Mar de fondo de Alejandro Drewes: un oficio de tinieblas

fotoUna aventura poética notable es la de Alejandro Drewes, poeta argentino que ahora da a conocer su tercer libro. Cuando hablo de aventura lo hago en el tradicional sentido de trayecto espiritual, insustituible y modificador, que insume condiciones de hondura, resolución y valentía. Asumir un destino de poeta, no es poca cosa.

Su primera obra Uvas del Paraíso (2008), traía la resonancia de una voz singular, que sobrepasaba los frutos del sentir personal, para dar lugar a una mirada iluminadora y profética. Pero fue sin duda con su segundo libro, Lugares de la noche (2014), cuando Alejandro Drewes – en mi opinión- pasó a ocupar un destacado lugar en la poesía argentina de su generación y, por qué no decirlo, en la poesía actual.

Ante la hondura y novedad de esos poemas, recordé aquellas palabras de Leopoldo Lugones: Y decidí ponerme del lado de los astros. Efectivamente, nuestro poeta tomaba definitivamente una posición cósmica, un modo de habitar poéticamente el mundo que no admitía retrocesos. Era una opción por “lo abierto”, con su margen de desgarro y despojamiento, que solo puede ser afrontada por fidelidad a una vocación. Se trata del vivir riesgosamente, en actitud de entrega, percibiendo mensajes que no todos escuchan…

Lugares de la noche recogía el dolor de una existencia auténtica, y se proyectaba a la vez como un registro del sexto día, el sábado de tinieblas que se ha cernido sobre la Humanidad en los tiempos finales de la Historia; no sabemos si de toda Historia.

Ese clima elegíaco se prolonga y ahonda en su nuevo libro, Mar de fondo, obra de heroica intemperie, que expone el abandono y la desolación de la hora última. Su título, tomado del lenguaje náutico – y Alejandro proviene de una familia de marinos – ya anticipa el arribo de un cataclismo profundo e ingobernable. Y en efecto, la oscuridad creciente, el retiro de las presencias tutelares, la extensión de un largo sabactani que alcanza más de constatación que de protesta, son las líneas de fuerza que eslabonan estas páginas, agrupadas en las dos partes del libro: “Sombra del tiempo” y “Vaga luna entre la niebla”. Mi lectura no me ha permitido hallar entre ambas una visible evolución, sino una intensificación de la oscuridad que conforma el núcleo central, en extraordinaria experiencia de soledad y dolor. Esa soledad que finalmente hace lugar a lo que podríamos llamar una velada y apenas insinuada salida del Laberinto.

Con maestría poco usual, Drewes varía ritmos y metros a lo largo de unos cincuenta poemas, que pasan por la variedad de versos breves, romancillos, versículos, siempre regidos por una rítmica suelta y arrobadora. Imágenes recurrentes dibujan un escenario terminal, donde un hombre en soledad instala un monólogo descarnado que apenas, pocas veces, se abre al diálogo. Su singular imaginario lo perfila como un poeta del aire, diría Bachelard, pero también del agua. Las imágenes-guías giran con sobriedad alrededor de las grandes figuras de la interioridad: el viento, la noche, la lluvia, el fuego, el árbol, la palabra.

Solo la luna, símbolo de la vida espiritual, viene a echar su luz blanca en este paisaje letal, donde el hombre ha sido colocado para vivir en la inestable/ ladera del sueño /donde plañe el viento/ su canción milenaria.

Y el hombre, que elude pudorosamente el yo, o la autorreferencia directa, ha elegido también, a su turno, cuidar de las palabras pendientes/ aún de su grave hilo /de oro. El poeta sabe bien lo que esas palabras le reservan, y en cierto modo sus poemas van tejiendo una poética secreta, sostenida en dispersas imágenes. Su verso es la piedra lanzada/al espejo más puro/ de un agua sin fondo, dice finalmente en su poema “Hacia la oscuridad”, y en efecto ésta podría ser una definición de su palabra, austera, audaz, reveladora, pero no autosuficiente. Como Mallarmé, ha intuido Drewes que el golpe de dados nunca abolirá el azar. Quien fuera abandonado, arrojado al mundo, lo fue porque es príncipe, y algo queda de su antigua corona. He recordado versos de Leopoldo Marechal, cuando habla del domador, figura emblemática del hombre, y dice que su frente muestra huellas del oro con que ha sido señalado.

Tal el sujeto de esta experiencia de oscuridad emprendida con valentía, mientras afuera llueve y llueve sin piedad, como un mar/ que se volcara de pronto/ sobre la ciudad a oscuras

Alejandro Drewes encarna la lucidez del poeta, haciéndose cargo del tiempo de indigencia en que le toca vivir: Te fue dado habitar/ un mundo en su pasmo/ la tierra bajo un cielo/ en bancarrota.

El hombre no es el autor del libreto, apenas si puede interpretarlo. En este escenario, pocas son las señales que apuntan a una “vida más clara y verdadera”. Surgen comparaciones: los hombres navegan como barcos que pasan en la niebla/ sin rozarse siquiera/ (…) en esta densa/ marina de Turner.

La poesía de Drewes revela su amplio conocimiento de ciencias y de artes; su amor por la música, su conocimiento de poetas de otras latitudes. Nuestra común amiga y poeta Amalia Abaria me recordó una novela de Lars Andersson –“La leyenda del rey de la peste”-, figura aludida en un verso donde quien habla se compara con el Rey del Norte, enloquecido por el dolor: se trata del rey sueco del siglo XII, Magnus Eriksson, que vaga solo por los bosques, mientras es confrontado por su hijo y su pueblo ha sido diezmada por la peste.

La Historia se ofrece a sus ojos como una secuencia de hechos repetidos, en una dirección que incluye la decadencia, el olvido, la humillación, la sorda marcha hacia un final incierto. Y el poeta se habla a sí mismo, con ese tú tan típico de la introspección poética, como en el poema intitulado “Adondequiera que vayas”: te ha de seguir / esa sombra fiel /la soga que oscila / en el largo viento/ el eco interminable /de los últimos gritos/ de Sarajevo a Termópilas (…)

El hombre, desterrado del Edén, es comparado a esas plantas condenadas/ a vivir sin arraigo,/ bajo un chirriante sol extranjero ¿Acaso somos definitivamente de la tierra? ¿De dónde viene esa sed de infinito que arrastramos por el mundo? ¿Porqué esa ventana del sueño, abierta al otro lado? Algo condena al hombre a ser quién es, a buscar, a buscarse. La ausencia de los dioses es un signo de su propia condición. El solitario registra el vértigo de los días, en un mundo que se deshace sin piedad. Y se pregunta por un destino de ruina y vaciamiento. ¿Pero… es eso todo?

La tentación de partir hacia el otro lado de la luz con el ser querido es abrumadora. Contigo he de partir, anuncia el poeta, como el viajero extenuado. Pero una filosófica serenidad se impone a la angustia. Solo desde la serenidad y la distancia puede avizorarse, por momentos… la terrible luz de lo por venir/ que incendia ya los últimos/ árboles de aquel sueño.

Llamados, mensajes, apariciones, briznas del sueño, pueblan apenas el mundo sublunar, árido y frío, que contempla este contemplador agónico.

Y en medio de la devastación, el poema sucede. Acto espiritual, el poema asegura la conexión con el sentido, en la oscuridad sin tutelas.

Un pez de oro hay
que a deshoras surca
las aguas sombrías
-y el poema sucede-

Acontecer que solo recuerda al acontecer de lo sagrado en Heidegger: no lo que es, sino aquello que sucede. Se preocupa el poeta por la mano que escribe, consciente de que esa sombra guarda acaso cierta memoria del origen, y en consecuencia diseña una poética, que es conciencia de sí y de su propia escritura. Destino del poeta que registra y reconoce su testimonio en tiempos aciagos.

(…) Fielmente / acompaña la sombra: /Y ahí tienes tu vida./

El invierno se acerca, metáfora de la muerte, y trae consigo la nieve, despegada de toda visualización descriptiva. Una meditación profunda sobre el devenir del hombre dilata la mirada del poeta hacia amplios horizontes.

Qué oscura es la luz
que habita el poema
qué trágico nombre
el que huye detrás.

Alejandro Drewes es un poeta cósmico. Nunca olvida su pertenencia al Universo, su continuidad con los árboles, con los astros. Todo fluye en un cosmos cambiante, aunque los hombres hayan olvidado las palabras iniciales. Pero el poeta recuerda que… todo acaba y todo/ empieza por la aurora.

Percibimos su tácita fe en un logos preexistente, recorrido por otros, sus hermanos. En tanto caen las últimas bombas sobre Babilonia, en un mundo que se derrumba. Oscurece. Anochece. Es el tiempo cruel en que le tocó vivir, registrando cada día la ruina del dorado castillo. El tiempo huye, irreparable, y la eternidad permanece oculta. Llora la muerte de algún ser próximo, y llora a la vez por todos los que han muerto, y se relacionan con los vivos. Vive un duelo sereno y permanente, que anticipa -como diría Rilke-su muerte propia.

En la segunda parte del libro se acentúa su diálogo con el misterio. Presencias fantasmales acompañan al poeta en su habitada soledad. Empieza a abrirse a paisajes oníricos, a lugares remotos, a espejos brumosos y reveladores. La Noche alcanza protagonismo como imagen de la muerte, que acentúa su negrura mientras el mundo apaga sus pálidos colores. El poeta se visualiza a sí mismo en medio del caos

como Hamlet con su sombra, y anochece,
es tan tarde y anochece.

Es muy profunda esa captación segunda que permite al creador verse a sí mismo en el Laberinto, sin Virgilio que lo guíe. Es el hombre abandonado a sus propias fuerzas, librado a su condición de dios en exilio, para decirlo con una expresión de Pablo Antonio Cuadra. Es en esta fase de intemperie absoluta donde resuena aquella frase bíblica: Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?, en un contexto implícito de luchas fratricidas; y es también aquí donde se abre cierta posibilidad de plegaria. Debo copiar el poema -sin título- para que se perciba qué oblicua, esforzada y tardíamente viene a instalarse esa modalidad que me permito aventurar como invocación religiosa:

El camino, pues,
sólo lleva al arcano
centro de cenizas
del sueño y al pobre
corazón que arrastra
su roca por los días
de los días; oscuro
sopla el viento fiel
bajo esta misma luna
breve de acero sombrío
-pero cuán arduo me es
tu nombre secreto,
ah, Señora!-

¿Invoca el poeta a la Virgen, a la Madre Universal, a la Diosa? Podría entenderse que el caminante, el que arrastra su roca como Sísifo por los días de los días, vuelve su frente a lo sagrado, y necesita hacerlo bajo la forma del rostro femenino de Dios. Sin duda el principio creador es irrepresentable, pero los hombres lo intuyen bajo distintas imágenes. El poema siguiente nos trae la imagen de la tormenta, ligada a la irrupción de lo divino en el mundo.

se desploma la tormenta
como el puño de Dios
en pleno rostro del mundo

La poesía profética de Alejandro Drewes deja hablar al Verbo en estos últimos poemas, plenos, iluminados.

Aquí empieza el grande viaje.
O es que todo termina
(…)
…donde todo
lo que es ha sido
y sólo asciende
apenas el humo
de otro incendio
en los vastos
archivos celestes

La lluvia que es, como la luna, una imagen unitiva del poemario, vuelve como un posible anuncio de la venida de los dioses. El poeta ve el sueño de un mundo que se esfuma/ como ayer Atenas o Bizancio. Y habla con un tú de su intimidad para compartir las preguntas últimas.

Dime porqué todo esto
el exilio perpetuo
las estrellas en fuga…

Lágrimas de sangre acompañan las escenas finales de la tragedia humana. Que acaso fueran… las de Cristo/ buscando refugio/ ante las bombas/ entre las ruinas/ de Sarajevo, nos dice Alejandro. El tiempo presente, despiadado, en que se vuelve a crucificar a los cristianos, es el marco lacerante de estos poemas testimoniales.

Hallan aquí lugar sus “Ejercicios de tinieblas”, versículos numerados que bien podemos tomar como un colofón sobre el poeta y el poema. Alguno ha de merecer el poema (…) …verso que de vez en vez ilumina el alto sol de la noche. Y nos estremece sentir que en estos poemas finales clama el poeta por su patria, por las estrellas de su patria hoy oscurecida. Ha terminado el recorrido del poeta, su experiencia de duelo y soledad, tan intensa que nos ha inducido a mirar el mundo familiar como extraño, y el mundo del otro lado como próximo:

y las almas perdidas
como excéntricos astros
al círculo de la vida.

Sub luna mutant, tal reza la última línea de una poesía aparentemente impasible, distendida entre la Tierra y el Cielo. La mirada abarca a toda esta especie intermedia, sublunar, expectante al final de un camino ya cumplido. Se trata de un final abierto, como lo está la Historia misma.
Por algo decíamos al comienzo de estas desmañadas palabras que la voz de Alejandro Drewes era singular dentro de un coro en que predominan las voces epigonales. Lo es por venir de un contacto profundo con el Ser, en una aventura de riesgo que ha sabido eludir la desmesura y la autodestrucción. Esa denodada vigilia por páramos oscuros abrió su corazón a la Luz y le ha permitido compartir con nosotros un mensaje viviente.

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