Literariamente

A veces me gustaría escribir algo, pero no sé qué. Escribir me despega de esto, de este lado de la realidad, que a veces es tan poco acogedor. Cuando escribo me voy yendo al outro lado de la hoja, atravieso muy tranquilamente el campo de lo que se tiene comunmente como el mundo real, y me voy a un mundo no menos real, talvez más real, porque más amplio, sin fronteras, sin ideologismos separatistas. Ahora a la tarde, estaba en la sala viendo una película en la televisión, con Meg Ryan en el papel de manager de un boxeador negro. De pronto me sentí tan despreocupado, sin la presión enfermante de las obligaciones, sin presión de los tenés que. Tenés que comer esto que te va a hacer bien. Tenés que caminar para estar sano. Tenés que sociabilizarte. Tenés que trabajar. Tenés que orar. No tengo que nada. Puedo orar si quiero, o caminhar si quiero, o si tengo que comprar el pan o hacer alguna diligencia por ahí. Pero la vida no es una obligación. Es más bien gratuidad, me parece. Por lo menos, me hace bien pensar que puede llegar a ser más bien gratuidad. Y allí es que viene lo de escribir. Escribir o leer con esa actitud del niño que se tira al río para ver adónde el agua lo va a llevar. Estoy leyendo El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Y sólo el saber de esas páginas donde he encontrado unas pinturas sobre la vejez, el professor Juvenal Urbino y Fermina Daza, Florentino Ariza y Leonia Cassiani, ya me alegro. Me alegran tantas cosas. De pronto sentir que la programación culpabilizadora, el dictador interno, están como que de partida. Hay horas en que ese mundo literario, esa esfera de la realidad a la que me he ido yendo hace ya tanto tempo, está como que cada vez más acogiéndome, cada vez más diciéndome: sí, vení, aqui hay un lugar para vos, este es tu lugar.

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