Marechal: La defensa del poetizar

Leopoldo Marechal es una de las grandes figuras a menudo olvidadas de nuestras letras, y de la cultura nacional. Me pareció oportuno recordarlo en ocasión de esta reunión bonaerense que ha convocado a poetas y cuentistas de distintos puntos del país, sobre todo porque Marechal, que nació y vivió hasta su muerte en la ciudad de Buenos Aires, tuvo especial amor por la provincia a la que visitaba asiduamente en los años de su adolescencia. Allí, en visitas a su tío Francisco Mujica, casado con una hermana de su madre, recorría los pueblos cercanos a Maipú, en un carro que llevaba lo que se llamó “frutos del país”. Cuenta el poeta que lo llamaban “Buenos Aires”, de allí habría nacido el nombre de su célebre personaje.

Marechal, que cultivó distintos géneros, todos con buena fortuna, fue particularmente un poeta y un defensor del poetizar. Se es poeta por una especial visión del mundo, y no solamente por hacer versos. En efecto el poeta cultiva una actitud contemplativa y reflexiva que lo acerca en cierto modo ala filosofía, pero también a las artes musicales y plásticas. Profundiza su relación con las formas del mundo y reflexiona sobre esa correlación de su cuerpo-alma con las realidades cósmicas. Su modalidad contemplativo-reflexiva le reserva un avance en el conocimiento del mundo y de sí, que consolida una escala de sapiencia, tal como supo transmitirlo la antigua escuela del orfismo-pitagorismo, heredada por filósofos y poetas de Occidente, y análogamente otras tradiciones. El poeta-shamán, adivino, filósofo, profeta, se convierte en maestro de su comunidad.

A este pensamiento poético se le agrega, por supuesto, una necesidad expresiva que hace del poeta un artista, un artesano de la palabra., y lo asimila a otros artistas que deben afinar sus instrumentos de expresión. Sólo en determinados momentos de la historia, y acentuadamente en la modernidad, se ha producido el predominio de la técnica sobre la transformación interior del artista, aunque no es éste el caso de los grandes artistas que han seguido dando ejemplo de un humanismo pleno, y ofreciendo el espejo teórico de su propio quehacer.

Entre ellos cabe un lugar destacado a Leopoldo Marechal, autor de importantes obras de distintos géneros, y creador de una poética humanista que es a mí ver el más lúcido ejemplo de la estética hispanoamericana en nuestro tiempo. Produjo Marechal una teoría de la creación que es a la vez una ético-estética. Marechal defiende el poetizar como camino del alma por la belleza hacia su origen y destino.

Intentaré desplegar los principales conceptos de la poética marechaliana, que coincide en sus rasgos generales con lo que llamo una poética hispanoamericana, y con la larga tradición en la cual se nutre, y que Marechal conoció. Pero quiero también subrayar que no todos los elementos de una poética son librescos: el poeta, formado en tradiciones que le son afines, recoge de su propia experiencia iluminadora las nociones que expone en su teorización.

En sus primeros libros, publicados en la década del 20, se hallan ya, in nuce, las intuiciones estéticas fundantes del creador; Los aguiluchos, 1922; Días como flechas, 1926 y Odas para el hombre y la mujer, 1929. Las constantes de estos libros pueden resumirse de este modo: un temprano sentimiento de la finitud: la idea pitagórica, intuida y asimilada de Lugones y Darío, de un universo unitario y significante; el reconocimiento de la belleza como camino iniciático; cierto cristianismo naturalista, y una notable intencionalidad filosófica y didáctica.

Surge de estas obras una teología heterodoxa que niega -como Orígenes y Papini- la eternidad del Infierno, y alienta cierto concepto demiúrgico del arte que permanecerá en Marechal. La imagen del creador como émulo divino se insinúa en el niño alfarero que modela un pájaro vivo, figura que se me ocurre paradigmática de esta primera época.

En 1933 da a conocer el autor la primera versión de su breve tratado estético-metafísico, a través de dos artículos publicados en el mes de octubre en el diario La Nación. A partir de entonces todos sus libros se hallan iluminados por una reflexión teórica que se desplaza hacia textos expositivos no muy cuantiosos pero continuos y significativos: ensayos, prólogos y conferencias que acompañan la maduración del Descenso y ascenso del alma por la belleza hasta su publicación definitiva en 1965.

La poética  metafísica ya enunciada en 1933 se ahonda y acrecienta en los Sonetos a Sophia, los cantos del Heptamerón, o el Poema de la Física; nutre las discusiones socráticas de sus personajes, como en su novela Adán Buenosayres, o inspira monólogos de análoga constitución en alguna escena de su drama  Don Juan; la misma maduración expositiva puede ser apreciada en su prólogo al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, o – trasladada a una pauta cómica-  en el cuento Autobiografía de Sátiro.

Luego de haber compartido los alegres años alvearistas del grupo “Martín Fierro”, y sin haber admitido totalmente la estética ultraísta con aquella pretendida abolición del sujeto y tratamiento artificial del poema, Marechal hacía explícita su postura órfica, en consonancia con una tradición que vio en el arte una escala mística, un camino de conocimiento y transformación interior.

Un antecedente del tratado es el Cuaderno de tapas azules, acaso  compuesto alrededor del año 28, por su vecindad con las Odas para el hombre y la mujer, finalmente incluido en la novela Adán Buenosayres como Libro VI. Tanto en este opúsculo como en los artículos de La Nación, que dan origen a su elaboración estética, aparece claramente deslindada la noción de Belleza Increada, atributo del Ser, y  de belleza creada, manifiesta en las criaturas del mundo. Es la belleza creada, tocada por la finitud, la que se constituye en el camino específico del artista, a quien es dado hallar a través de él y por su manifestación,  la Belleza Increada. La metáfora platónica de las dos Afroditas recorre la obra de Marechal, superadora del idealismo. Es en lo hondo del lupanar o laberinto terrestre donde su héroe Megafón viene a encontrar a la Hermosura Primera, en la persona de la Novia Olvidada.(1970)

Entiendo que la formulación de su poética, lindante con su plena definición religiosa -que acompañaron de modo implícito o manifiesto sus coetáneos Bernárdez y Molinari- es un gesto casi solitario en el medio intelectual del autor, aunque mantiene cierta relación con el clima orteguiano y spengleriano que se difunde  en las décadas del 20 y el 30.

Leopoldo había pasado el año 30 en Europa, y sus lecturas lo habían conducido más hacia Dante, Berceo y Raimundo Lullio que hacia Breton o Philippe Soupault, a los que conoció. Se había sellado su definitiva conexión con la filosofía de Plotino, Dionisio, San Agustín y San Isidoro de Sevilla.

El autor de Laberinto de amor se separa tempranamente de las estéticas que ponen su atención en el texto como artefacto u objeto bello obtenido merced a las leyes de la proporción y la composición. Si bien no ignora el trabajo artístico ni desconoce los principios de la tekné que hacen de cada una de sus obras un ejemplo de acabada perfección estructural y técnica, Marechal pertenece a la ético-estética que pone su atención en el sujeto. Su filosofía sitúa el acto creador en el plano espiritual, lo concibe como un acto heurístico es decir de descubrimiento y revelación, y hace de él una de las culminaciones posibles en el proceso de la formación de la persona y el destino humano. En años recientes hemos visto todas estas instancias del proceso creador desarrolladas por teóricos tan eminentes como Bajtín y Ricoeur.

Habiendo descubierto desde muy joven el sentido formativo de la épica clásica, Marechal expone el viaje del alma por las criaturas del mundo como búsqueda de sentido que revierte sobre la comprensión y crecimiento ontológico del peregrino.

El valor del mundo como libro, cristalizado en el humanismo como un tópico literario, vuelve a vivir en la concepción marechaliana que reconoce el carácter constituyente de la relación persona-mundo, y la patencia del Ser a través de éste, como podría afirmarlo por otros rumbos la fenomenología de Heidegger o Merleau-Ponty. En efecto, -siguiendo a su maestro el sabio Isidoro de Sevilla, descubierto en la Historia de las ideas estéticas en España de Menéndez Pelayo-  Marechal afirma que son los mismos rastros mundanos de la belleza que desvían al alma de su norte los que finalmente indican el camino de su final conversión y realización ultramundana. No es otra la afirmación que subyace a la estética de Urs von Balthassar, que Marechal no conoció pues empezaba  a ser expuesta  en lengua alemana en los años 60.

Desde mi punto de vista la afirmación del acto creador como acceso ontológico mediado por la belleza, es el núcleo más importante de la estética marechaliana, y ha vertebrado toda la obra del autor. Se trata de afirmar el conocer poético en una instancia que no he vacilado en calificar de mística, pues no se trata de un conocimiento sobre el Ser,  sino de un conocimiento por participación en el Ser.

A partir de este acceso a la unidad óntico-existencial, el poeta advierte las relaciones de las cosas, iniciando su movimiento en el plano analógico o simbólico. Marechal lo sintetiza con vocación didáctica al reproducir su diagrama de los tres movimientos del alma, aprendido en Dionisio Areopagita. Un movimiento del alma alrededor de sí misma, un movimiento centrífugo hacia el mundo, y un movimiento centrípeto, de retorno a sí, enriquecido por la separación.

Marechal no podría compartir nunca las definiciones semiológicas sobre imágenes, mitos y símbolos, que caracterizan objetivamente la correspondencia entre un determinado significante con un significado. Para nuestro poeta el símbolo es cáscara dura de roer, y requiere de un afinamiento y una participación personal, tanto para penetrar en su riqueza intrínseca y movilizadora como para interpretar los rumbos hacia los cuales se proyecta.

Prevalece en su pensamiento no sólo la idea del hombre-lector del mundo, sino la de Dios-autor. El Ser, sea cual fuere su esencia o atributos, se revela al hombre a través de las criaturas.  Esta es la primera instancia del conocimiento, al que atribuimos una índole mística, la contemplación. Una segunda instancia, la expresiva, potencia la mediación comprensiva del lenguaje. El Ser se patentiza en la palabra. Así lo afirma Martin Heidegger, pero Marechal lo rastrea en la filosofía presocrática, y en su propia experiencia de poeta.

Para Marechal el acto creador, des-ocultador de la verdad, constituye un momento culminante que pasa de la contemplación- participación en lo sagrado, a la mímesis creadora. En toda poiesis se produce un movimiento que va del caos al cosmos: el impulso creador nacido en el encuentro con el sentido originario se orienta a la configuración de una forma expresiva,  acto que  permite al artista sentirse émulo de la creación divina. A través del acto creador, se descubre a sí mismo como imagen y semejanza de Dios. Sólo superado por el santo, se constituye en ejemplo del hombre despierto al que le es dado conocer, transformarse, participar y educar. Maestro de su comunidad, sus obras están destinadas a constituir su patrimonio más preciado.

Toda poesía genuina es alétheia, revelación, que otorga al poema un carácter adámico. Al constatar hondamente esta noción es cuando Marechal engendra su personaje autobiográfico, el poeta Adán, recordando que el Adán bíblico fue llamado por Dante el primer poeta.

El acto poético permite la vuelta a una tradición de sentido que incluye a Homero, Virgilio y Dante, así como a San Juan de la Cruz, príncipe de poetas españoles. En un prólogo iluminador, escrito para el Cántico Espiritual, Marechal pone a Juan de Yepes en conversación con Sócrates para decirle  que existen otros caminos de conocimiento, más allá de los puramente racionales, y que sólo se los conoce por experiencia.

Es a partir de esta teorización, que tiene como fundamento el acto creador, como se produce un relacionamiento íntimo entre literatura, filosofía y religión. Marechal, al desplegar esta ético-estética, redescubre el hilo de Ariadna del humanismo occidental, presente desde Homero y Virgilio a Isidoro de Sevilla y Raimundo Lullio. Era esperable  su revaloración de Dante y el Roman de la Rose, así como de la familia hispánica que conforman Berceo, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora y Quevedo.

Quizás  no leyó con igual detenimiento al Inca Garcilaso y a Sor Juana Inés de la Cruz, pero sí lo hizo con Luis de Tejeda, el poeta argentino del siglo XVII que entró en la Orden de Predicadores y escribió su singular peregrinaje en pos de los pasos de la Virgen.

Marechal, en su retorno a las fuentes, ponía en práctica, de acuerdo con su propia cultura,  la Kehre enunciada por Martín Heidegger en su célebre conferencia del año 49, no como vuelta al pasado sino como conversión del hombre a su principio y destino. Iniciaba una reflexión no sólo estética sino ética y religiosa, base de una continua enseñanza.

El maestro de escuela, autodidacta, se convertía en maestro de varias generaciones, aunque su reconocimiento fuera parcialmente retaceado -quizás lo sea aún- por su opción política. Pero cabe preguntarse ¿cómo podía quedar sin su aplicación a la sociedad una concepción filosófica tan rica, tan sembrada de matices constructivos y salvíficos?  Su pensamiento requería un  desenvolvimiento total a través de la imagen literaria, la especulación filosófica y la aplicación política, configurando un orbe completo, de rara perfección. Vida y obra reclamaban su integración. Es más, me atrevería a sugerir que para un cristiano como Marechal su propia vida es la máxima obra a la que debe abocarse como desafío interior, y su propia comunidad el ámbito propio  de su expansión constructiva.

Los símbolos, para otros convertidos en letra muerta, hablan plenamente en la obra de Marechal al ser recobrados por la intuición despierta y la incesante actividad reflexiva del poeta. Recorrer una vía simbólica no es solamente reconocer huellas ya trazadas sino otorgar sentido al mundo y a la historia. Por ello su tratado se cierra con la metáfora de Ulises que regresa a la patria luego de haber triunfado en las peripecias en que se puso en juego su prudencia y sabiduría.

Lejos de la traducción empobrecedora del mito que crea la moraleja del no infringimiento,  afirma Marechal la libertad del héroe, cuya victoria no sobreviene de  la prohibición de escuchar el canto de las sirenas, sino precisamente de saber escucharlas atado al mástil de la nave, que coincide, en su concepción, con la cruz.

Una poética conlleva siempre  una determinada concepción del hombre, sus potencialidades y su realización a través de la cultura. Aceptar una poética  metafísica como la propuesta por Marechal supone revisar todas estas instancias, así como formular nuevamente la cuestión de la verdad y el arte, revalorar el mito y las formas imaginarias, replantear una idea del lenguaje,   redefinir el acto creador y  descubrir la función del arte en el desarrollo de la persona y en el ámbito intersubjetivo de la comunidad. De allí indudablemente emanan nuevos criterios teóricos y críticos para considerar la obra literaria, con la inevitable discusión de categorías impuestas por los sucesivos tramos del cientismo y el post-cientismo occidental.

La obra de Leopoldo Marechal, en su doble vertiente poética y teórica, queda como un aporte inagotable a la creación en lengua hispánica, y como un llamado a la constitución de enfoques humanistas para los estudios literarios. Una vez más se cumple la frase de Emerson, repetida por Vicente Huidobro: El poeta es el sabio verdadero.

(Publicado en revista Ser)