María Zambrano: el camino del hombre.

Siempre he dicho que mi formación ha sido humanista, y que debo las primeras incitaciones a mi labor sobre el lenguaje y las letras a la formación clásica que recibí en la Universidad de Cuyo. Sin desdeñar anticipos de esa etapa en maestros de mi adolescencia, de Santa Fe y Paraná, podría decir que las conferencias de Irineo Fernando Cruz sobre la obra homérica, complementadas por las lecciones de Vicente Cicchitti sobre los poetas-filósofos presocráticos, y las lecciones de Alfonso Sola González sobre la poesía occidental, abrieron para mí el tesoro de la tradición humanista a partir de 1948. Todo aquel que conozca lo que significa entrar en una tradición, sabrá apreciar el hecho de que alguien, sin ser un erudito, pueda beber en ella los mismos contenidos de fondo en autores antiguos y modernos. Entre esos autores que nutrieron mi juventud remitiéndome siempre a Heráclito, a San Agustín, a Nicolás de Cusa, se hallaba María Zambrano. Guardo ediciones mexicanas y argentinas que leí en los años 50 de sus libros El hombre y lo divino, Pensamiento y poesía en la vida española, etc. hasta que mucho después descubrí los trabajos de su madurez y pude hacer una relectura de todas o casi todas sus obras. Quiero decir con ello que mis avances en la dirección de lo que Nietzsche llamó la Razón Poética los debo más a los maestros de Zambrano y a otros maestros, como Marechal, que ella no conoció, que a ella misma.

Me he reencontrado con María Zambrano cuando ella obtuvo el Premio Cervantes, ya de regreso a su patria, después de un largo exilio, en 1988. Para entonces, inspirada en el humanismo de mi formación, acrecentado en el estudio de autores modernos como Lezama Lima y Marechal, ya había formulado y desarrollado mi propuesta de renovación de los estudios del lenguaje y las letras, y por extensión de las ciencias de la cultura, iniciada en 1970. Esta señalación sólo aspira a fortalecer la pertenencia a una línea cultural cuyos tramos, según estimo, deben ser reconocidos por nosotros con espíritu auténticamente hermenéutico.

Me gustaría, en esta ocasión, esbozar un perfil de María Zambrano, y dejar indicada su relación profunda con ese camino que nace en Grecia y recibe su plena dimensión en el Evangelio, antes de recibir sucesivas reformulaciones por parte de filósofos y poetas hasta nuestros días.

Ante todo, vamos a recordar algunos datos biográficos de María Zambrano, según distintos biógrafos. Nació en 1904, en el seno de una familia de maestros de escuela, en Vélez-Málaga, un pueblo próximo a esa ciudad. A los cuatro años pasó con su familia a Madrid y luego a Segovia, donde vivió hasta sus veinte años. De regreso a Madrid cursó estudios de Filosofía, durante los años 1924-27, con figuras notables como José Ortega y Gasset, Manuel García Morente, Julián Besteiro y Xavier Zubiri, integrándose en los movimientos estudiantiles de la época. A partir de 1928 inició su colaboración en distintos periódicos.

Hija del educador Blas Zambrano, de ideas socialistas, vivió muy de cerca los acontecimientos políticos de aquellos años, de cuya vivencia será fruto un primer libro: Horizonte del liberalismo, aparecido en 1930. En 1932 firmó el manifiesto fundacional del movimiento denominado Frente Español, inspirado por Ortega, movimiento que ella misma disolvió, “por ser leal a su maestro”, cuando vio que se desvirtuaba su origen. Había sido nombrada, desde el año 31, profesora auxiliar de Metafísica en la Universidad Central. En el 32 sustituyó a Xavier Zubiri y comenzó a colaborar en la Revista de Occidente, luego en Cruz y Raya y en Hora de España, desde su primer número, aparecido en 1936.

En aquellos años que precedieron a su exilio, conoció a José Bergamín, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Rafael Dieste, Emilio Prados y Miguel Hernández. En septiembre del 36 contrajo matrimonio con Alfonso Rodríguez Aldave, recién nombrado secretario de Embajada de España en Santiago de Chile, con quien emprende un primer viaje a La Habana, de donde vuelven al año siguiente, él para incorporarse a las filas, ella para colaborar con la República Española. Perdida la causa, salió de España el 28 de enero de 1939. Previo paso por París se dirigió a México, y luego a La Habana. En Morelia (México) fue nombrada profesora en la Universidad San Nicolás de Hidalgo.

Creo que todavía no se ha estimado suficientemente la influencia de América en el pensamiento de María Zambrano. En México conoció a Octavio Paz y en Cuba a Lezama Lima, cuya amistad fue para ella profunda y decisiva.

En ese tiempo publica Pensamiento y Poesía en la vida española, y Filosofía y Poesía, obras a las que seguirá una intensa actividad literaria. En 1942 María Zambrano fue nombrada profesora de la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico.

Veamos un fragmento del Discurso leído ante los Reyes de España por María Zambrano al recibir el Premio Cervantes, para que se pueda apreciar la importancia que siempre otorgó la autora a su estadía en México y en general en América.
“Por amor a tales recuerdos y a vuestra generosa compañía, seguidme hasta una hermosa ciudad de México, Morelia, cuyo camino no busqué, sino que él mismo me llevó a ella, igual que a tantos otros españoles recién llegados al destierro. Allí me encontré yo, precisamente a la misma hora que Madrid -mi Madrid- caía bajo los gritos bárbaros de la victoria. Fui sustraída entonces a la violencia al hallarme en otro recinto de nuestra lengua, el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, rodeada de jóvenes y pacientes alumnos. Y, ajena desde siempre a los discursos,¿sobre qué pude hablarles aquel día a mis alumnos de Morelia? Sin duda alguna, acerca del nacimiento de la idea de libertad en Grecia”. Quiero llamar la atención sobre esta doble referencia a América y a su destino personal, pues a América dice no haberla buscado, sino que estaba en su camino. Luego volveré sobre este texto, que me parece tan significativo.

Después de esos siete años iniciáticos, en 1946, María viaja a Paris, donde encuentra a su hermana Araceli, que había sufrido la persecución de los nazis, y que desde entonces hasta su muerte vivió con ella. En París entabló amistad con los escritores Albert Camus y René Char. En 1948, separada ya de su marido, volvió a La Habana acompañada por su hermana. Tenía allí a su gran amigo, el poeta José Lezama Lima, a quien había conocido en su viaje anterior.

Son otros cinco años, que unidos a los anteriores hacen doce años de vida americana. María vivió esos años intensamente, y fue gestando algunas de sus obras, que se publicaron a su regreso a Roma, a partir de 1953. El hombre y lo divino, Los sueños y el tiempo, Persona y democracia, entre otros. En 1964 abandona Roma, según se dice por dificultades vecinales – un vecino la denunció por tener gatos en su departamento – y viajó con ellos, siempre acompañada de la hermana, a Suiza. Allí murió Araceli en 1972 y María siguió en su retiro de La Pièce, con algún intervalo en Roma. Escribe Claros del bosque y empieza su libro De la aurora. (títulos que exponen su diálogo con Heidegger y con Nietzsche, otros grandes maestros).

Mientras tanto, en España, la escritora iba siendo reconocida. En 1981 se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias. En 1980 se había instalado en Suiza y de allí volvería a Madrid en el 84, ya de ochenta años de edad, después de cuarenta y cinco de exilio. Su última obra publicada en vida sería La tumba de Antígona. En 1988, como ya he recordado, se le concedió el premio Cervantes de Literatura. Tres años más tarde, el 6 de febrero de 1991, falleció en la capital española, a la edad de 87 años.
Tuve la fortuna de concurrir, en el 2004 – con mi hija Mercedes Sola que allí expuso- al Congreso del Centenario de María Zambrano, celebrado en su pueblo natal, Vélez-Málaga, donde tiene su sede la Fundación María Zambrano. Se recordó en ese momento que ella había sido enterrada con el hábito franciscano.

Cabe que nos preguntemos ¿Cuál es la tradición filosófica a la que pertenece el pensamiento de María Zambrano? Por mi parte no vacilaría en adscribirla al humanismo español, intrínsecamente cristiano, con raíces en el estoicismo grecolatino, implícito en las obras de los poetas, y en la tradición filosófica del humanismo, cuya última reelaboración se dio en el siglo Veinte a partir de la Fenomenología.

No puede negarse que el humanismo, surgido con el dialogismo de Sócrates y Platón, inicia el camino de la libertad y la razón, fundando una etapa nueva en el desarrollo de la humanidad. Pero tampoco es posible ignorar que esa corriente se mantuvo en continuo diálogo con tradiciones anteriores, que se expresaron a través de mitos y relatos. Tal ambigüedad hizo que el humanismo, tempranamente, albergara una nueva mirada sin desentenderse de la antigua, y conformara una vertiente propia frente a los polos opuestos y radicalizados del racionalismo o el mito. Los Padres de la Iglesia, entre los siglos I a V de Cristo, al adoptar filosóficamente esa línea de pensamiento helénico realizaron una importante síntesis entre las fuentes griega, hebrea y latina a la luz del mensaje evangélico, aunque la Iglesia del siglo XIII haya adoptado luego el tomismo aristotélico como filosofía oficial. Los humanistas, para algunos sectores, eran heterodoxos. Bordeaban la herejía, y fueron castigados por la Inquisición.

De aquella compleja fusión cultural proviene, sin embargo, la vertiente popular del catolicismo, y una serie de reelaboraciones; tensionado entre la fe y la razón, el humanismo católico, teándrico, pasa por luminarias tan importantes como San Agustín, San Francisco, San Buenaventura, refugiándose en la labor de poetas doctos como Dante y Petrarca. Esta corriente resurge de una manera más libresca en el siglo XV con la Academia Florentina; no faltan historiadores de la cultura que la identifican con tareas de exégesis y traducción de los textos antiguos, pero es este un reduccionismo, pues más allá de los cambios de estilo, el período llamado (por Jakob Burckhardt) Renacimiento, conserva el sello de la unidad fe-razón, se inclina al dialogismo de culturas y preserva la espiritualidad cristiana. El cardenal Nicolás de Cusa hablaba en ese tiempo (1450) de una “docta ignorancia” que permitía el trabajo de la razón en el marco de la fe.

El humanismo católico, fortalecido frente a la Reforma, engendra en el siglo XVI una respuesta filosófica y cultural ligada al descubrimiento de América en la obra de los “utopistas”: Tomás Moro, Erasmo, Francis Bacon, Campanella, que conforman la tradición de la latinidad humanista, transmitida a América a través de españoles y portugueses. El arte Barroco –que según Carpentier define al arte americano- es el fruto de esa herencia humanista típicamente latina e hispánica, que encarna un inédito equilibrio entre razón y fe, mundo y transmundo, goce del vivir y certidumbre metafísica. Ello separa al catolicismo, esencialmente teándrico, tanto de las religiones antiguas teocéntricas como del antropismo moderno.

Una nueva etapa del pensamiento humanista fue protagonizada a fines del siglo XVIII por Vico, Pascal, Schelling y los pensadores y escritores románticos, que encarnaron una reacción ante los excesos del Iluminismo, el racionalismo y el idealismo filosóficos, y también frente al movimiento de las ciencias empíricas y naturales, generador del positivismo filosófico. A fines del siglo XIX Federico Nietzsche representó el extremo de esa reacción anti-racionalista y anti-positivista.

En ese escenario surge la fenomenología de Edmund Husserl, una filosofía que permitirá, a través de sus propios y particulares caminos, redescubrir el humanismo. En esa fuente bebieron los maestros de María Zambrano, Ortega y Zubiri, y ella misma en su personal giro místico-humanista, fiel a la cultura popular española.

No quiero dejar de recordar un hecho fuertemente simbólico, que invita a realizar una lectura hermenéutica. Se trata de la conversión religiosa de un grupo de filósofos judíos, se inicia con Max Scheler y la joven colaboradora de Husserl Edith Stein, figura emblemática de la persecución sufrida por los judíos, y en su caso por los católicos, pues había ingresado en la Orden de las Carmelitas como Teresa Benedicta de la Cruz.

Esa ola de conversiones culmina con el propio creador de la fenomenología, Edmund Husserl. Esta mención viene a recordarnos que la filosofía no es un pensamiento abstracto que se despliega sin sujetos sino un pensar históricamente encarnado por hombres y mujeres que vivieron los acontecimientos de su tiempo, a veces trágicamente. Edith Stein aparece como la Antígona de este drama del pensamiento, y su beatificación y posterior canonización por Juan Pablo Segundo es también un hecho ligado al destino del humanismo religioso en nuestro tiempo.

No se piense que nos hemos alejado del tema. Por el contrario, creo que es necesario –y propio de una actitud hermenéutica– situar históricamente a los personajes del drama humano y relacionar hechos al parecer distantes. María Zambrano es una pensadora religiosa, que tuvo la gracia de ser, como ella dice, sustraída de la violencia, pero ello no la inhibe de hallarse situada en estas mismas coordenadas de confusión, pérdida de ideales, nivelación, masificación y destrucción que se han venido intensificando en el siglo que acaba de transcurrir. Y es esa violencia física y espiritual la que dicta los temas de la pensadora.

Los temas de María Zambrano son a mi juicio principalmente tres, que se imbrican en forma permanente: la identidad española, la razón poética y la formación de la persona. Todo confluye en definitiva en su preocupación por el hombre, y la obsesión de hallar un camino de “normalización” de lo que podría llamarse su auténtico desarrollo.

Desde muy joven advierte María la singularidad de España, a la que ubica en el margen de Occidente, sin identificarla plenamente con su rumbo. Como el bilbaíno Juan Larrea, considera a la Península constitucionalmente tendida hacia el Nuevo Mundo. Mientras ambos acusan al Occidente europeo de haber protagonizado la aventura unilateral de la Modernidad, España adquiere su lugar propio como crisol de razas y de pueblos.

En sus primeros libros, escritos antes y durante la Guerra Española, María Zambrano medita sobre la identidad de su pueblo que parece signado para el sacrificio. Esta preocupación, incentivada por la cruenta guerra fratricida española, la conduce a examinar la historia de España, su peculiar tradición de cultura, su modo de existir en el mundo. Descubre en su patria un humanismo traspasado de religiosidad. No hay en la historia de España nada que se parezca al sistema filosófico de Hegel o a la Crítica de la Razón Pura de Kant. En su libro Pensamiento y poesía en la vida española, publicado en México en 1939, María Zambrano afirmaba que el pensamiento español era inepto para la filosofía sistemática. Y añadía que, de la admiración y la violencia con que surge todo filosofar, España se había quedado con la admiración, enmarcada en la fe. Al mismo tiempo sostenía que España engendraba un modo fuerte de realismo, que no da la espalda a las criaturas del mundo ni relega las aventuras de la mística.

La mística española acompaña a la caridad y la misericordia, registra cierto apego a la vida, a la realidad concreta, pero asimismo admite que la vida se halla bajo el soplo de la espiritualidad. Reposa sobre una filosofía del amor. Por eso cierta sensualidad mística del alma española. El vivir hispánico, encarnado por Don Quijote, es un combate contra lo imposible.

Ve María Zambrano con toda claridad que en España ha germinado un pensamiento utópico –es decir en el fondo, poético– y no un pensamiento científico.

En toda su obra podemos apreciar el crecimiento de una concepción unificante, que la reconcilia profundamente con la tradición de su pueblo. Ha valorado las guías espirituales, las confesiones, los manuales de formación interior que caracterizan a la cultura española en sus distintas etapas (y fueron los primeros libros impresos en América) y reconocido en ellos los signos de un ethos que se desenvuelve apartado del ruido mundano. Rastreaba también los hitos de ese camino universal del hombre al que dedicaría sus mayores afanes.

Este descubrimiento del ethos hispánico –que por mi parte extiendo a América, a la hispanidad y la latinidad que impregnan a las naciones latino-americanas – se relaciona íntimamente con los otros temas mencionados: el conocimiento poético y la formación de la persona.

Ahondando en el Discurso a que antes me refería, hallamos que la figura de Don Quijote, ejemplarmente interpretada por Ortega y Unamuno, ha sido también para María Zambrano un símbolo de la tragicidad de la vida y un claro ejemplo de la España humanista. España, replegada en sí misma en los comienzos de la Modernidad, ni siquiera había podido recoger los frutos de la codicia encarnada en un puñado de conquistadores. Era la España del triunfador fracasado, que supo que su triunfo no era mundano. Así supo entenderlo Miguel de Cervantes, y lo anticiparon los cronistas del Nuevo Mundo.

Estoy convencida de que esas meditaciones sobre la identidad hispánica conducen a la pensadora al descubrimiento de la razón poética. Tal vez en el libro Pensamiento y poesía en la vida española, que se publicó en México por la Casa de España, en 1939, se halle una de las primeras formulaciones del tema. Lo vemos en el capítulo titulado “Conocimiento poético” que la autora coloca como corolario de su recorrido por el pensamiento español a través del realismo y el materialismo, en búsqueda de la singular identidad que ese pensamiento adquiere. De aquella unidad inicial de filosofía y poesía, que ha venido rastreando en los comienzos de la filosofía occidental, se ha llegado a una distancia al parecer insalvable, que coloca el esfuerzo metódico racional, convertido en sistema, a gran distancia del conocimiento experiencial, auroral, del hombre contemplativo, cuyo extremo, dice María, lo ofrece el hombre-árbol de ciertas sectas hinduistas.

En el centro de ambos extremos coloca María Zambrano el conocimiento poético, que sería el gran hallazgo del clasicismo heleno-cristiano-latino, y del pueblo español.

El hombre del filosofar sistemático -subraya María- ha perdido el impulso inicial de la cultura, su entronque espiritual con el ser. El hombre-árbol, sumido en la contemplación que lo devuelve al origen, tampoco puede poetizar, pues ha perdido esa dosis de violencia –diríamos ese distanciamiento necesario– para acceder al re-conocimiento y la expresión. La negación absoluta del pensamiento sistemático, de la ciencia, del desarrollo técnico, no está en el programa mental de María Zambrano, fecundado por la dialéctica de los opuestos.
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Chantal Maillard, una de las más conspicuas estudiosas de Zambrano, afirma que su pensar aporta algo, una forma particular de integrar los elementos de esa realidad que ante todo se nos presenta como constitutiva del ser humano. Ese modo de estructurar la realidad se corresponde con una expresión que se ensancha hacia la musicalidad y el ritmo propios de la expresión poética.

En efecto, la palabra de María Zambrano encarna en la imagen, y su razón fertiliza el símbolo para lograr la finalidad anhelada: engendrar en los ínferos y dar a luz en la conciencia para elevarse a los lugares de creación donde ser, plenamente, sea posible. Empresa, dice Maillard, femenina entre todas, puesto que se trata de dar a luz un cuerpo teórico: cuerpo especular. Chantal Maillard despliega esta metáfora y la aplica a la filósofa española en su acto de sacar a luz intuiciones oscuras y certeras, y tornarlas comprensibles a la razón. Así María Zambrano habría enfrentado a la razón patriarcal, árida y logicista, desde una razón femenina, ardiente, vital: la razón poética.

La razón-poética, ese estilo zambraniano a la vez operado y propuesto expresamente por ella como camino de realización personal, era necesario, y lo es aún, en una época en que la rigidez del racionalismo torna quebradizo el espíritu y oculta las dimensiones enigmáticas de la vida bajo falsas consideraciones que se constituyen en márgenes de seguridad y que impermeabilizan la razón.

No obstante la importancia otorgada por la crítica a la defensa de la razón poética, creo que la formación de la persona es, entre los temas mencionados, el que se hace central en María Zambrano. Proviene de haber enfocado la cuestión del ser del hombre como problema fundamental de la filosofía, pero en verdad asoma más atrás, antes de constituirse el problema del hombre ante la razón filosófica. Lo ha estudiado muy bien otro discípulo de María Zambrano, el valenciano Agustín Andreu Rodrigo.

Parménides estableció la coincidencia del ser y el conocer en el conocimiento pleno, pero es en la tragedia, forma ritual en que culmina una larga cultura mitológica, donde se plasma ejemplarmente el camino humano con su error o hamartía y su despertar o anagnórisis. Era necesario recobrar ese suelo mítico, no sólo a través de la filosofía sino también a través de la Poesía, para devolver al filosofar su sentido humanista. El filosofar se torna pues en un método de formación de la persona en función del reconocimiento de su destino ontológico.

Tengamos presente la formación de María Zambrano en la Fenomenología de Husserl, la cual le fue alcanzada por maestros españoles como Ortega y Zubiri en los años 1924-1927. No es nada extraño que esta formación la haya conducido a la tragedia griega -ejemplo de pensamiento poético irreductible- así como al neoplatonismo y a filósofos modernos como Spinoza y Kierkegaard. La importancia del pensamiento de Spinoza en la formación de María Zambrano fue subrayada recientemente en las conferencias ofrecidas en esta ciudad por su discípulo y expositor Jesús Moreno Sanz. Él subrayaba también su deuda con el arabista Louis Massignon.

En María Zambrano existió una clara vocación ética y metafísica que es deudora de maestros como Jung, Eliade, Henri Corbin, Guénon, Massignon, pero es ponderable su dialogo con sus amigos poetas, como Emilio Prados, Octavio Paz, Lezama, León Felipe, Antonio Machado, Paul Celan, René Char. He sabido, por Jesús Moreno, que también Julio Cortázar la visitó en La Pièce.

Entiendo que esta formación, abierta desde el filosofar a otras disciplinas, convierte a la filósofa española en una continuadora del Pensamiento humanista, no en su acepción de pensamiento erudito y libresco sino en su otra acepción más honda y perdurable, la de un cauce en que se condensa y ejemplifica una enseñanza para el hombre. Se trata, en el fondo, del reconocimiento de la realidad divina del hombre que no por eso lo convierte en superhombre sino que lo sujeta a un destino superior, exigiéndole una formación ética, la realización de un esfuerzo, la superación de pruebas y desvíos.

Al parecer no hay constancia de que María Zambrano siguiese algún tipo de práctica especial, o integrase algún grupo de formación espiritual. Sí puede constatarse por sus declaraciones que se consideraba profundamente cristiana sin que esto significara un menoscabo de su libertad de pensamiento. Por eso he recordado aquella docta ignorancia de Nicolás de Cusa, que consiste en dar lugar a la imbricación profunda e imposible de resolver por supresión de uno de los opuestos, entre la razón y la fe, entendiendo a ésta en un sentido lato, ajeno a los dogmatismos cerrados.

Por otra parte, en su posición hay una marca poiética, heurística, innovadora: no se trata de transitar huellas ya transitadas, sino de hacer lugar a la experiencia personal de lo inédito, tal como lo hacen el poeta, el místico e incluso el filósofo en esa vertiente específica que es la fenomenología. Vertiente nueva ciertamente, frente al filosofar discursivo, pero no totalmente nueva si atendemos a la vía contemplativa frecuentada en distintas épocas y latitudes del mundo.

María Zambrano anduvo un camino personal; no puede decirse que ella lo inaugurara, pero sí que lo quiso convertir en método (camino) y describirlo mientras lo recorría. Ese método o camino es para ella la razón-poética: su forma específica es el discurso metafórico, su espacio propio el conocimiento simbólico, su vía profunda la contemplación, sustentada por una intuición imaginante y acompañada por una reflexión siempre despierta, su objetivo último el desarrollo de lo humano esencial.

Es precisamente este método el que conecta al filosofar y al poetizar con la formación de la persona, pues el poeta no trabaja tan sólo en la esfera del lenguaje sino en su vida interior. Su labor creadora acompaña a la formación ética y religiosa de la persona, pues al transformar el lenguaje se transforma a sí mismo, o a la inversa: al transformarse a sí mismo transforma el lenguaje. (Esta convicción ha guiado mis propios trabajos, mi propuesta teórica, mi labor crítica, seguida por unos pocos discípulos y ahora admitida en algunas universidades latinoamericanas).

Para María Zambrano el hombre es el ser destinado a la trascendencia. El hombre no es solamente un ser histórico, cuyo tiempo pueda ser entendido como sucesión de acontecimientos, sino ante todo aquel ser destinado a trascenderse a sí mismo. Tomo la expresión acertada de Chantal Maillard cuando afirma que para María Zambrano, el hombre es el ser que padece su trascendencia. Esto significa su incompletud, significa que es un ente que ha de irse creando a lo largo de su propio vivir. Su vida es la verdadera obra de arte de todo hombre.

Es innegable la aproximación de María Zambrano a la vía contemplativa, seguida en España por Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos. La imagen despliega en la vida contemplativa un excedente de significación que la convierte en símbolo. Y según Jung, si los símbolos revelan es porque ellos conforman, a modo de arquetipos, una parte ancestral de nuestro ser: más que descubrirlos, los reconocemos, como según Platón reconocemos las Ideas innatas por la anamnesia. Esto señala la riqueza de la imagen frente al concepto: si bien éste gana en claridad y permite otro tipo de desarrollo conducente a la ciencia y la técnica, aquella persiste en su riqueza potencial, que alimenta la vida espiritual. Se hace necesario reconocer los hitos de esta formación para desplegar esa nueva era histórica a la que apunta el pensamiento de María Zambrano.

Al asentar de entrada la riqueza de la imagen, entra de lleno en el campo simbólico, que el arte comparte con las religiones. En términos generales podríamos decir que se abre al pensamiento oriental -sapiencial, intemporal, no analítico ni discursivo- en una nueva fase, retomando las invalorables contribuciones del taoísmo, el sufismo y el hinduismo a etapas anteriores de la tradición de Occidente. Se trata de devolver a la actividad imaginaria su pleno valor de conocimiento, como lo hicieron de diverso modo Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Gaston Bachelard y Paul Ricoeur. Pero me atrevería a afirmar que ninguno de ellos ha penetrado tan a fondo en la raíz del pensamiento simbólico como lo hizo, acaso por ser mujer, María Zambrano. También conviene señalar que, a diferencia de René Guénon, María no se entrega a la filosofía del Oriente, ni reniega del desafío racional, propio del cristianismo. Sigue a Massignon, en una fusión totalmente catholica, es decir universalista, de Oriente y Occidente.

Entre sus últimos libros dos se ubican claramente en esta línea: Claros del bosque y De la aurora, cuyas páginas despliegan cadenas de imágenes: el corazón, la fuente, el verbo, la palabra perdida, el despertar, el velo, la aurora, la caverna, el laberinto. Su fina exégeta Maillard afirma que, en su concepción del ser como centro de la persona, la alumna se distancia visiblemente de su maestro Ortega, para quien el ser es una creación intelectual de la filosofía griega, en el ocaso de la creencia en los dioses. Zambrano, en cambio, le devuelve a la noción de ser su carácter esencial y oculto, su disposición mistérica, no sin concederle sin embargo al maestro Ortega la aplicación a ese ser del reto histórico de lo humano: el ser es centro germinal, pero ha de hacerse proyectándose en la acción: existiendo. Estas distancias no borran la deuda con el maestro, cuya razón vital le ha servido en parte de modelo para su teoría de la razón poética.

La relación del hombre con lo sagrado, y su destino profundo como paridor de lo sagrado en sí (recordando a Lezama Lima), se acuerdan con la crítica (nietzscheana) del racionalismo occidental que subyace a toda la obra de María Zambrano. Esto debía naturalmente conducirla, como a Jung y a Bachelard, a la indagación del sueño. Sueño y mito fueron guías del hombre en los tiempos de su inicial despertar hasta que llegó la etapa de su individuación y su creciente responsabilidad personal y social.

Los caminos de la poesía y la filosofía, antes unidos, se separaron de manera casi irreconciliable. Esa dolorosa disyunción podría desembocar, reflexiona la pensadora malagueña, en una nueva fusión, pero esta vez realizada a la luz de la conciencia reflexiva.

La fenomenología de la forma sueño secunda el estudio de los tiempos partiendo de la consideración de que en la vida humana se dan diversos modos de estar la conciencia: despierta, adormecida o subyugada. Vio María Zambrano la necesidad de proceder a un examen de los sueños según el modo de presentarse, y ello da lugar a distinguir entre los sueños de la psique, entre ellos principalmente los sueños de deseo, y de obstáculo, y los sueños de la persona, también llamados sueños de despertar o de finalidad, que se relacionan con el cumplimiento del destino personal. Jung es otro tácito maestro de María.

La indagación de María Zambrano en el sueño y la vida contemplativa, donde aparecen profundas intuiciones de comprensión de la realidad, la guiaron a su insoslayable valoración del logos poético. La riqueza simbólica de la vida, captable desde una supra-racionalidad, sólo puede reflejarse plenamente en el discurso metafórico, irreductible, de las artes.

No estoy de acuerdo con Chantal Maillard en que pueda considerarse a María Zambrano, por su crítica del racionalismo y su valoración del arte, como una precursora del “pensamiento débil”, de la corriente posmoderna. Por el contrario pienso en ella como protagonista de la Kehre postulada en la célebre conferencia de Martín Heidegger(1949) y traducida como vuelta o torna del hombre hacia su ser esencial. Por mi parte adjudicaría a esa vuelta el valor de una auténtica conversión. La razón poética, vía de la formación de la persona, sería el método propio de esta Kehre. (Esto colocándonos más allá de las críticas que la propia Zambrano hace a Martin .Heidegger).

María Zambrano afirma que el hombre arcaico debió tratar con la realidad poéticamente: “En el principio era el delirio” . El hombre era mirado por los dioses, pero aún estaba impedido de ver por sí mismo la realidad. La realidad se presentaba ante él como cifrada y enigmática, y todo estaba lleno de dioses. Surgía en él naturalmente el sentimiento de lo sagrado, hecho de terror y asombro. Las preguntas sobre el ser y el sentido nacieron de la indigencia humana, y llevan por consiguiente un sello de tragicidad, tanto en el origen de la humanidad como en cada momento histórico en que se han reiterado.

Cabe recordar que el nacimiento de la filosofía acompañó el descubrimiento de la conciencia individual. Zambrano admite con Nietzsche que el pensamiento occidental se fue alejando del origen y tornándose cada vez más conceptual. El autor del Origen de la tragedia fue el anunciador de un descenso al infierno, la entrada en una zona oscura que el Occidente debió transitar peligrosamente. La filosofía de la existencia supo encarnar esa etapa oscura de la conciencia moderna. Pero, como en el drama de Edipo, que bien puede ser considerado como el itinerario simbólico de Occidente, el momento del dolor coincide con la anagnórisis. La oscuridad es también la posibilidad de la luz, y éste es el sentido que dieron a la angustia los filósofos del existencialismo.

A partir de esa toma de conciencia de la nada surgen nuevos modos de presentarse el ser ante el hombre conciente y responsable. Lo han expresado los grandes filósofos del siglo XX, y también los poetas y novelistas, que protagonizan un retorno al mito y a las raíces del humanismo. El hombre europeo dio cumplimiento a la parábola del hijo pródigo, y lo hizo fundamentalmente a través del arte.

El proceso de la formación de la persona, que tanto preocupó a María Zambrano, debe desembocar, obviamente, en la construcción de la sociedad. Por eso ella, como Ricoeur, con quien tiene algún paralelismo, se aboca al pensamiento político, al pensamiento de la construcción de la polis. Se liga este tema a la consideración del tiempo y de la historia. Los mismos parámetros con los que define la historia personal, con sus anhelos y angustias, son aplicados a la historia colectiva. Las deformaciones y desvíos personales se corresponden con los que acaecen en el orden social, que produce la enajenación de unos, el endiosamiento de otros, e ineludiblemente el sacrificio de las víctimas.

El hombre puede estar en la historia en forma pasiva o activa. Pero no se trata ya solamente de padecer la historia sino de alcanzar cierta capacidad de conducirla hacia su mejor realización. Recordemos la época sombría en que María Zambrano inicia su trayectoria intelectual, y comprenderemos su intensa preocupación por España, por Europa y por la humanidad.

Por otra parte debe recordarse que le tocó en su larga vida ver los comienzos de la era cibernética, que convierte a los hombres del mundo en testigos de lo que ocurre en otras partes y a otros hombres. Si bien es cierto que las comunicaciones convierten el dolor en espectáculo, también es cierto que generan paulatinamente una mayor conciencia de la historia. La técnica ejercida por los poderosos, es instrumento de dominio, pero es también un instrumento potencial de convivencia y solidaridad.

Percibió la pensadora española el ingreso de la humanidad en un tiempo nuevo que hace posible la mezcla de tiempos y formas de vida, la dialógica cultural más asombrosa, la superposición de estilos distintos, la posibilidad de ver en simultaneidad lo que son instancias del devenir. Para María Zambrano, como para Heidegger, el hombre es irrenunciablemente una conciencia histórica. Sin embargo es el conocimiento poético el que, conectando a la conciencia con su fuente ontológica, puede echar luz sobre el acontecer del pasado, y proyectar el porvenir.

La superación de las máscaras es la que debe dar lugar a la aparición de la persona, (aunque en la danza de los nombres persona significa máscara e indagar en estoe tema ya sería otra cuestión) y la persona es la auténtica protagonista de la historia.

El ídolo es una imagen desviada de lo divino, una usurpación (Persona y democracia, 1958). Partícipe del sentimiento trágico de la vida de que hablaba Unamuno, María Zambrano considera que ha llegado el fin de la sustitución de los dioses por ídolos, y en consecuencia el fin del sojuzgamiento de las víctimas.”La contextura trágica de la historia habida hasta ahora proviene de que en toda sociedad, familia incluida (…) haya siempre como ley que sólo en ciertos niveles humanos no rige, un ídolo y una víctima”, dice.

Todas las formas de absolutismo, racional o irracional, han de ser desterradas en esta nueva etapa, a la que Ricoeur por su parte denomina comunión de libertades, en coincidencia con el humanismo zambraniano. Y es preciso subrayar que esos absolutismos, en la vida intelectual y social, tanto pueden venir desde la deconstrucción irracionalista como desde el cientismo más racional. No es casual que María Zambrano haya denunciado la connivencia del racionalismo y el poder, tan poco advertida a veces por nuestros colegas embebidos de cientismo ( cientificismo). No comprenden que la era tecnológica tiende peligrosamente a alumbrar la figura del hombre-máquina, el hombre Colofón, como diría Marechal.

El combate humanista de María Zambrano contra el cientismo y el racionalismo -que no son lo mismo que la Ciencia y la Razón- denuncia sus intrusiones en lo privado y en lo público, donde se sustituye el estar despierto del hombre creador por distintas formas de sumisión a reglas y presupuestos.

El racionalismo domina porque simula la legalidad. No proporciona sin embargo un genuino conocimiento de la realidad, sino que aspira a asentar el poder desde presupuestos dogmáticos. Es lástima que esta mentalidad absolutista haya contaminado a muchos católicos, observa María Zambrano, dada la deshumanización que subyace en todas las formas de dogmatismo. Las últimas encíclicas de Juan Pablo II (formado en el arte y la fenomenología) apuntan justamente a una renovatio especialmente deseable en los distintos niveles de la educación y la vida universitaria.

No se entienda esta crítica del racionalismo y el cientismo como un ataque a la ciencia o a la filosofía. Racionalismo es la entronización del pensamiento racionalmente estratificado, así como cientismo es la adoración de las verdades obtenidas por métodos científicos, que pasan a establecer el único criterio de la verdad. (Hace un tiempo hemos escuchado en ambientes católicos el panegírico de Mario Bunge, un detractor de la Fenomenología, y hemos asistido a la aprobación de tesis inspiradas en las teorías de Foucault, Derrida y Vattimo. Es cierto que los sueños de la razón engendran monstruos, pero asimismo la deconstrucción deja un desolado vacío en las mentes de nuestros jóvenes.)

Tan riesgosa es en suma la alienación por el orden científico como la alienación por el caos y la destrucción. En ambos casos se estaría desterrando, como lo hizo Platón de su ideal República, al ser auténticamente libre, y por libre responsable, capaz de realizar su esencia. y de expresar esta aventura interior en términos de arte. No se trata del esteticismo posmoderno sino del arte como camino de formación y transformación. Por supuesto el pensamiento de María Zambrano no limita a ese campo la creación de la persona, pero reconoce en toda persona el elemento creador.

Hemos podido apreciar, así sea en muy imperfecta síntesis, la importancia del pensamiento de María Zambrano, rico en aspectos éticos, estéticos, religiosos, históricos y culturales. Su planteo es humanizar al hombre y humanizar la sociedad. Su método o camino la recuperación del humanismo al que hemos denominado teándrico para diferenciarlo de otros humanismos antrópicos. Un humanismo que conjuga razón y fe, ciencia y espiritualidad, desarrollo técnico y construcción de la comunidad. Y no puede negarse al pensar poetizante (Heidegger) o a la razón poética (María Zambrano) la vía privilegiada para conjugar estas polaridades.

Nuevamente quiero señalar en ese pensamiento la cuota contemplativa y mística, que conecta al hombre con su fuente sagrada sin impedirle el retorno a la razón reflexiva, especular, y recordar que esta vuelta sería trunca e imperfecta si no existiera su paso a la acción, que es diferente de la mera actividad.

María Zambrano propone una antropología cristiana renovada en la experiencia del desnudamiento, la contemplación y la acción. Es en la acción, que tiene que ver con el destino, donde la persona se cumple como tal.
Por eso emerge en ella una filosofía de la voluntad, que viene a desplegar lo más profundo del mensaje evangélico.

Se ha dicho del pensamiento de María Zambrano, como se ha dicho de Heidegger y de otros fenomenólogos, que tiene un tinte oriental, y en efecto va hacia el oriente u origen, tiende a cerrar el periplo de la razón occidental por una fusión de Oriente y Occidente. Quienes entiendan el cristianismo como corriente puramente ligada al Occidente habrán dejado de comprender su esencia universal. Justamente por ello entiendo que el pensamiento de María Zambrano es un pensamiento esencialmente evangélico, auroral como también se ha dicho en función de una de sus imágenes predilectas.

En este despertar de la humanidad tiene su rol el poeta, exiliado de la sociedad burguesa, el absolutismo científico, la pura racionalización y la mecanización. Otro momento me permitirá acaso demostrar –lo intento en mis libros- hasta qué punto esta situación fue visualizada claramente en diferentes etapas por los poetas mismos, de Sófocles a Dante, de Garcilaso y su pariente el Inca a León Felipe, García Lorca, Machado, Juan Larrea, Carpentier, Huidobro, Lezama Lima, Marechal, Cortázar, Sola González, Murena, Juan Liscano (sin ignorar a otros poetas que albergan en su obra una poética humanista implícita.)

El sistema poético de Lezama es también el conocimiento visionario, auroral, de María Zambrano, la razón receptiva y creadora, intérprete, que Marechal define como amante y juez de la realidad. Razón que revela lo real antes de construir nuevas formas en el tiempo o en el espacio. Razón de Narciso convidado por la oscura pradera, razón de Dafne tocada por el rayo de Apolo.

Por mi parte debo agregar que algunos de nosotros hemos seguido en la cátedra las huellas de esa razón poética, y hemos comprobado la enorme resistencia que este cambio genera. La encíclica de Juan Pablo II sobre Fides et Ratio, tan escasamente seguida hasta el momento, hizo una invitación a la búsqueda de caminos que fueran capaces de aproximar precisamente esos dos campos, que aún los propios cristianos han mantenido alejados. La batalla se abre y se complica en el campo de las ideologías, y en la atmósfera confusa de la llamada pos-modernidad, que en vez de encauzar culturalmente las motivaciones religiosas las niega de plano, dando por terminada la etapa ontoteológica. Cómo justificar y metodizar esa vía de pensamiento haciéndola plenamente fecunda para la formación del hombre.

El pensamiento de María Zambrano es profético y augural. Nos dice que una nueva etapa será posible si el hombre, cada hombre, despierta a su ser total, si la conciencia individual accede al pensamiento creador y en consecuencia a la construcción de la persona humana, abierta a la trascendencia, y destinada a recibir el don, irradiar el amor y construir una morada.

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