lo hace a conciencia pues remite a una tradición de sentido. Todo el discurso se impregna de simbolismo.

Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto… Ya muestra en esperanza el fruto cierto..

Es el lenguaje oblicuo del místico que alude a su propia experiencia, destacando que no todo es búsqueda humana; también la gracia llega, en forma de lluvia, sobre el hombre.

desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura…

y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo…

Quien conozca la tradición filosófica a la cual alude Fray Luis reconocerá de inmediato la marca teórica de estos versos. El Creador se hace reconocible en su Creación. De Plotino a San Juan de la Cruz no vemos otra cosa: San Juan, cuando habla de los campos y valles, dice: vestidos los dejó de su hermosura…de donde puede extraerse que toda contemplación de la belleza es un acto sagrado, un encuentro con lo divino.

El aire el huerto orea…La simbólica del aire y del viento remite sin más a la esfera del Espíritu.

y en ciega noche viene a instalarse el claro día. Sólo el oxímoron, el contraste abrupto, alcanza a transmitir la supra-racionalidad del encuentro místico.

Quiero detenerme ahora en la Tercera de las Odas, la famosa “Oda a la música”, que Fray Luis dedicó al maestro Francisco de Salinas.

ODA III – A FRANCISCO DE SALINAS

A Francisco de Salinas
Catedrático de Música de la Universidad de Salamanca

1- El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

2- A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

3- Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca, engañadora.

4- Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

5- Ve cómo el gran maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

6- Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

7- Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

8- ¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

9- A aqueste bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo visible es triste lloro.

10- ¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!

La Oda a la Música es un tratado de mística y espiritualidad, además de haber sido tratada en sí misma como una composición musical, perfecta, dotada de todos los ritmos, acentos interiores, aliteraciones y recursos de la música. Ha sido compuesta por 10 liras, y recordemos que el 10 es también para las tradiciones un número de perfección.

Las poesías de Fray Luis fueron publicadas por Francisco de Quevedo en el siglo siguiente a su muerte. Al publicar la Oda a la Música Quevedo omitió la estrofa 5, acaso por considerar que todavía podía dar lugar a impugnaciones como las que había soportado el autor. Releamos esa discutida estrofa:

5- Ve cómo el gran maestro
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado
con que este eterno templo es sustentado.

Aparece con toda claridad la analogía Hombre-Dios, típica del humanismo: así como el hombre se dedica a su cítara para producir el canto, Dios se aplica a la inmensa cítara del Universo, sustentando en la música su creación. Vemos una suma de elementos teóricos: Dios como gran maestro, músico, citarista; el mundo como una inmensa cítara destinado a producir el son sagrado, con que este eterno templo es sustentado. Aparece una idea netamente pitagórica, la de la música como número clave que sustenta la realidad, la que es llamada ahora eterno templo. Cada estrofa configura un testimonio personal y a la vez un cuerpo doctrinario.

He aquí las anunciadas líneas de Antonio Porchia, poeta argentino aunque nacido en Italia. Porchia, formado en esta misma tradición a la que podríamos denominar órfico-pitagórica, escribe breves poemas en prosa a los que otorga el nombre de Voces. Por su síntesis emocional e intelectual se acercan al aforismo.

Todo es como los ríos, obra de las pendientes. Las pequeñeces son lo eterno, y lo demás, todo lo demás, lo breve, lo muy breve.
Quien perdona todo ha debido perdonarse todo. El hombre no va a ninguna parte. Todo viene al hombre, como el mañana.
Mi cuerpo me separa de todo ser y de toda cosa. Nada más que mi cuerpo.

Su obra, que ha inspirado la de discípulos como Roberto Juarroz o Mario Morales, es un ejemplo de misticismo, quietismo oriental, aceptación del destino y conciencia cósmica, a través de formulaciones aforísticas, rodeadas de silencio.

Cabe observar que en los últimos años buen número de poetas argentinos han abrazado el estilo y el tono del haiku. No todos comparten su filosofía y proyecciones, ni alcanzan a entregarse a un juego metafísico que en la tradición japonesa amplía el conocimiento y transforma la conducta. Pero lo cierto es que los atrae el secreto resplandor del misterio, la posibilidad velada de un encuentro con el Ser.

Podríamos preguntarnos ¿es irrecuperable aquella cultura espiritual que presidió los momentos fundantes de la cultura occidental? O por el contrario ¿puede admitirse que la vocación del poeta lo conduce a una Kehre o viraje (Heidegger) permitiéndole recobrar el sentido esencial de su humana condición? Me inclino a pensar en el poetizar como en una cadena áurea que sostiene la cultura aún en tiempos de crisis o vaciamiento, vinculando a los poetas del pasado con los del presente. Esa cadena nos revela la persistencia del espíritu y la significación profunda de la palabra.

Envío a Ustedes para acrecentar el número de sonetos en elogio al Padre Creador, dos sonetos de mi autoría

ARREPENTIMIENTO

Me arrepiento, Señor, de mi pecado
mas necesito que me des tu fuerza,
para apartar de mí la acción inversa
que todo tiempo me acompaña al lado.

Nunca conmigo estés más enojado
porque mi rastro, sin virtud, se tuerza,
mira tú, mi Señor, la suerte adversa
me aleja del camino señalado.

Yo no quiero pecar, porque te quiero
quisiera caminar por tu camino;
para tener tu gloria por destino

transitara feliz y muy austero
tus estrechos atajos, que prefiero
al recubierto con tapete fino.

JESÚS

Hijo de Dios y para el hombre arcano,
para darle grandeza a lo pequeño
tomó para morir, clavado al leño,
toda la carga del pecado humano.

Con la gracia y dulzura de su mano
y toda abnegación y todo empeño,
como manso cordero hasta su dueño
al enfermo condujo, como al sano.

Sigue al Padre quien quiera que lo siga,
es la verdad y el único destino,
está en el pan que nace de la espiga,

está su sangre en consagrado vino.
Es abundancia para el que mendiga
con fe, con hambre y sed en el camino

Reinaldo Bustillo Cuevas- [email protected]

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